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Raúl Bueno
Dartmouth
"Sobre los espejitos
y cuentas de colores de la globalización"
0.
Las culturas minoritarias y dependientes del mundo, como las andinas que
me son relativamente cercanas, se enfrentan hoy por hoy a la llamada cultura
global, o al proceso que la apura e instala, la globalización.
Frente a esa ocurrencia, que se vive como una amenaza, las primeras desarrollan
una performance especial, cargada de estrategias, denominada resistencia
cultural. No es nueva, pues ya fue practicada en el pasado, no pocas veces,
frente al atropello de colonizaciones y otras globalizaciones a que haremos
mejor referencia luego. Sostengo acá que esa performance defensiva
le hará perder empuje a esta nueva globalización, de modo
tal que, aunque logre imponer sus signos expeditivos de la comunicación
y de ciertas transacciones, no logrará desnaturalizar la matriz
cultural de los sistemas agredidos.
Por razones de economía expresiva divido mi tema en tres o cuatro
puntos focales, que pueden ser reducidos a un par de relatos breves: de
las distintas globalizaciones al uso instrumental y crítico de
la globalización de hoy; y del desafío de una globalización
superficial a la defensa de una localización (o afirmación
de lo local) profunda.
1. Globalizaciones, en plural
La globalización de hoy en día no es la primera, ni es la
única realizada dentro de los registros de la modernidad y la modernización.
Intentos de globalizar el mundo conocido fueron, por ejemplo, las conquistas
del imperio romano y las expansiones cristiana y mahometana. La edad de
los descubrimientos y conquistas se da ya dentro de los inicios de la
modernidad. No en vano el descubrimiento de América se marca como
uno de los grandes eventos que inician la edad moderna. La expansión
de los imperios español, portugués e inglés son variantes
de la globalización impulsada por la primera modernidad. La racionalización
del conocimiento y la democratización de la vida civil y social
son, quizá, la mejor parte de la segunda globalización modernizante.
Ahora nos cae encima, para bien y para mal, una globalización de
los media y de la economía de libre mercado. No hay que temerle
-al menos en el ámbito de las culturas locales. Hay que considerar
nada más el pasado y la realidad. Aunque toda globalización
busca reducir el mundo a la unidad -relativa-, el mundo no se ha homogeneizado.
Muy por el contrario, cada globalización ha añadido diferencias
a los sectores intervenidos, ha exaltado la defensa de lo propio -a veces
de manera secreta, pero efectiva- y, a despecho de sus intenciones, ha
enriquecido al panorama de la diversidad. Latinoamérica es, creo,
el caso más destacado de esta ocurrencia. He expuesto estos asuntos
en otras ocasiones (por ejemplo en Escritos #13/14, Puebla: 1996; JALLA,
Cusco: 1999; MLA Convention, Washington: 2000; Lasarte, ed.: Territorios
intelectuales, Caracas: 2001), dentro de una argumentación particular,
creo, que necesito resumir a continuación para poner en contexto
ésta y las reflexiones que siguen.
Modernidad y globalización
son dos términos de una misma ecuación: m = g. Lo cual no
significa necesariamente un beneficio para las zonas no desarrolladas
o dependientes del planeta. La modernidad es el nombre con que corre la
globalización actual, que no es nueva ni es reciente, pues ya dura
tanto como quinientos años. Y en todos esos años, ni ha
modernizado equitativamente el mundo, ni lo ha reducido a la unidad homogeneizante.
Muy por el contrario.
A inicios de la llamada "edad moderna" empiezan los procesos
de racionalización -como el heliocentrismo copernicano, el perspectivismo
renacentista, el capitalismo financiero de la edad de los descubrimientos
y colonizaciones, las utopías sociales y el maquiavelismo- que
fundan la modernidad científica, artística, económica
y social. Bien vistos, el descubrimiento y la conquista de América,
es decir dos de los impulsos globalizadores de la época, fueron
empresas propiciadas tanto por la razón victoriosa y expansiva
de la reconquista como por la naciente burguesía europea y sus
innovaciones bancarias y financieras. Las circunnavegaciones, las reclamaciones
territoriales, la cristianización, la monetarización de
las colonias, el mercantilismo, las desculturaciones y neoculturaciones
también forman parte de esa formidable globalización. Igualmente
la dominación, la exclusión, la opresión, la explotación,
el racismo, el apartheid y otras lacras de la civilización modernizante.
