Performance
y acción política en la crisis argentina
Primera
Parte
Noventa días
Buenos Aires, domingo 2 de diciembre de 2001. Mes caluroso y festivo;
verano austral, víspera de las vacaciones, receso escolar, tiempo
de balance y fiestas de fin de año; antiguamente, también
del cobro del aguinaldo (sueldo anual complementario), de los regalos
navideños, los preparativos de viajes y las reuniones familiares.
Pimera plana del diario Clarín:
Efectivo: límite de $250 semanales. El Gobierno recortó
el uso libre de los depósitos bancarios, incluso en el caso de
los sueldos. Así responde a la crisis desatada por la fuga de
depósitos. Dice que esta medida durará 90 días,
hasta que concluya el canje de la deuda.
Donde dice el Gobierno, léase el Ministro de Economía
Domingo Felipe Cavallo, último recurso de la desastrosa administración
del presidente de Fernando de La Rúa.
Los noventa días
pasaron. En el intervalo, un presidente electo renunció a su
cargo, se sucedieron velozmente cuatro presidentes más; el poder
judicial cayó en la mayor ilegitimidad de su historia; la economía
argentina quebró; millones de personas cruzaron la línea
de la pobreza, la exclusión social subió a niveles inéditos;
la población organizó manifestaciones y entró en
estado deliberativo en asambleas autoconvocadas, poniendo en crisis
la legitimidad de toda la clase política; el aparato represor
del estado cobró decenas de víctimas durante el desbande
del gobierno electo sin que se juzgara la responsabilidad del poder
político frente a esas muertes. Las imágenes de Buenos
Aires en llamas, saqueos a supermercados, piquetes en las
rutas, cacerolazos en las calles y plazas, recorrieron el
mundo. El estado argentino declaró el default de
su deuda externa, el capital financiero internacional interrumpió
toda ayuda hasta tanto se tomaran las interminables medidas de ajuste
necesarias para restablecer el modelo de saqueo y concentración
de la riqueza que estalló a fin de año. Los bancos retiraron
hacia el exterior los depósitos de los ahorristas, la moneda
se devaluó en más de un trescientos por ciento, se inició
un proceso inflacionario que empujó aún más a la
población hacia la pobreza, y las empresas privatizadas y los
sectores beneficiados durante la última década por el
modelo económico en implosión jugaron su pulseada para
mantener sus formidables tasas de ganancia. Y el célebre corralito
(la retención de los ahorros bancarios), 90 días después,
siguió en pie, sin fecha de término.
Crónica
Buenos Aires, diciembre de 2001
Las dos primeras semanas de diciembre de 2001 construyen las condiciones
dramáticas del orden performático de las movilizaciones
de los días 19 y 20.
Hasta entonces, en una sociedad desmovilizada por la dictadura (fines
de los 70 y principios de los 80) y luego re-institucionalizada en un
orden interno y externo a fuerza de pactos de impunidad, injusticia,
modelos neoliberales, concentración de la riqueza, exclusión
social, corrupción y crisis de representatividad, los vínculos
sociales están deshechos.
Sin embargo, los
años 90 abundan en manifestaciones y reclamos de diversos sectores
sociales, con objetivos diferentes y con fórmulas que luego veremos
en detalle. No obstante, debido a las características de las
democracias de la post- dictadura, estas manifestaciones no se articulan
entre sí, sino que se disgregan entre las parcialidades de un
tejido social descompuesto. Un piquete (un corte de ruta)
de desocupados del conurbano (cinturón industrial paralizado
de las grandes ciudades, zona de manifestación de los excluidos
del modelo económico), es sentido como una molestia y un atentado
al derecho por los demás. El derecho a reclamar
se equipara y choca con el derecho de tránsito; aquel
que quiere pasar por allí, siente que el reclamo
que se le interpone no pertenece a su mismo mundo, sino que proviene
de un universo del todo ajeno y necesita una intervención: a
los reclamos por derechos básicos se opone una demanda de orden
y seguridad.
En este sentido,
las protestas de los excluidos parecían no tener nada que ver
con el orden tranquilizador de las capas medias que, si bien habían
sentido la precariedad de su propia situación y habían
expresado ya los signos de la crisis de representatividad política
e institucional, seguían respondiendo a la desmovilización
política preponderante en las últimas décadas.
Y esto es lo primero que cambia en el escenario cotidiano: a raíz
del corralito, de la noche a la mañana los cuerpos
de los habitantes de la clase media inmovilizada son alcanzados y deben,
casi obligatoriamente, desplazarse y congregarse.
