Luis Millones
Hemispheric Institute
Third Annual Encuentro, Lima, Perú
'Indigenous Performance' Mini-Seminar, July 7, 2002

LA VIDA ES UNA FIESTA

Indice temático: 1.Introducción. 2.Los sabios de la localidad.3. Los danzantes. 4. Las imágenes de Dios. 5.El entorno inmediato de la iglesia y las hermandades. 6.Los músicos. 7. Las representaciones dramáticas. 8. A manera de conclusión: La fiesta en movimiento.

1.INTRODUCCIÓN. -
Contra todo lo que pudiera pensarse, no existe cosa más seria que un festival indígena latinoamericano. A despecho de la música, danzantes, disfraces, máscaras y fuegos artificiales, todo ese aparente alboroto resulta provenir de una cuidadosa planificación. Lo mismo puede decirse de las autoridades de la fiesta, de los cultos a los santos patronos, de las sesiones interminables de cofrades o miembros de la hermandad, y de las comilonas que reúnen a los organizadores, pero que abren sus puertas a toda persona que quiera sumarse al convite sin la formalidad de invitaciones.
Empezaremos por darle un sentido real al concepto de fiesta. La palabra suele evocar un tiempo de celebración, muy preciso, que interrumpe el ritmo de la vida cotidiana, una explosión de alegría que quiebra el transcurrir cansino, que se atribuye a los ámbitos rurales. Una mirada con perspectiva de larga duración, que supone la observación de, por lo menos, una año completo de actividades campesinas, nos mostrará las debilidades de aquella primera definición de fiesta. En primer lugar es fácil descubrir que no son partes de un calendario anual, al revés, son los ejes articuladores del mismo. La primera fecha festiva, evocada por los miembros de una comunidad indígena es el cumpleaños del santo patrono, que es la celebración del día que el pueblo reconoce como la proclamación de la identidad. En segundo lugar, al festival se le atribuye, desde afuera, tres días de duración (víspera, día central y kacharpari o despedida) o en el mejor de los casos, una semana. No es así, por encima del tiempo dedicado a las actividades públicas y la preparación de las mismas, hay un intenso juego de acciones políticas y sociales que comprometen al total de las instituciones locales y que empiezan justamente al final de la fiesta, momento en que nace la celebración del próximo año. En otras palabras, cada fiesta patronal involucra de manera continua la participación ininterrumpida de un largo segmento de la población. Otros miembros de la comunidad, si bien asistirán a la reunión patronal, pueden tener diferentes amores ("devociones"), concentrados en otras imágenes, que agrupan a personas afines y que contraen obligaciones distintas. Es así como se articulan otras festividades, al costado de la patronal, menos rumbosas, pero también obligatorias y que suman nuevos días de celebración.
Pero un día de fiesta no implica solamente la alegría desbordada o controlada. Para el pueblo que celebra es también una sólida actividad económica. Quienes llegan, peregrinos y turistas son en su mayoría los hijos transterrados de la comunidad, asentados desde hace algún tiempo en la ciudad de México, La Paz o Lima. Desde allí regresan, si es posible todos los años, a rezar, disfrazarse o danzar a su cristo, virgen o santo preferido, o bien a visitar ese espacio sagrado que es el cementerio, donde reposan sus padres y abuelos.
En muchos casos no sólo los hace regresar la nostalgia. Si decidieron migrar, no siempre languidecieron en alguna villa miseria, callampa o barriada, en muchos casos las ansias de construir una vida exitosa, alcanzaron hacerse realidad. Sobre todo, porque las administraciones nacionales no han podido impedir el crecimiento de una economía informal que se ríe de los impuestos, no tiene que gastar en locales registrados como tales, y sirve de salida a un inmanejable contrabando. A partir de esta enorme brecha, un reducido pero activísimo sector de "provincianos" ha logrado dar vida a sus sueños juveniles de migrante.
En plena era de globalización, la migración no sólo ha llevado a estos forzados aventureros a las capitales o ciudades más importantes de sus países, también han dirigido sus pasos a Estados Unidos y en menor escala a Europa. De manera abrumadora desde México y Centroamérica, pero también desde América del Sur, donde el espejismo de la tierra de las oportunidades penetró a los rincones más hirsutos de los Andes, siguió el curso de los ríos amazónicos, caminó por los desiertos costeños del Pacífico o los desolados espacios del Chaco.
Regresar a su pueblo natal es la realización del sueño del triunfo, la compensación necesaria de un viaje al vacío, del abandono de padres enraizados en la tierra, de los hermanos ilusionados, de novias a la espera y de vecinos envidiosos. No hay mejor ocasión para el retorno que la fiesta patronal, y la manera de llegar a ella con ventaja, es colaborar con los organizadores "comprando" un lugar prominente en las celebraciones. Incluso, el puesto de padrino o mayordomo, que le puede ser cedido si en el juego de influencias para conseguirlo, el migrante sabe ofrecer con tino una donación que no ofenda, que respete las reglas establecidas. No es una negociación simple, nada más repelente que la presión ostentosa de quien muestra sus dólares. Hay que buscar mediadores conocidos e inteligentes, y mostrar la humildad de quien no ha participado día a día de las necesidades y demandas de la cofradía o hermandad. Si se cumple con los pasos requeridos, la persona que regresa podrá tener las satisfacciones buscadas y gozar de la felicidad soñada, que le daba fuerzas, mientras acumulaba dinero en tareas que pudieron ser humillantes en su país de origen.
