Performance y acción política en la crisis argentina
Segunda Parte

Tomaré de la crónica del estallido sólo las características específicas y políticas del cacerolazo y el piquete, performances a través de las cuales se vehiculizan aún las protestas, los reclamos y las incipientes articulaciones sociales en medio de la debacle.

Cacerolazo
Casi como opuestos complementarios, las palabras “cacerolazo” y “corralito” son emblemáticas y en ellas pueden leerse diversas simbolizaciones y desplazamientos de sentido. El “corralito” surge como un término técnico, de jerga económica, para explicar con una imagen polisémica el mecanismo por el cual los ahorros depositados en cuentas corrientes y cajas de ahorro quedan detenidos en los bancos para evitar un retiro masivo, una “corrida”.

La palabra remite, en principio, al “corralito” de los bebés: la mini-celda acolchada, rodeada de redes, en la que se solía poner a los niños de entre uno y dos años durante el tiempo en el que aprendían a caminar: los niños son “ayudados” por las paredes de red y “protegidos” contra golpes y caídas, pero por sobre todo, controlados en sus desplazamientos; se les impide “salir” para evitar riesgos. La imagen del corralito es la de la reducción a un comportamiento infantil, una especie de delimitación autoritaria (adulta) de los movimientos y conductas controladas. Así, el movimiento mismo de la economía del país era puesto en el “corralito” para controlar sus corridas y sus fugas durante los famosos 90 días.

 

Fuente: Diario Clarin


Pero esta palabra remite también a los animales domésticos, a la mansa oveja que es puesta en el “corral” para su crianza y explotación. Estar en el corral o, como el lenguaje común comenzó a construir en su sintaxis, “haber quedado dentro” del corral, es también ser (tratado como) un animal. De allí, del sentido animal de la significación, el lenguaje cotidiano construye un nuevo desplazamiento: los ahorros y las personas pasan a estar “acorralados”. Es ahora la imagen, y la conciencia, del peligro. Porque siempre que se está acorralado, se lo está por el enemigo, por las fieras. ¿Cuál es el camino, entonces? La rebelión infantil es el llanto, el insistente llanto que puede mover a los tutores a un acto de reflexión o, si se quiere, incluso de piedad. La rebelión de la oveja es el salto, el escape, la fuga: “saltar el corral” es la expresión común para designar a aquellos que individualmente lograron, legalmente o no, salir del sistema de encierro de los depósitos. Por último, la reacción, la defensa y, finalmente, la única “salida” del acorralado es, por supuesto, el enfrentamiento.

La cacerola, el emblema del enfrentamiento de las clases medias frente al corral, y luego frente al desgobierno, y luego frente a la injusticia y la falta de legitimidad y representatividad del poder, proviene de un gesto que descompone o, mejor dicho, que expone la descomposición del lazo –alguna vez orgánico– entre la población y las instituciones que la representan (instituciones que también organizaron y articularon, alguna vez, sus modos de expresión).

 

¿Por qué se eligió esa forma?


Las razones de visibilidad, de audibilidad, son manifiestas: las latas son ruidosas, y su mecanismo es simple; incluso, en aquellos primeros cacerolazos, no hacía falta ganar la calle; las señoras, los niños, los hombres (pues este modo performático permite la participación de un amplio abanico etario) batían cacerolas en las puertas y en los balcones. Un instrumento emblemático de la vida privada, las ollas de la cocina, el ámbito doméstico por excelencia, son ejecutadas hacia el exterior, hacia lo público, y su sonido puede ser escuchado de casa en casa, articulando un primer vínculo de identificación entre distintas unidades privadas bajo un mismo interés. Pues estamos hablando de las clases medias de la Argentina de la década del 90, las clases protagonistas o herederas de aquel lema que sostenía pasivamente a las dictaduras: “no te metás”, es decir, no intervengas en política, no pongas el cuerpo, no te movilices, no seas visible, cerrá tus puertas. Tras décadas de desmovilización, la toma de conciencia (a partir de ciertos intereses puntuales) es un primer movimiento, una reacción frente a la amenaza; luego, ese primer movimiento puede dar lugar a la puesta en acción de algún tipo de mecanismo que reconstruya o aluda, al menos, a la acción colectiva y al vínculo social.

