Teatro a Mil
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Se estrena la obra
"Escorial" Durante la última semana del IX Festival de Teatro a Mil
se exhibió esta obra del autor belga Michel Ghelderode, donde el poder,
el amor y la muerte son las temáticas más importantes y las que movilizan
la trama que la compañía de Teatro Mundano presentó desde el martes
22 al domingo 27 de enero en la sala Cultural 602, Vicuña Mackenna 602.
En un castillo la vida cotidiana de palacio se ve ensombrecida por la
inminente muerte de la reina que agoniza, mientras tanto su esposo (el
rey) inicia una lucha para no enfrentar esa realidad. En ese momento
es el bufón quien se encargará de alegrar al rey y permitir ocultar
su angustia, exponiéndose al peligro de la dualidad; ser fiel y hacer
reír sin olvidar la astucia del que arroja una reflexión mediante su
arte y que pueda al mismo tiempo engarzar con el buen ánimo, la maldad
y la desesperanza del amo.
Una mezcla de humor
negro, que juega con la risa y el llanto de estos dos hombres a los
cuales el destino los somete a una realidad, cada uno defiende su posición
y el sueño de amor que nunca han tenido. La directora de la Compañía
de Teatro Mundano, María José Bergmann se refiere a la obra como una
farsa macabra en la que los personajes reflejan la muerte del amor y
la crueldad del poder "en realidad son seres vacíos que hablan de amor".
Temáticas que no se alejan de la contingencia, que motivó a ésta joven
compañía a realizar este montaje. "Fue una propuesta porque conocíamos
al autor, yo y Claudia Santelices salimos de la Universidad de Chile,
sabíamos que era una obra pequeña con la cual podíamos jugar, porque
tiene mucho de humor negro, la critica y el humor que es como vive la
gente" Dos personajes (un rey y su bufón) que se internan en un duelo
de inteligencias, un mano a mano entre el servidor y el soberano en
el que un cambio de roles conduce a una batalla de estocadas verbales
agazapadas de ingenio y tragedia. Para Bergmann esta es su primera experiencia
como directora, egresada hace 6 años de la Escuela de Teatro de la Universidad
de Chile, siempre le gusto hacer adaptaciones, pero reconoce que lo
mas importante en su función es aprender a componer en el escenario,
aprender de otros que tienen otras visiones teatrales "ha sido revelador
como directora, pues he tenido que estar con gente que viene de distintos
mundos , de distintas realidades teatrales, diferentes escuelas y así
aprender a armar cosas variables así mismo como es la obra"
El objetivo de la
puesta en escena de Escorial no es llevar un mensaje, sino mas bien
plástico, que la atmósfera provoque ,que hable de asuntos estéticos
que tienen que ver con el poder, el amor y la muerte. "Tratamos de ser
expresionistas, jugar con todos los lenguajes aparte del texto, la idea
es representar con la poesía teatral completa", pues con ello se cubren
muchos más aspectos.
La incorporación
de luces y artefactos que se movilizan con los actores, además de bailes,
coreografías y hasta una banda de sonido permite hacer de Escorial un
pequeño espectáculo, Bergmann recalca que en el escenario todo sirve
para dar un discurso, algo que tiene que ver con lo ficticio y con la
ilusión "no hemos propuesto nada nuevo, lo importante es armar lo grotesco,
a partir del elementos como la ficción, la teatralidad, la luz y el
sonido". En el elenco participan Reynaldo Vallejo, Manuel López, Claudia
Santelices y Samuel Flores, dirección de Maria José Bergmann , presentaciones
desde el 22 al 27 de enero en el Cultural 602, ex teatro La Esquina
( Vicuña Mackenna 602)
Escuela Teatral
Juvenil
En la Corporación
Cultural de Ñuñoa de Santiago, fundado en 1994 funciona esta Escuela
destinada a la formación actoral de adolescentes entre 13 y 17 años.