No todos los trasterrados regresan buscando una posición especial, a la mayoría les basta el olor de sus comidas, el paisaje conocido y recordado, las amistades no olvidadas, los parientes queridos. Pero todos ellos, los que vienen desde cerca o desde lejos son clientes con dinero para gastar en la gran feria que es la fiesta patronal. Muchos de ellos, sin familiares ni amigos inmediatos, necesitarán incluso alojamiento, por lo que cada casa del pueblo celebrante es a la vez posada y micromercado, donde se vende todo lo que pueda ser visto como mercadería.

2. Los sabios de la localidad.-
No hay escena más estudiada de las crónicas de la Conquista, que aquella que describe a Atahualpa arrojando la Biblia por los aires. La interpretación efectista de ese acto fue el encuentro de la escritura con la tradición oral, u la brecha interminable que separaba al Occidente letrado de los nativos analfabetos. Ha costado muchos años de estudios y otros tantos de polémica para establecer lo que ahora parece obvio, el encuentro fue entre dos sociedades con diferentes formas de comunicación. Una de las cuales lo había perfeccionado lo suficiente como para establecer un imperio con más de seis millones de súbditos, con idiomas, nivel de desarrollo político, economía y culturas muy variados.
Mientras en México, el tránsito a la escritura alfabética fue posible y rápida a partir del empleo de los códices y del uso precolombino de formas pictográficas, en los Andes no acertamos a entender el manejo de los kipus o de otras formas de comunicación no escrita, aunque los últimos diez años los avances son notables. Esto explica, en parte, el lento aprendizaje de los literati andinos del español como forma de escritura, y la tardía aparición de los cronistas indígenas y mestizos.
Por otro lado, al ser devaluada la tradición oral, quedó al margen de las investigaciones, relegada al folklore, que en América Latina se le consideró como la madrastra de las ciencias sociales. La discusión sobre el valor de la oralidad se circunscribió por mucho tiempo a la capacidad de conservar- congelados- fragmentos importantes de relatos con veracidad histórica. Incluso, siguiendo modelos de investigaciones en África, se trató de medir el número de años o de generaciones en que un relato, nacido de un hecho histórico, podía permanecer impoluto, transmitiéndonos de alguna manera el reflejo de aquel acontecer de sus contemporáneos.
Aquí nos cruzamos con la importancia de los festivales. Este habría sido el espacio para que el aeda, juglar, o amauta, recite para deleite de la corte o del público congregado a su paso, la historia popular de la región, sus mitos de origen, la fundación de la fiesta o la llegada del santo patrón, siempre precedida por un milagro.
El sabio no sólo relata historias. Su conocimiento tiene un rol activo a lo largo de los días principales de la fiesta. Los vistosos programas o carteles que se lucirán en las calles y circularán entre los asistentes serán compuestos y revisados de año en año por el amauta local. Por pequeño que sea, el texto explicativo de la fiesta, contiene la historia del milagro que ligó al santo o santa con el pueblo que ahora lo celebra, además de la cuidadosa relación de las autoridades del distrito, de la comunidad y de la fiesta, sin que falten los donantes, especificándose, en muchos casos, el monto y la calidad de su regalo.
Pero con esto sólo empieza el trabajo del sabio. Su autorizada palabra, a la que reconsidera la voz de los ancestros, recordará a quienes confeccionan las máscaras y los disfraces, cual es la correcta manera de hacerlos. No siendo raro que los artesanos u oficiales que los cosen o que modelan las caretas o los adornos, sean asimismo miembros de la familia del maestro.
También suele suceder, que nuestro ubicuo conocedor, sea también el organizador o director del conjunto de danzas del pueblo, y también compositor de la música y autor de los versos que se cantan o recitan. Muchas veces, su autoridad está reforzada por su profesión, suele ser un profesor jubilado que tuvo como alumnos a la mitad de los vecinos, y que ahora lo respetan doblemente, como ex - maestro y como guardián de un saber que representa e identifica a todo el pueblo.
3. Los danzantes.-
Bailar y vestirse para los dioses es una de las más antiguas formas de relacionarse con la divinidad. En última instancia, mover el cuerpo o gritar, fueron y son las maneras primigenias de dar cuenta de la propia existencia. Al ofrecerlas, se entrega el cuerpo, último espacio propio con que cuentan los seres humanos. Cuando América es descubierta por los europeos, sus grandes civilizaciones ya habían establecido cultos de enorme complejidad, que daban sustento a los poderes estatales. La música ya contaba con verdaderos conjuntos, donde predominaban los instrumentos de viento y percusión, con especialistas que entrenaban a los dotados para el canto o perfeccionaban el virtuosismo instrumental.