Una de las consecuencias
imprevistas de la medida es la de la bancarización
obligatoria para hacer compras y pagos, pues el efectivo circulante
fue retenido: un amplio espectro social asalariados, comerciantes,
profesionales, etc. deben, por lo tanto, acudir masivamente a
los bancos a gestionar tarjetas de débito, abrir cajas de ahorro,
indagar sobre el destino de sus depósitos en peligro. De la noche
a la mañana se crean dos escenarios potentes: por una parte,
las clases medias sienten en carne propia la expropiación, y
sus individuos se ven reunidos, ya no en el interior de los bancos,
sino en las calles (pues las colas son enormes), bajo condiciones de
manifestación pública imprevista: cámaras de televisión,
protestas espontáneamente conjuntas, exposición y visibilidad.
Por la otra, la actividad de los trabajadores de la economía
informal (aquellos que no pueden bancarizarse: vendedores
callejeros, empleados en negro, etc.) queda abruptamente
detenida a raíz de la falta de dinero circulante.
Primeras semanas
de diciembre: el cambio profundo de la actividad cotidiana es llamativo;
la vida cotidiana deviene en una veloz, urgente y práctica comunicación
en la que de pronto todos (en una especie de conglomerado
desarticulado) estamos envueltos: es una cuestión de los jubilados
y sus haberes pero también una cuestión del estudiante
y su salida laboral, una cuestión del empleado y del desempleado,
una cuestión del taxista y del dueño de una pequeña
empresa, una cuestión del ahorrista pero también de aquel
que tiene un crédito hipotecario, una cuestión de aquel
que tenía dinero y no puede recuperarlo, y de aquel que no tenía
dinero y no podrá conseguirlo. Los intereses en juego y los sectores
en riesgo no son homogéneos, y muchos de sus individuos no tienen,
o no reconocen, representatividades organizadas: partidos políticos,
sindicatos, agrupaciones, etc.
La conducta
pública enlaza gente: un jubilado intenta utilizar un cajero
automático (una persona de 70 años enfrentada a un dispositivo
informático), con una cola de cincuenta personas detrás;
un joven que lo intenta ayudar: operación de rápido recorrido
del cuerpo y la palabra a través de un encuentro forzado
de una población que, hasta el día anterior, sentía
que podía permanecer aislada de los demás en el espacio
público, aislada de las demás palabras, de los demás
cuerpos, los demás intereses, las demás personas. Pero
ahora los intereses en juego no son menores: es el pasado y es la supervivencia
del presente, para que exista futuro. Este detalle representativo de
lo cotidiano permite comprender alguno de los aspectos físicos
de la espontaneidad que tanto ha llamado la atención respecto
de las manifestaciones y los cacerolazos: adentro del corral todos están
afectados por lo mismo, con un modo de circulación unificado,
una misma operatoria práctica a realizar, en un tiempo urgente.
Afuera del corral,
afuera de la economía, los excluidos.
Y son precisamente los excluidos los que harán rodar, en forma
de acción desesperada, la primera piedra, que moverá a
las demás.
19
de diciembre
El miércoles 19 de diciembre por la mañana se iniciaron
los saqueos a los supermercados.
Fundamentalmente
desde los suburbios de las ciudades, en movimiento hacia los centros
comerciales. Las imágenes de otros saqueos se reavivan en la
memoria: 1988, finales de otro gobierno radical, el Dr. Raúl
Alfonsín, en medio de la hiperinflación que, entre otras
cosas, deja cerrados los supermercados porque ya no hay precios fijos
para la mercadería. Pero 2001 no es 1988: la tasa de desocupación
es ahora cinco veces mayor, y el gobierno del Dr. De la Rúa ya
no tiene respuestas para la crisis y, a diferencia de aquellos, estos
saqueos no se circunscriben a los suburbios de las ciudades, sino que
a veces como rumor, a veces como realidad se dirigen hacia
el centro.
A la luz de los
acontecimientos posteriores, el escenario para la manifestación
y la represión del final del gobierno radical se había
completado. Sin embargo, la sensación dominante durante el transcurso
del día no era tan clara. Pongamos en contexto ahora lo antedicho
respecto de las condiciones performáticas: la población
urbana está en las calles, no solamente por razones de trabajo
y comercio, sino por las gestiones obligatorias del corralito, la crisis
bancaria, las filas de desempleados en busca de trabajo, las manifestaciones
de sectores parciales, y ahora los saqueos. La televisión comienza
a emitir programas periodísticos de urgencia: imágenes
terribles que llegan muchas veces al enfrentamiento de pobres contra
pobres. Los rumores del avance de hordas que se expanden
bloque a bloque a lo largo de las avenidas comerciales, difundidos a
menudo por punteros políticos , con handies en mano,
sincronizando el avance de los rumores. Los comerciantes cierran sus
cortinas, desde el mediodía, según la línea de
expansión arterial, desde los suburbios hacia el
centro, a lo largo de las avenidas. Se esperan, minuto a minuto, anuncios
cruciales por parte del gobierno. Sin embargo, el rumor palaciego que
se filtra no alude precisamente a la economía, sino a una cuestión
de orden represivo: la inminencia de la declaración de un Estado
de Sitio.