Sus cursos tienen una duración de 2 años y medio y se ha convertido
en un semillero de actrices y actores muy importante. Recientemente
se inauguró su sitio web: www.estudiarteatro.cl
Andrés Pérez
o nuestro Federico Fellini*
Por Benjamín Galemiri,
Dramaturgo
Durante muchos años
no vi La Negra Ester. Me gustaba imaginarla, con miles de laberintos
y recovecos, y sorpresas, y humor. Es un ejercicio que aprendí de la
época de la dictadura. Durante muchos años me imaginé "El último tango
en París" de Bertolucci. Porque estaba prohibida, porque los militares
y la sociedad beata chilena le tenían miedo a esa película apabullante
y estruendosa. Entonces, yo, me la imaginaba. Me pasó con la Negra Ester.
En esa época yo no iba al teatro, me estaba poniendo al día con el cine.
Pero me encantaba imaginarme La Negra Ester, como un filme de Fellini,
cineasta que fue mi adoración en mi adolescencia y juventud. Con esa
exhuberancia, con ese sabor, con ese vigor hipnótico de los filmes del
gran maestro italiano. Cuando Cayoya, la productora del Circo Teatro,
me invitó a ver "El Desquite", estaba tenso, enfrentado al mito que
me placía construirme de Pérez. Ese que me decía que él era nuestro
Federico Fellini. Fellini habría adorado frenéticamente la puesta en
escena de "El Desquite". Todo ese esplendor formal y ese suspenso estético,
verdaderamente Andrés Pérez era un director de teatro fuera de serie,
mundial. Sí, yo tenía razón, era un nuevo Fellini pero en Latinoamérica.
Entonces corrí a ver La Negra Ester, y para mi fue como presenciar una
fusión entre "Amarcord" y "Las Noches de Cabiria" en clave chilena.
Pérez tenía la pasta del gran cineasta, sus montajes eran verdaderas
operaciones virtuales a la conciencia y provocaciones sistemáticas a
los sentidos. Un tiempo después se me acercó humildemente para pedirme
un monólogo. Obviamente lo vi acercarse en cámara lenta. Para mí, fue
como si el mismo Fellini me hubiera pedido un guión. Sí, Andrés Pérez,
nuestro Federico Fellini chileno. Lo que él imaginó con su teatro fue
soberbio y será eterno.
Homenaje a Andrés
Pérez*
Por Carola Oyarzún
L. , Crítica de Teatro
Tuve la suerte de
comenzar mi trabajo como crítica de teatro en el diario El Mercurio
el año 1989, cuando la explosión del Gran Circo Teatro liderado por
Andrés Pérez mostraba efectos determinantes para el quehacer teatral
chileno. La Negra Ester desde sus inicios irradió una vitalidad que
se mantuvo por más de una década, e impulsó un estilo con rasgos muy
definidos y originales, abriendo espacios nuevos en cuanto a formas
artísticas, a un público amplio y diverso, y a escenarios alternativos
en distintos sectores de la ciudad. El estilo del Gran Circo Teatro
nos cautivó de inmediato. Cómo no recordar las funciones de La Negra
Ester en el cerro Sta. Lucía y el furor producido. Los espectadores
fascinados compartían el atardecer desde el cerro con el espectáculo.
Este espacio artístico y urbano tuvo enormes repercusiones, ya que no
sólo se valoraba una historia de amor como la de La Negra Ester y Roberto,
también la ciudad de Santiago desplegaba sus encantos desde la altura
del Santa Lucía. Y cómo no recordar esa doble función del Gran Circo
Teatro con Noche de Reyes y Ricardo II de Shakespeare en el teatro Esmeralda,
otro de los descubrimientos de Andrés Pérez. Ahí el público reconocía
un barrio históricamente poblado de teatros y de actividad. La amplitud
de la sala generaba un entorno especialmente alegre y expansivo, lo
que también contribuyó a recuperar la tradición artística del barrio
Avenida Matta. Inolvidables también son los intermedios de esas obras
para comer algo y conversar, y así continuar la larga tarde de teatro.