Las danzas oscilaban entre los extremos de los bailarines que por si solos constituían un espectáculo, hasta muy complicadas coreografías, cuyos pasos y canciones no eran distantes a las formas teatrales europeas.
El espectáculo no tuvo suerte frente a la espantada mirada de los evangelistas, que reconocieron en los disfraces, caretas y evoluciones, a la figura del demonio y por tanto se procedió a prohibirlas, especialmente por lo que se percibió como orgías y "borracheras", como se calificó a los areitos caribeños y a los takis andinos. La licencia sexual y el consumo de licor de maíz, colmó cualquier reparo, y la condenación fluyó sin dudas, con respecto a toda actividad celebratoria no importada desde España.
Esta severidad era parte del pensamiento que alimentó la expulsión de musulmanes y judíos, y convirtió a España en la espada de Cristo. Pero no podía durar en América. Muy pronto se dieron cuenta los misioneros franciscanos en México y dominicos en el Perú (a los que siguieron otras órdenes religiosas), que los neófitos no eran muy diferentes a los fieles españoles en cuanto a la necesidad del espectáculo y distorsiones del culto. Además, el catolicismo para su funcionamiento necesita articular su año litúrgico en festivales muy importantes. Entre ellos la Semana Santa y el Corpus Christi son imprescindibles, sin contar un santoral interminable, que ha tomado todos los días del año.
Hubo, pues, que aceptar a regañadientes importantes segmentos de las festividades precolombinas, a las que se les dio carta de ciudadanía en los días consagrados por la iglesia católica. Al principio se pretendió controlar con medidas estrictas la sobriedad de la coreografía, vestidos y caretas que traían los novísimos fieles, y en los Andes se desataron campañas de "extirpación de idolatrías" en el mejor estilo de la "caza de brujas" europeas. Pero pronto cesó la furia persecutoria, más bien por agotamiento de los perseguidores, que se resignaron a dejar que sus imágenes fueran portadoras de muchas valencias religiosas, unas más cristianas, otras ni siquiera cristianas.
Se cuidaron las formas mínimas. El teatro del Siglo de Oro proveyó de personajes y versos que aprendieron los indígenas americanos, y el Barroco español pareció tomar nuevos bríos en estas tierras, al dar forma a los templos y poblarlos de sus imágenes. El siglo XVII ha durado varios cientos de años una vez que cruzó el Atlántico, y la pompa de los festivales indígenas, aun en este segundo milenio, todavía evoca el modelo hispano que había servido para alegrar el final de la decadente dinastía de los Austrias.

4. Las imágenes de Dios.-
Cortés y Alvarado mostraron su horror e indignación cuando fueron testigos de los ceremoniales mexicas que incluían sacrificios humanos. De igual manera Pizarro y Almagro nos transmitieron su desprecio por el presunto libertinaje y el consumo de alcohol de los inkas. Pero si bien pudo haber matices en la apreciación de estos rituales ajenos, todos los europeos concordaron en señalar a las imágenes prehispánicas como representaciones de Luzbel.
Mirando en perspectiva resulta paradójico pensar que habiendo expulsado de la Península Ibérica a dos religiones que prohíben el culto a las imágenes, los españoles se esforzaron en proclamar que no eran idólatras. A pesar del despliegue de representaciones pintadas y en bulto que adornaban sus altares y procesiones.
Al encontrarse en el Nuevo Mundo con las imágenes de los dioses precolombinos, no dudaron en identificarlos como fruto de un culto demoníaco. Y aunque tal convicción se repetiría frente a cualquier tipo de pintura o escultura precolombina, el hecho de que los artistas americanos no usaron la figura humana como modelo único, exacerbó la descripción de sus divinidades como expresión satánica.
La persecución de las imágenes sólo es comparable a la desatada en los países protestantes contra las que poblaban los templos católicos luego de que Calvino, Zwinglio o Enrique VIII optaran por sus diferentes versiones de la Reforma Protestante y señalaran a los católicos como idólatras. Al final del siglo XVI, como una suerte de compensación artística se inicia el movimiento barroco y la producción de imágenes en España se multiplica y se intensifica la exportación de obras y artistas al Nuevo Mundo.
La destrucción de imágenes precolombinas fue muy completa. En un principio, los indígenas se refugiaron en la clandestinidad para proseguir sus cultos. Más adelante, con la expansión del cristianismo y la multiplicación de conversos y de quienes recibían la doctrina desde jóvenes se hizo más difícil esconder los cuerpos de los antepasados(que al ser momificados adquirían la condición divina) y las representaciones materiales de los dioses. Sobre todo, porque al celo religioso se sumó a la pesquisa de tumbas de la nobleza indígena, mesoamericana y andina principalmente, realizada por verdaderas empresas, en busca de presuntos tesoros que en forma de joyas o amuletos habrían sido colocados para acompañar a los señores indígenas en su paso al más allá.
