Los Inkas de Sapallanga (Junin).

Por Luis y Renata Millones

 

A siete kilómetros al Sur de Huancayo y a unos 3,228 metros sobre el nivel del mar se encuentra el distrito de Sapallanga. Su fiesta patronal se realiza en honor a la Virgen de Cocharcas, cuyo aniversario se celebra el 8 de setiembre. Esto da lugar a una serie de actos conmemorativos dirigidos por el consejo Municipal y directamente por los Priostes, que son las personas que asumen la responsabilidad de la fiesta. Son varios los conjuntos folklóricos que participan en los días que suele durar la festividad, que va desde el 7 al 10 del mes indicado.

Uno de los más importantes es la "pandilla" del Apu Inka. Como en los tiempos coloniales, son miembros distinguidos de la comunidad quienes personifican a los antiguos monarcas cuzqueños. Las fotografías que ilustran este desfile muestran lo que constituye un programa especial desarrollado en 1984. Poco antes de la fiesta, los tres hermanos Armando, Samuel y Humberto Carhuamaca distribuyeron folletos donde se autotitulaban "Apu Incas", e invitaron a la comunidad a seguir paso a paso sus acciones.

El conjunto estaba compuesto por algo más de sesenta miembros con disfraces que a su criterio reproducían las vestimentas de los Incas históricos. Al interior de la festividad, el hecho de constituir un grupo organizado crea la posibilidad de establecer su propio programa y competir con las otras "pandillas" o conjuntos. El año que se observó a los Incas de Sapallanga, la familia Carhuamaca y sus allegados habían sido capaces de contratar a la orquesta "Sinfonía de Jauja, de dieciocho profesores", de presentar y exhibir a los miembros de su cuadrilla, de concurrir con todos ellos a venerar a la imagen de la Virgen, de asistir a la misa en su honor, seleccionar y premiar a los mejores disfraces, y de recorrer ceremonialmente toda la ciudad e invitar a los vecinos y visitantes a banquetes y bailes. El día 9 de setiembre, el conjunto escenificó la captura, prisión y muerte de Atahualpa, que culminó con el matrimonio masivo entre ñustas o princesas incaicas con los "españoles", oficiado por el "padre Valverde". Los días siguientes dieron ocasión para sucesivos desfiles, la elección de la persona que representó al Inca el año siguiente, una segunda dramatización de los hechos de Cajamarca y un último desfile de despedida, luego de adorar a la Virgen, a quien prometieron visitar en 1985.

La imagen en cuestión tiene apenas 50 centímetros y está labrada en piedra: en su brazo izquierdo sostiene al Niño, lo que da fuerza al relato que explica su origen. De acuerdo con él, una niña habría sido testigo de la fantasmal presencia de una dama joven que lavaba los pañales de su hijo, para desaparecer de inmediato. Avisados por la niña, un grupo de vecinos decidió comprobar el hecho, pero la Virgen, pues era ella la misteriosa dama, se convirtió en la pequeña estatua que desde entonces es objeto de veneración.

El desfile de los Incas sigue en cierta forma una vieja tradición del barroco europeo del que parece provenir. Como en Potosí, cuando fuera visitado por fray Diego Morcillo Rubio de Auñón en el siglo XVIII, o como aquel desfile de Mochicas disfrazados de Incas en Lima, en 1725, se trata de conjuntos organizados de la comunidad local, que asumen la representación de los Incas (Millones 1995: 51-66). Nótese que Sapallanga está en pleno territorio huanca, etnia que mantuvo un abierto enfrentamiento con los Incas del Cuzco. Pero las verdades históricas no desanimaron a los hermanos Carhuamaca, que lucieron orgullosos una supuesta filiación que los ligaba con los Incas históricos. Tampoco quienes desfilaron en Potosí o quienes lo hicieron en Lima podían reclamar ancestros cuzqueños. Lo más probable es que en los tres casos mencionados, las élites locales que personificaron a los Incas, hubieran recreado imaginativamente comportamientos y atuendos. Al hacerlo se sometían conflictivamente a la demanda europea de constituir una "nación" indígena, distinta y a la vez uniforme, bajo el control del gobierno colonial.

Existe un testimonio pictórico de este tipo de desfiles de la nobleza indígena colonial. Se trata de cinco curacas ataviados como inkas, a lo largo que dieciséis cuadros, en la procesión del Corpus Christi, pintados por disposición del Obispo Mollinedo en la segunda mitad del siglo XVII.

Es probable que su personificación tuviera la legitimidad de una ascendencia directa, pero sus vestidos y desfiles, aparte del filtro de las autoridades españolas, tenían la distancia de su propia interpretación barroca que los acerca más a los arcángeles de la imaginería europea que a las ropas, llautu o maskapaicha del Tawantinsuyu (Millones 1997).

La representación dramática del encuentro de Cajamarca tiene también una expresión pictórica, un siglo más tarde. Esta vez fue el Obispo Martínez Compañón, quien llevó en sus visitas pastorales a un grupo de acuarelistas indígenas que nos dejaron dos ilustraciones de la teatralización de la muerte de Atahualpa.

Estos antecedentes pudieron haber perdurado, pero resulta más creíble pensar que las formas teatrales modernas hayan resurgido alentadas por el movimiento indigenistas. Muy cerca de Sapallanga, en Carhuamayo, hay la certeza de que el drama actual se originó a partir de la gira de un grupo teatral cuzqueño, en los años treinta.

Representar al último inka confiere especial orgullo a quienes asumen la tarea, en Sapallanga lo campesinos personifican los papeles históricos, encamándose en ellos en lugar de actuar simplemente como artistas aficionados. Desde su altar, la Virgen de Cocharcas preside la fiesta y dispersa sus favores a sus devotos.

 

 

 

 

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