Suspensión
de las garantías constitucionales
Media tarde del 19 de diciembre. Tanto los medios como las reuniones
espontáneas de la población, ahora, discuten y tratan
de definir el significado y alcance del estado de sitio, palabra con
ecos siniestros en la memoria, pues remite a la interrupción
de las garantías constitucionales y, de ahí, a la vigencia
de un orden represor. Pero su alcance es poco claro: qué garantías
y hasta qué punto son interrumpidas, con qué consecuencias,
por cuánto tiempo, y sobre todo, con qué objetivo. Porque
una vez más, como en el enfrentamiento del piquete
contra el transeúnte, es decir, del derecho a la
manifestación por el trabajo contra el derecho de circulación
(derechos y necesidades de distinta envergadura), se intenta oponer
desde el gobierno una medida de orden frente a una cuestión de
derechos básicos enajenados.
A las 19 hs se da
a conocer el estado de sitio, y se anuncia que por la noche el presidente
dará un discurso televisado. La medida implicaba, entre otras
consecuencias, la suspensión del derecho de reunión,
es decir, del derecho a manifestar, y también un cambio en la
modalidad represiva: la policía podía ahora detener a
cualquiera, sin mediar una orden judicial previa.
A las 20 hs, la
actividad laboral y comercial concluye su jornada. La ciudad, tras un
día de agitación extrema, aguarda expectante el discurso
del mandatario. Estamos, casi todos, en casa. Y el presidente
da un célebre discurso: tres minutos de duración, tres
minutos unánimemente calificados de autistas por
la falta de percepción y de relación con la realidad.
Luego, el silencio.
De lo que sigue,
daré una versión personal, biográfica. Porque creo
que a esa altura, una de las consecuencias cruciales del movimiento
social y político desencadenado alcanzó un punto inédito:
parte de la separación entre lo público y lo privado había,
momentáneamente, caído: la separación entre la
casa y la calle, entre lo individual y lo colectivo, se movió
dramáticamente en un intervalo de tiempo acotado
hacia otro tipo de relación.
Noche fresca, ventanas
cerradas, la música baja. De pronto, se escucha un curioso ruido
metálico proveniente del balcón. Salgo a constatar el
ruido: proviene de la calle, y es ruido a lata, y a bocinas de autos.
Ni siquiera proviene exclusivamente de la calle. Viene también
de arriba, de los otros balcones y los otros edificios. Me llama profundamente
la atención algo: mi barrio está repleto de parques, plazas
y casas bajas, excepto por la concentración edilicia a lo largo
de la avenida. No puede tratarse de un efecto céntrico,
es decir, de disturbios al pasar de una manifestación que se
concentra. Salgo a la calle; en realidad, a una de las pequeñas
plazas. Son más de la diez de la noche y veo allí mujeres,
niños, hombres, adultos, comerciantes, empleados, jóvenes,
viejos, autos, caminantes, cacerolas, balcones, luces, petardos navideños,
cánticos, aplausos, aliento, euforia y reunión.
El barrio, uno de
los barrios de la ciudad de Buenos Aires, a las diez y media de la noche
en que se declaró el estado de sitio, estaba en movimiento. Era
el día de los saqueos, tras dos semanas de corralito y tres años
de gobierno radical; tras diez años de gobierno menemista, dos
décadas de democracia bipartidista y tres décadas de desmovilización
como consecuencia de la dictadura militar. Producto de una historia
que teje masacres, impunidades, alianzas nefastas, saqueos económicos,
esperanzas desechas, inmovilidad, individualismo, luchas aisladas, enfrentamientos,
trabajo, cultura, derechos enajenados y neoliberalismo, el barrio, uno
de los barrios, junto a los demás barrios, estaba de pie, manifestando
Represión
y caída
La movilización se trató, entre muchas otras cosas por
supuesto, de una masiva performance urbana. La población salió
a la calle batiendo cacerolas y tocando bocinas. No sólo se congregó
en las plazas históricas sino en grupos a lo largo de las avenidas,
en los puentes y plazas de los distintos barrios, e incluso alrededor
rodeando, cercando- la Quinta de Olivos (residencia presidencial).