Como resultado inmediato el culto indígena se redujo a los accidentes geográficos identificados como espacios sagrados(cuevas, manantiales, montañas) o piedras o vegetales de forma especial, cuyo ritual se mantuvo en un nivel semiclandestino. Pero, para toda manifestación externa de religiosidad, las sociedades indígenas americanas adoptaron las imágenes que les ofrecían los invasores. En determinados casos, a ellas se le agregaban atributos, e incluso rasgos ajenos al dogma católico, notablemente en Guatemala o Brasil, pero en general se trata de las mismas representaciones católicas, que han sido cargadas con valencias religiosas provenientes de la larga historia del continente.
Son éstas las imágenes que desfilan en las muchas procesiones que acompañan las fiestas del nutrido calendario indígena contemporáneo. Como en España, cada pueblo tiene su santo patrón cuya vigencia se agota en sus límites jurisdiccionales. En la frontera, los devotos del pueblo vecino, sostendrán con energía que "su santo" es más milagroso y los atiende exclusivamente a ellos.
Sucede, sin embargo, que las epidemias y las crisis agrícolas (sequías o inundaciones, por ejemplo), debilitan la energía protectora del santo patrono y sino resulta suficiente para calmar las ansiedades de los fieles, terminará por ser reemplazado por otra imagen más milagrosa. A veces, la misma imagen de los vecinos, es la que escapa y se traslada de templo o bien cruza como un conquistador su frontera, apropiándose de la devoción de dos pueblos, que se apresurarán a señalar fechas distintas para su fiesta. Procurando así, que la concurrencia de peregrinos y turistas no se divida, y la feria económica siga siendo rentable para las dos comunidades.
Las imágenes sagradas en la vida del pueblo tienen una vitalidad que excede el espacio ceremonial. Los fieles les atribuyen características y pasiones humanas, y muy especialmente un celo agresivo en la conservación de su ritual. Nadie debe olvidar las plegarias, exvotos, velas y regalos que se les ofrenda en los días prescritos para ello. Acercarse a ellas entraña el peligro de concurrir a un espacio sobrenatural, donde las capacidades humanas quedan a merced de la virgen, cristo o santos, que conocen sus pensamientos y han registrado sus actos. Estamos lejos de la imagen dolorida y generosa de la madre de Cristo, o del Señor crucificado que entrega su sangre por la redención del género humano. En la percepción campesina de nuestros días, la imagen es como toda waka precolombina, ni buena, ni mala, sólo poderosa, y por tanto capaz de hacer el bien o acarrear infinitas desgracias al devoto que no cumple sus deberes.

5. El entorno inmediato de la iglesia y las hermandades.-
Desde tiempos coloniales, cada parroquia, por modesta que fuera el templo, conformó un entorno de servidores inmediatos que se aplicó al cuidado del edificio, como apoyo doméstico al sacerdote y como auxiliares de las ceremonias y de la evangelización. Este entorno fue importantísimo en la tarea de conversión de los neófitos y con el tiempo llegó a ser el traductor de las verdades sagradas que llegaban a través de los sermones, en general incomprensibles (por el idioma y por el dogma) a los oídos del pueblo.
Sacristanes, campaneros, porteros y guardianes del templo, encargados del cuidado y limpieza de las imágenes, etc., etc. Constituyen, aun hoy día, los mediadores culturales entre la Iglesia Católica y la población de origen indígena. Paralela a este bastión del sacerdote, está la cofradía o hermandad, es decir los devotos del pueblo organizados para sostener la difusión y economía del culto. Sus características varían dentro de marcos muy precisos, pero resultan especialmente importantes en la celebración de las fiestas, por que los hermanos o cofrades serán los que adjudicarán las responsabilidades a través de organismos generados a partir de la hermandad ( en sus ramas femenina y masculina). Al cerrar el evento, se elegirá a los mayordomos de la fiesta del próximo año, luego de una (a veces muy reñida) selección de candidatos. Otras veces, a falta de ellos, designará a quien pueda afrontar los gastos y energía que tal cargo requiere. En las deliberaciones,suele participar el párroco, pero su presencia no es indispensable, ni su opinión es definitiva, pues nada asegura que sus relaciones con los cofrades o hermanos sean armoniosas. Hay mucho prestigio y dinero en juego, desde futuros cargos políticos a nivel local, hasta los donativos acumulados desde años anteriores, sin mencionar el ingreso de fondos que se espera a partir de la celebración en ciernes. Y tan importante como el capital de la fiesta, los pretendientes a la mayordomía se juegan el prestigio de haber pasado el cargo, es decir de haber cumplido, al menos una vez en su vida, con la responsabilidad de organizar el "cumpleaños" del patrón del pueblo.