En el cacerolazo, además, se garantizaba la no incidencia de aparatos partidarios, sindicales o políticos: la convocatoria se realizaba por Internet, por carteles en las paredes del barrio y por circulación del boca a boca; luego, el ruido las contagiaba. Una de sus principales características, por lo tanto, es el hecho de que no haya oradores, no haya banderas, no haya carteles y, por supuesto, no haya bombos. El bombo es el emblema del viejo “pueblo” congregado en la Plaza, del pueblo organizado según sus códigos de movilización al pulso de los golpes sobre el parche. Ahora es reemplazado por otro emblema, el del múltiple sonido de las cacerolas de los “vecinos”. En una relación de sentido, el bombo es el pueblo reunido, aquel pueblo unido que jamás será vencido, y en sus acentos rítmicos está el batir unificado con un pulso: columna y marcha, ecos de murga, compás, origen de clase popular y liderazgo.

La cacerola, en cambio, proviene de la arquitectura urbana, de las avenidas, los edificios, los balcones; viene de un desplazamiento “interno” del sonido, desde adentro hacia fuera, en un principio sin cuerpos visibles; su sonido es disperso, inarticulado. Su ejecución es simultáneamente individual, y se realiza en una espontánea suma hacia el conjunto. La cacerola es el sonido de “la gente” que ya no es pueblo, o nunca lo ha sido, por origen de clase, por geografía, por desarticulación histórica. Así, la primera cacerola no articula una unidad de representación: mientras un bombo reúne y representa un colectivo, las cacerolas agregan, una a una, las presencias individuales sin “delegación” sonora; nadie se representa en un gran sonido unitario, todas las pequeñas latas individuales arman su espontáneo conjunto.

Sin embargo, aquella primera manifestación acotada en el tiempo, que duraba unos minutos, sin cuerpo visible y con una función limitada, se convierte abruptamente, ahora, en una expresión masiva que gana la calle. El “cacerolazo”, y sobre todo el paradigmático de la noche del 19, proviene así de un desplazamiento hacia fuera, y se torna movilización.

Piquete
La crisis expresada por el corralito y el cacerolazo parecía ser una crisis de la clase media, pero la crisis estructural, la crisis profunda y dramática, la que afecta a millones de personas no sólo en sus derechos más básicos sino en sus condiciones materiales de supervivencia, es la crisis terminal del modelo implementado a sangre y fuego por las dictaduras de los 70 y concretado a fuerza de terrorismo económico por el capital financiero durante las democracias surgidas con posterioridad, desde fines de los 80. En su versión final, esta crisis atraviesa simultáneamente a diversos sectores sociales, a veces en forma vertical, aunque sigue siendo obvio que existe una clara distinción entre los ganadores y los perdedores frente a las consecuencias del estallido.

Pero dada esta simultaneidad de sectores afectados, la explosión cobra una dimensión extrema y, al mismo tiempo, novedosa: por primera vez, al menos desde la dictadura, las clases medias se acercan en su modo de manifestación a las clases bajas. El lema “piquete y cacerola, la lucha es una sola” se oyó en la recepción de la “marcha piquetera” (la marcha de los desocupados hacia el centro de Buenos Aires, a fines del mes de enero): en el barrio de Liniers, a las puertas de la ciudad, los comerciantes de la zona ofrecieron un desayuno de recepción a los manifestantes, que habían marchado desde los suburbios en un largo recorrido nocturno hacia el centro. Partiendo de motivaciones e intereses de clase distintos, e incluso opuestos, se abre –en un plano al menos performático– la posibilidad, aún incipiente y de incierto futuro, de una interacción, una comprensión y una acción conjunta. Así, lo que hubiera sido impensable durante la década menemista cobró cuerpo durante el estallido de su modelo.