Y cómo no recordar El desquite, presentado en la Casa Amarilla, otro
nuevo escenario para el teatro y otra historia chilena contada con la
genialidad del trabajo de Andrés Pérez para transfigurar nuestro mundo
campesino. Esta obra fue deslumbrante en su concepción del espacio y
en la utilización de innumerables recursos teatrales. Tan solo nombrando
una parte de su trabajo, constatamos que la propuesta de Andrés Pérez
comprometía al público más allá de lo teatral, para hacerlo reencontrarse
con historias propias y universales, y con lugares de la ciudad abandonados
y edificios olvidados. Supo convocar amplias audiencias provenientes
de los más variados grupos sociales, supo entregar espectáculos brillantes;
y tuvo una extraordinaria capacidad y energía para trabajar con grandes
elencos, que siguieron rigurosamente sus lecciones y su estilo. Como
espectadora y crítica, las obras dirigidas por Andrés Pérez contribuyeron
a expandir notablemente mi campo visual con respecto del teatro y ejercieron
una fascinación contagiosa que me ha perseguido y perseguirá por mucho
tiempo.
Andrés Pérez,
ese guerrero del teatro*
Por Raúl Osorio
, Director del Teatro Nacional Chileno
En el verano de
1971 realicé una gira por el Norte de Chile con el Teatro Del Errante,
grupo que dirigía y con el cual realizábamos espectáculos junto con
una Escuela de teatro itinerante. En esa ocasión pasamos por Tocopilla
y allí, en el medio del calor y de la fiesta teatral, conocí a Andrés
Pérez y a Rosa Ramírez. Mis recuerdos son muy imprecisos. Me parece
que Andrés dirigía un grupo de teatro y que Rosa, eludiendo la vigilancia
de sus padres, se colaba para participar de esos primeros intentos teatrales
de Andrés. Eran los pasos iniciales de la búsqueda teatral de este hombre
que había cambiado el frío polar de Punta Arenas por el tórrido calor
del desierto, y que con el tiempo iba a hacer del teatro una forma de
vida. Si hay algo que caracteriza a un verdadero hombre de teatro son
sus convicciones. Convicciones vulnerables, que no significan, en la
mayoría de los casos prestigio social o avales de un éxito asegurado.
Son más bien impulsos, ganas y sueños que lo logran mantener en pie,
remando contra la corriente, hombres que han creado su propia isla,
su propio territorio y en el caso de Andrés su propia familia teatral.
Impulsos que son energía vital que guían el destino de aquellos que
viven al otro lado del río, y que desde allá nos hacen señales intentando
comunicarse con nosotros. Andrés era un ser excepcional. No quiero que
esto suene como una alabanza, porque además ya ha recibido bastantes
y las seguirá recibiendo. Digo excepcional por el hecho de pertenecer
a una raza de hombres de teatro que permanentemente está en extinción.
Es posible que la fuerza de su carácter sea el resultado de su viaje
de guerrero por la geografía cruda, inhóspita y a veces hasta poco amable
del teatro. Públicamente el hombre de teatro es conocido sólo cuando
se hace famoso, ignorándose el trayecto que este ha tenido que realizar
para llegar a algún sitio más iluminado. Las nuevas generaciones, los
discípulos de Andrés tendrán que valorar este aspecto más que la fama
de la cual era portador. Necesariamente habrá que reconstruir su bitácora
para conocerlo mejor y extraer la herencia que nos deja como innovador
y creador, herencia de este hombre de teatro que hizo Escuela con su
oficio, con su pasión por todo proyecto que emprendía. Hay que rescatar
esta herencia teatral, este testimonio de vida. Incluyendo la pasión.
* Artículos cedidos
por "Cultura, carta informativa N° 8", editada por la Secretaría de
Comunicación y Cultura del Gobierno de Chile.
Informacion publicada
en El Mensajero Cultural #32 Feb 2002.