Dice la tradición que "quien pasa el cargo, se hace rico". En realidad, hay que ser rico o prestigioso (o ambas cosas) para solicitar o recibir el cargo, dado que cualquiera que sea la condición de quienes resulten ser mayordomos, deberán recaudar los fondos con la participación de todo el pueblo y con todos loa donativos externos a los que puedan echar mano. Apenas elegidos, el mayordomo, y sobretodo su esposa, emprenden una entusiasta campaña
para acumular dinero, provisiones y materiales (equipos de sonido, locales, sillas mesas, etc.) para la serie de fiestas menores y reuniones que a lo largo del año serán el preludio del cumpleaños de la imagen mayor. En dicha campaña son enrolados todos los miembros de ambas familias, amigos y vecinos del carguyoq (el que pasa el cargo). No hay puerta que se quede sin tocar, y nadie puede rechazar el pedido que se hace muy ceremonialmente, con el convite de un trago ( y suele agradecerse con una banda de música) en busca de que el invitado se siente obligado a contribuir, asumiendo el mañay o compromiso. Es éste un concepto muy complejo e importante en los Andes, pero que para la presente discusión puede reducirse al acto de aceptar su participación como donante de la fiesta. El mayordomo o carguyoq, quedará a su vez obligado a devolver el favor recibido en términos equivalentes. Lo más probable, es que las personas a quienes solicita ayuda, hayan sido deudoras de la contribución del actual mayordomo o de su esposa en anteriores fiestas, donde el actual encargado fue entonces donante.
Como siempre, la divinidad está observando el esfuerzo de sus fieles, una fiesta desvaída o relativamente inferior a la precedente, será motivo para que asuma el papel de imagen "castigadora" y descargue su furia sobre quien no agota su esfuerzo por darle brillo a su fiesta. Pero también hace honor a su fama de generosa, si la reunión muestra que superó largamente la pompa de los años anteriores.
La hermandad asumirá en toda la celebración un papel protagónico, vigilando que la participación de las partes interesadas sea equivalente y efectiva. El sacerdote seguirá de cerca el desempeño de las acciones al interior del templo: misas, visitas a las imágenes, donativos a las mismas, arreglos florales y bendiciones,pero su autoridad disminuye al cruzar el atrio de la iglesia. En todo caso,se espera que actúe coordinación con los "hermanos" o "cofrades", que en los Andes son categorías intercambiables.
No siempre el párroco residente está de acuerdo con la manera en que se festeja al patrón del pueblo. Muchas veces las canciones, los bailes o las representaciones teatrales exceden la línea de moralidad o el buen gusto que exige el párroco. O bien, al desatarse el jolgorio general, con los conjuntos contratados para que participe el público, la celebración se precipita hacia lo que el sacerdote podría calificar de promiscuidad o desenfreno. A veces, suele convocar refuerzos (monjas que llegan de la capital, o seminaristas de un centro religioso cercano, etc.) para evitar los "excesos" de las parejas. Pero, como puede anticiparse, el resultado suele ser exiguo, gracias a ello las fiestas continúan siendo atractivas.

5. El sacerdote y el maestro curandero.-
Todo festival campesino suele tener como teatro de operaciones el centro poblado más notable de la localidad. En términos latinoamericanos, dicho centro suele actuar como eje de dos o más agrupaciones rurales de menor importancia, y de una serie más numerosa de pequeños asentamientos, dispersos a lo largo de los campos de cultivo o zonas de pastoreo.
Durante las fiestas, los pobladores de todo este complejo poblacional, acuden al centro- eje del festival. No son muchas las ocasiones en que lo hacen, es probable que muchos de ellos esperen la celebración del santo patrón para asomar por las calles del pueblo principal. Esto quiere decir que la fiesta constituye el tiempo de cumplir con situaciones legales pendientes, compromisos comerciales y varios de los sacramentos, postergados por la falta de sacerdotes en su asentamiento y por la dispersión de las viviendas, que más bien sirven de casas-dormitorios, a quienes pasan la vida en los campos de cultivo o pasteando sus ganados.
No son pocos los matrimonios de parejas (con varios hijos a cuestas) que se celebran en esa fecha, lo mismo que los bautizos de niños, niñas y jóvenes de distintas edades. A la vez que se hacen presentes una innumerable lista de pedidos de misas y rosarios por los parientes fallecidos, que suelen abrumar al sacerdote, que en muchos casos llama a colegas de localidades cercanas para copar con la demanda.
Pero quienes bajan de las alturas o suben de los valles o zonas costeras buscan también el lado familiar de la religión. A los sacristanes u otros miembros del entorno parroquial se les suele pedir agua bendita,oraciones o invocaciones oportunas; o bien el propio necesitado o su familia trata de pasar algodones o trozos de tela por los pies y manos de las imágenes expuestas en la iglesia, para convertirlos en reliquias informales pero eficaces, que pueden llevar la santidad del patrono o de las otras estatuas a su lejano hogar.
A esta búsqueda de poder sobrenatural en el interior de los templos se suma la preocupación por entrar en contacto con maestros curanderos o bien aprovechar el mercado, que suele estar mejor surtido que aquel que se tiene acceso en los poblados menores. Los maestros curanderos hacen pedidos muy concretos de hierbas medicinales o con propiedades mágicas, y estos días son los propicios para conseguirlas. O bien para encontrar a quienes practican este arte, con poderes superiores a quienes viven en lugares cercanos a sus viviendas.