El “piquete”, es decir, la manifestación que toma forma en el corte de una ruta por parte de los excluidos del modelo, es muy anterior en el tiempo al cacerolazo. Se remonta, claro está, a los primeros síntomas inocultables del proceso de concentración de la riqueza y exclusión social del menemismo, y se articula por fuera de las estructuras sindicales tradicionales. El piquete es una protesta y una acción performática que “recorta” su forma y su contenido de la huelga. En principio, se trata de sujetos sociales distintos: el asalariado y el desocupado. La masividad creciente del fenómeno de la desocupación a lo largo del menemismo produce un nuevo sujeto social, con su propia identidad y sus propios modos de acción.

En rigor, el desocupado queda “afuera” del modelo, afuera de la economía, aunque siga siendo funcional al capital. Estar afuera, vivir afuera, lleva a operar en la calle. Mientras una huelga de obreros puede ocupar (desde adentro) una fábrica, un piquete de desocupados ocupa la ruta. La lucha se ejerce ya no sobre el espacio de la producción, sino sobre las vías (exteriores) de distribución. La manifestación, además, “nace” visible; nace pública e implica y afecta al público y a lo público.

O, dicho de otro modo, torna visibles –paradójicamente– a aquellos que no tienen lugar para ser vistos; excluidos de la producción y el consumo, los desocupados son hasta cierto punto una mera estadística: la política, las instituciones, el mercado, los medios de comunicación y, por extensión, la mirada de la sociedad aún integrada al modelo, no se dirige a ellos, ni los toma en cuenta, ni los “ve”. Hasta que, literalmente, se interponen en el camino.

El excluido, en su accionar y en su manifestación de existencia, provoca el horror del “otro”, pues es el cuerpo presente de ese “afuera” al que se puede caer. Como vimos anteriormente, las primeras y paradigmáticas reacciones ante los cortes de ruta fueron, hasta no hace mucho, el rechazo, la queja y el reclamo de orden. Si bien a raíz de los acontecimientos posteriores, ya el “piquete” no es visto bajo la única y exclusiva mirada del horror, también es cierto que los intereses y procedimientos de las protestas de los demás sectores no se han fusionado. Cabe destacar, sin embargo, que las incipientes organizaciones derivadas de los cacerolazos urbanos –las asambleas– tendían a incluir en su discurso, en su apoyo y en su accionar, a estos excluidos.

Sin embargo, los modos paradigmáticos de acción de unos y otros son difíciles de articular. En la Marcha Piquetera de enero se esperaba, hacia el final de la jornada, un cierre conjunto en forma de cacerolazo. Pero los que marcharon toda la noche hacia el centro viven en el conurbano y no pueden permanecer en la plaza hasta altas horas de la noche, debido a la falta de medios de transporte. Por su parte, los participantes de los cacerolazos masivos viven en la zona urbana y cumplen su jornada laboral; de allí que su horario de convocatoria sea nocturno.

De este modo el piquete, que corta la circulación en las rutas y calles, es suburbano y necesita de la actividad diurna; el cacerolazo, en cambio, es céntrico y se realiza de noche. Pero a pesar de ello la alianza planteada, contradictoria o complementaria en su forma, define de algún modo una “geografía”, un mapa, un vínculo donde antes sólo había una línea de exclusión.

Finalmente
Esta fue una crónica sobre sucesos recientes, y su análisis responde a la urgencia de un proceso en desarrollo.
Pero no puedo hablar del futuro. Sólo hablo, con dolor, del pasado cercano, para fecharlo y localizarlo, para contribuir a su análisis y a su historización. El presente duele en el cuerpo; la historia, al decir de Nietszche, es una llaga. No puedo saber si esta crisis es en realidad una crisis, una transformación. Pero tampoco aquella persona que limó y pulió una piedra hasta convertirla en la punta de una flecha sabía si esa acción, en ese momento y lugar, era el punto de inflexión entre el paleolítico y el neolítico. Sólo sabía que esa forma, esa acción, esa performance de vida o muerte, era urgente y necesaria.

 

Ignacio Apolo