Entre muchas cosas, la manifestación fue un desafío al
Estado de Sitio, pero también implicó una declaración
de hecho una puesta en práctica y un acto que determinó
su nulidad. Fue también la contracara de la falta de representatividad
del poder político: masiva desobediencia, en conjunción
con una demanda que nació a la par: la consigna que se
vayan todos (que se vayan los representantes que ya no representan
a nadie). Tras los cortes de ruta y los saqueos, otro sector social
pasaba a manifestar: las capas medias. Entre ellas, los mismos comerciantes
que horas atrás cerraban sus locales ante el rumor del avance
de los saqueos, salían a manifestar por la noche.
La inorganicidad
de la manifestación se luce ante las cámaras: no hay ningún
cartel partidario, ningún aparato político, ningún
signo visible de representación delegada o identificación
grupal, sectorial. Sólo banderas argentinas, cacerolas, bocinas
y cuerpos. Un paneo por las calles de la ciudad, que durante la tarde
había mostrado la desolación de la tierra de nadie
ante el temor de las hordas que justificaban
el estado de sitio, a medianoche mostraba a las masas manifestantes,
ruidosas, incluso eufóricas. Sí, eufóricas: la
movilización provenía del dolor y la conciencia de que
detrás del estado ya no había nada. Pero ante
esa nada se llenó la calle. Y eso dio lugar, de forma explosiva,
a un efecto carnavalesco en el estado de ánimo: el lema latente
de que la ciudad es nuestra, el efecto de la masa en movimiento,
la recuperación para sí del espacio público, la
manifestación, durante la noche el lapso acotado en el
tiempo tuvo fuertes componentes emotivos, y también festivos.
Alrededor de medianoche
la situación fuerza la renuncia del ministro de economía,
Domingo Cavallo. Casi de inmediato, la policía avanza en Plaza
de Mayo con gases lacrimógenos y caballos. La multitud se retira
hacia la Plaza del Congreso, donde vuelve a congregarse, reuniéndose
con los que ya estaban allí. Con el correr de las horas, la policía
vuelve a avanzar reiteradamente. Corridas, heridos, dispersión.
La noche avanza. Algunos manifestantes aguardan en los alrededores de
las plazas, mientras el resto se retira, pacíficamente, y aguarda
la próxima jornada.
Pero la jornada
del 20 de diciembre resulta sangrienta: el poder descompuesto no se
retiraría sin un saldo de decenas de muertos. Mientras los titulares
de los matutinos anunciaban la renuncia del ministro y mostraban las
fotos de la manifestación, el movimiento continuaba. Durante
las horas de almuerzo o de descanso, las plazas céntricas y sus
alrededores volvían a llenarse. La policía comenzó
no sólo a reprimir las congregaciones, sino a perseguir a los
manifestantes por las arterias circundantes.
A media tarde, otro
discurso autista del hasta entonces presidente de los argentinos
convoca a un gobierno de unidad. Mientras tanto, la represión
por él ordenada cobraba ya sus víctimas fatales, y desataba
los crueles disturbios del centro de la ciudad.
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Las balas
de goma se cambiaron por balas de plomo, la represión se
tornó mortal. A pesar de ello, las manifestaciones continuaron.
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Yo pude ver su carácter:
en la esquina céntrica de Callao y Corrientes, a pocas cuadras
del obelisco ensangrentado, cortamos la calle con banderas y cacerolas,
acompañados desde los balcones y desde los autobuses, taxis y
autos que debían desviarse. Ya no había quejas por la
intromisión en su derecho de tránsito; los
autobuses, taxis y autos, desviándose, se sumaban con sus bocinas
y sus cantos a la manifestación.
Huida e impunidad
Al caer la tarde, un helicóptero se lleva al presidente de la
Nación de la Casa Rosada: De la Rúa había presentado
su renuncia. Luego, las cámaras de la noche mostrarían
los destrozos, la manifestación que se apaga, y el saldo de víctimas
fatales de la represión. Pero al día siguiente, el renunciante
De la Rua regresa a la Casa de Gobierno y, como última medida,
levanta el estado de sitio: sólo había servido para mantenerse
en el poder 24 horas más, y dar vía libre a una masacre.
Ahora, para él, para ellos, aquella medida represiva ya no tenía
sentido; como respondiera un ex ministro saliente (y sonriente), ante
la pregunta de un periodista sobre el futuro: no me pregunte a
mí; ya no es problema nuestro.
(cont.
Parte 2)