No hay relación fluida entre el sacerdote y los curanderos, por más que éstos se confiesan católicos sin vacilación. Tampoco existe hoy día una condena manifiesta del clero contra ellos. En general, los pueblos americanos han logrado una necesaria tolerancia mutua, luego de que por varios siglos la Iglesia tratara de eliminar su ejercicio. Para el curandero, que en los Andes suelen operar los viernes por la noche y gozan de una apreciable audiencia, no hay contradicción entre sus saberes, y la condición de miembro de la grey cristiana. No tiene tanta suerte con las varias religiones de origen protestante que operan en el Nuevo Continente, en su mayoría ellas asumen que su actividad es diabólica y constituye el signo visible de la proximidad del Juicio Universal.

6. Los músicos.-
Si se revisa el único texto ilustrado de los Andes del siglo XVII(Nueva Corónica y Buen Gobierno), se puede ver en más de una ocasión, el mínimo equipo musical que acompaña a una fiesta: un solo hombre que toca la kena y el pinkullo ( es decir una flauta y un tamborcillo). Es la unidad básica de sonido para el cumplimiento del ritual, que también aparece en las primeras fotografías o dibujos de viajeros nacionales o europeos que visitaron esta región. A su vez el danzante/ músico aun más básico de la América Indígena es el "conchero", que se conocer desde los tiempos de Bernal Díaz del Castillo y cuya vigencia se alarga por toda Mesoamérica, y se prolonga hacia el Sur de USA. Al bailar, el danzante hace sonar las ajorcas cargadas de conchas de mar u otros objetos, que al chocar entre ellos (siguiendo el movimiento de los pies) producen un sonido que acompaña el ritmo del baile.
Ambas maneras simples de dar calor a la fiesta aun pueden encontrarse en América, pero lo usual son conjuntos que pueden llegar a treinta "maestros" que ejecutan las versiones solicitadas con instrumentos modernos. De todos los participantes activos de los festivales andinos, los músicos suelen ser un elemento externo al juego de prestaciones de servicios gratuitos o por intercambio de favores. Su colaboración que se considera indispensable, es siempre pagada, dado que los profesionales que la realizan son casi siempre personas agrupadas al margen de las instituciones comprometidas con el culto al santo patrono. Lo que no quiere decir que individualmente no sean devotos de ésta u otra imagen o ajenos al pueblo celebrante.
Generalmente, el director del conjunto hace las veces de empresario y con él se cierra el contrato que tiene como base el tiempo que tocarán durante la fiesta. Se da por sentado que el conjunto llegará correctamente uniformado y que conoce las melodías apropiadas para el festival en marcha. Por su parte, los mayordomos se aseguran que tengan un alojamiento decoroso (si es que van a permanecer más de un día en la localidad) y que se les alimente provea de bebidas con liberalidad.
Hay algunas situaciones especiales. En ciertas regiones de los Andes (Ayacucho, Apurimac, Huancavelica) se reclama la presencia de bailarines que se presentan en pareja (dos varones) compitiendo en los pasos de la danza y en pruebas físicas, hasta poner en peligro su propia integridad física. Se trata de los "danzantes de tijera", cuyo accionar es más bien ritual y en cierta forma ajeno a la algarabía generalizada. Sin embargo, en las zonas donde se practica, su presencia es un acto especial que el festival recibe con gran entusiasmo.
Sus acompañantes musicales suelen ser dos, que tocan el arpa y el violín, siendo el arpa, además un elemento útil para las pruebas de fuerza y dolor que acompañan sus pasos de baile. Cada danzante lleva en una de sus manos dos trozos de metal que hace chocar, produciendo un sonido que recuerda a las castañuelas, aunque su repicar, es más agudo. Este instrumento, al que llaman"tijeras" es parte de un atuendo muy complejo y colorido del que se despoja si las pruebas aludidas lo exigen: caminar sobre una soga tendida entre el campanario de la iglesia y un poste o árbol vecino, correr sobre brasas encendidas, poblar su cuerpo y rostro con espinas de cactus, etc., etc.
La propia danza es una prueba de resistencia formidable, ya que se suele bailar muchas horas compitiendo con el otro danzante. La rivalidad hace crecer la dificultad de los pasos ejecutados y las pruebas de dolor, fuerza y equilibrio. Uno de los movimientos más complicados es el paso de la"agonía", y que en cierta forma constituye la simulación de los estertores de la muerte. Durante el mismo, su cuerpo va cayendo lentamente, mientras que el tronar de sus "tijeras" va disminuyendo. Ya en el suelo, los últimos movimientos del cuerpo y las manos producen una sensación de desamparo que sobrecoge al espectador.
No es una danza que goce de popularidad en el clero católico o en las confesiones protestantes, que de manera abierta o discreta suele calificarla como parte de un pacto demoníaco. De hecho, el danzante de tijeras evita ingresar con su atuendo a la iglesia. Y cuando baila, se detiene en los umbrales de la misma.
Otros elementos regionales también pueden ser tan específicos como el que acabamos de narrar. Tal podría ser el caso de la yunza o cortapalo. Es decir el hecho de preparar un árbol cubriendo sus ramas de regalos, que luego de bailar en su alrededor se derriba para regocijo, especialmente de los niños. O la piñata, rellena de dulces u objetos que también se obsequian a quienes participaron en la tarea de quebrarla a golpes, en medio de la grita feliz de los que observan. Pero estas u otras acciones ya son periféricas a la fiesta, el núcleo central de los asistentes se desplaza siguiendo a la orquesta principal y el movimiento de las imágenes, y asistiendo a los locales señalados en el programa.

7. Las representaciones dramáticas.-
Bernal Díaz del Castillo narra que fue Hernán Cortés el que por primera vez en América hizo que los indígenas representaran una versión de la "danza de moros y cristianos". La decisión tuvo una extraordinaria fortuna y dio origen a que aztecas e inkas, finalmente dieran forma a las "danzas de la conquista", incluyendo a los reyes nativos y sus súbditos en reemplazo del rey moro de la representación medieval.
Poco después, los misioneros adoptaron el teatro como una de las formas favoritas para evangelizar en sus doctrinas. Los niños y jóvenes de las mismas, se convirtieron en actores de pasos, entremeses y autos sacramentales que ensalzaban de muchas formas las bondades de la conversión al catolicismo, los males del pecado y la omnipresente tentación diabólica. Paraíso e infierno se encontraron en aterradora dicotomía que dividía a bienaventurados y condenados, viviéndose bajo el presupuesto que todos los antepasados ardían en los fuegos eternos, al no haber sido bautizados.
Esta presencia del teatro renacentista en una primera época y después con piezas de los mejores autores del Barroco, hizo que actuar, dirigir, preparar las tramoyas, componer piezas nuevas o copiar modificando las conocidas, se transformase en una actividad cuasi - industrial. Las fiestas coloniales desarrollaron espacios muy claros para una o varias representaciones teatrales, que hoy ya se han establecido como parte notable de los días festivos.
A Moctezuma y Atahualpa en el estrado, le siguieron otros pasajes de la historia local en los Andes y Mesoamérica. La mayoría de las obras se compusieron al calor de la evangelización, y se representaron en las doctrinas y en los seminarios, como parte de las estrategias misionales. A ello contribuyó la difusión del náhuatl o del quechua , considerados en América como la lingua franca pertinente en cada uno de los virreinatos mayores. Lo que es probable que haya extendido ambas lenguas más allá de las ambiciones de los gobernantes prehispánicos, condenando al olvido otros tantos idiomas, que desparecieron bajo las necesidades de una rápida acción misional.
El teatro campesino actual se ha integrado a las fiestas de tal forma que está articulado con música, danzantes que desfilan disfrazados y carros alegóricos. Cualquiera que sea la obra elegida, el director del conjunto (que además puede ser autor de la misma) empieza muy pronto a seleccionar a los actores, revisar las vestimentas y componer o modificar la música y pasos de baile que acompañan a la acción teatral. Los diálogos serán escritos cuidadosamente y repartidos entre los actores, que deberán recitarlos las veces necesarias hasta su total memorización. Pero más importante que esto, será la internalización de los personajes representados en quienes los personifican. Atahualpa y Moctezuma, deben ser "nobles y valientes", mientras Cortés y Pizarro serán "crueles y audaces". Malinche y Felipillo, llevarán el baldón de un cierto olor a traición, por más que el personaje mexicano pueda sumar, contradictoriamente, valencias de madre y señora noble, frente al disminuido carácter del indio que sirviera de traductor al R.P. Valverde.
Lo interesante de éstas y otras representaciones, es que el actor o actriz, sigue la voz del director haciendo que su papel sea realmente captura de la personalidad atribuida a su héroe o villano. Dado el carácter celebratorio en que está inmersa la obra teatral, lo más probable es que actores y danzantes estén ebrios o agotados al momento de la representación, y hayan olvidado por completo su guión, pero el público, que escasamente puede oír los diálogos en medio del bullicio que domina el ambiente, estará más interesado en ver los gestos y compostura de los actores (que nacen de las recomendaciones del director), que en escuchar los parlamentos.
Una figura frecuente en estas obras teatrales es el demonio. Pero estamos lejos de la aterradora figura del ángel caído del Génesis o del tentador de Cristo. El demonio o mejor dicho, los muchos danzantes que llevan este disfraz, nos dan otra imagen, que probable se acerque con mayor certeza a la deidad precolombina (supay en quechua) que los evangelizadores usaron para depositar en ella la idea de maldad sin límites, que caracteriza al Belcebú cristiano.
El demonio de los indígenas americanos, cansado de sus derrotas, es más bien un dios menor en la inmensa corte politeísta de las imágenes sagradas. "Es un pobre animal" le decía a su hijo el maestro curandero Santos Vera, el padre espiritual de quienes beben y alucinan con el cactus San Pedro (Trichocereus pachanoi) en el Norte peruano. La presencia de un peculiar Lucifer en las fiestas se reconoce porque su participación les da sabor festivo, en el mejor de los casos. En las alturas de Lima, en el aniversario de San Bartolomé, se sabe que el patrono lo deja salir del lugar en que está encadenado ( a sus pies), para que estire los huesos y haga travesuras a los vecinos. Ellos sonríen cuando encuentran que les ha robado una gallina, o ha ensuciado la ropa que secaba al sol. "Que se va hacer - dijeron comprensivamente- total, apenas puede salir una semana, por lo menos que se divierta".

8. A manera de conclusión: la fiesta en movimiento.-
La celebración, aparte de los actores mencionados, contiene muchos más participantes: corridas de toros, partidos de fútbol, pelea de gallos, carrera de burros y caballos, etc., etc. Estas actividades se realizan a lo largo del día, y más bien a las afueras, mientras que las varias procesiones recorren el pueblo en diferentes direcciones durante el día y la noche. Son precedidas por bandas de música y por el estruendo de los cohetes y "castillos" (armazones de caña pobladas de fuegos artificiales), a los que se suman los rezos y cantos religiosos coreados por la multitud que sigue a las imágenes. En los desfiles más importantes, el párroco, los monaguillos y niños y niñas vestidos de blanco o disfrazados de ángeles rodean las andas. Seguidos por el mayordomo, su esposa y los miembros de la hermandad. A continuación por gran parte del pueblo, visitantes y curiosos.
Al borde de las aceras, pero sobre todo en la plaza de armas, se han concentrado los puestos de comida y bebida, y los espacios de baile en los que la población dará rienda suelta a su alegría, no bien culminan los actos religiosos de cada día.
Para el clero católico la fiesta es un tiempo de prueba. Se repite el dilema de tratar de mantener la fiel observación del ritual católico, tal cual se prescribe en la doctrina, a riesgo de perder parte de la audiencia. O bien, el párroco

se limita a observar sin intervenir en las celebraciones que tiene lugar fuera del atrio de la iglesia, y que llevan toda esa carga de dudosa filiación al dogma, y con excesos que a su juicio debieran ser prohibidos.
Ante la ausencia de vocaciones sacerdotales, y con una población latinoamericana que crece a ritmo explosivo, la solución más simple es declarar a todos como fieles, sin el conocimiento o la capacidad para entender los misterios de la correcta fe cristiana. Son bienaventurados por ignorancia y eso basta para abrirles las puertas del Paraíso. Otra mirada de la festividad nos diría, que en algún momento de la Colonia se organizó un sistema de creencias, coherente y orgánico, que utiliza la imaginería católica para hacerla portadora de un sentimiento religioso que pertenece a los pueblos americanos. En el se fundan los rezagos de las viejas religiones precolombinas y de los primeros siglos de la predicación misionera.
La fiesta sintetiza este juego de superposiciones que no son capas estáticas ni definitivas, sino que gozan de la vitalidad que le ha permitido presentar diversas caras, y sobre vivir recreándose constantemente, como las evoluciones de un danzante.
No faltan cámaras de video, ni fotografías a lo largo de estas celebraciones, tras ellas están desde periodistas hasta turistas y antropólogos, en su afán de guardar las imágenes de los eventos que se suceden con rapidez vertiginosa. Aunque probablemente, los films o vistas más interesantes sean aquellos que la propia municipalidad o las hermandades toman de sus actividades. Alguna vez habrá que dar importancia que se merece a la manera de percibirse de quienes han construido todo el festival, que se desliza ante nuestros ojos.
Desde su altar, la divinidad sigue impasible el tributo de su pueblo. Con el kacharpari, los responsables ceden la posta a quienes sucederán en el cargo, y celebran hasta la extenuación la felicidad de haber pasado la prueba. Otra pareja de esposos, entre orgullosa y asustada mide la magnitud del esfuerzo que les espera.

BIBLIOGRAFÍA (Todas obras del autor).
1992 Actores de Altura. Ensayos sobre teatro popular andino.
Editorial Horizonte, Lima.
1997 El rostro de la fe. Doce ensayos sobre religiosidad andina. Fundación El Monte, y Universidad Pablo de Olavide. Sevilla.
1997 De la evangelización colonial a la religiosidad popular peruana. El culto a las Imágenes. Fundación El Monte. Sevilla.
1998 Los demonios danzantes de la Virgen de Túcume.
Fundación El Monte. Sevilla.
1998 Historia, religión y ritual de los pueblos ayacuchanos.
National Museum of Ethnology. Osaka. Japón.
1998 Dioses Familiares. Festivales populares en el Perú contemporáneo.
Ediciones del Congreso del Perú. Lima.
2000 Desde afuera y desde adentro. Historia y etnología del Cuzco y
Apurimac. National Museum of Ethnology. Osaka, Japón.

2000 Perú: el legado de la historia. Fundación El Monte y Promperú.
Sevilla. España.
Luis Millones. Doctor en Letras. Pontificia Universidad Católica Lima (1965).
Profesor Principal Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. Ayacucho, Perú (1981). Profesor Principal Universidad Mayor de San Marcos. Lima (1984). Profesor Emérito 1998. Ha sido Profesor Visitante en la Universidad de Texas (Austin), Stanford y Princeton, e Investigador en el Instituto Simón Rodríguez (Buenos Aires), en el CSIC de Madrid y en el Museo Etnológico Nacional de Japón. Ha publicado veinte libros y numerosos artículos sobre religión y etnicidad en el área andina. Actualmente es Profesor de la Escuela de Postgrado (Historia) de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima, Perú.