No tiene sentido preguntar si ese ímpetu globalizador trajo beneficios
a las culturas y pueblos que arrolló en el proceso.
Hay un segundo momento de la modernidad, que gusta más a sus teóricos
-al punto que sólo hablan de ella- porque les permite destacar
nuevas racionalizaciones: de la vida civil, de la producción de
bienes y de las reglas del mercado -cuando menos. Se refieren a la etapa
que sigue a la organización de la nación norteamericana,
a la Revolución Francesa, a la revolución industrial y a
la escalada del capitalismo. Las naciones que viven plenamente esta modernidad,
situadas en el centro de la onda globalizadora, ven florecer sus democracias,
industria y comercio. ¿A qué costo? A costa de sus sectores
desfavorecidos y, como se verá luego, de las naciones que la coyuntura
histórica anterior ya había puesto en situaciones dependientes.
Las distintas colonizaciones modernas impusieron una economía global.
No había -no hay aún- escapatoria: los países dependientes
entregan materias primas a cambio de productos manufacturados; los países
centrales retienen plusvalías y concentran capitales. Éstos
pueden permitirse una confortable modernidad -ciertamente onerosa- en
cuanto a infraestructuras de toda índole, instituciones que organizan
la vida civil y social, y aun medios que favorecen el recreo y el ocio
-aunque no democráticamente. Tienen los recursos para ello. Es
decir, tienen dependencias (en general más allá de sus fronteras)
que aseguran la base de su modernidad lustrosa. Los países dependientes
están atrapados en ese juego, no fuera de él. Por lo tanto,
pertenecen también al sistema bipolar de la modernidad; pero del
otro lado. Su oscura e indeseable modernidad, consistente en ser parte
involuntaria y a desgano de un orden que los trasciende y abruma, y que
los fija en roles casi inamovibles, es la condición necesaria para
la modernidad cosmética de los países centrales. Es una
modernidad estructural que supone que los países dependientes queden
congelados en sus pre-modernidades históricas, en sus modernidades
a medias, o en sus sub-modernidades. En ellos, todo intento de modernización
tiende a ser, por principio, a la larga o a la corta, un simulacro de
modernización. Y entre tanto crece la brecha entre países
desarrollados y no desarrollados.
En quinientos años la globalización modernizante -la occidentalización,
para decirlo de otro modo- ha cambiado de fórmulas, pero no de
principios: sigue siendo etno y eurocéntrica. En algún momento
los ejes del globo eran decididos por los imperios español o portugués;
luego, por el imperio británico; más recientemente, por
los imperios norteamericano y soviético. En algún momento
el mercado cautivo cedió ante el mercado libre, el predominio de
la fe (de la iglesia) cedió ante la razón, el autoritarismo
ante la democracia, la monarquía ante la república, el colectivismo
(y más tarde el socialismo) ante el capitalismo puro
Todo
ello en nombre de la civilización y el progreso. Ahora, bajo el
imperio de los signos, nos llega una globalización que reafirma
el libre mercado (el neo-liberalismo), el dominio avasallante del capital
financiero, el flujo masivo de la información y la estandarización
de los bienes culturales. La Internet, el predominio de la lengua inglesa,
el desarrollo de los medios de comunicación masiva, la industria
cultural, son, entre otras, las expresiones patentes de ese estado de
cosas. ¿Ha mejorado entonces el mundo? No.
Cuando se habla de la modernización globalizadora, y de un capital
transnacional y sin ciudadanía, y de una información que
le da vueltas al globo en fracciones de segundo para llegar a cualquier
destino, y de una industria cultural que siembra sus signos en terrenos
de la otredad, no se está hablando en realidad de una globalización
que sirve en bandeja los beneficios de la modernidad a todas las regiones
del globo. Se habla, si bien se ve, de una movida tendente a sostener
las hegemonías, mientras crea ilusiones modernizadoras con espejitos
o cuentas de colores, y mientras imparte signos y lenguajes que aseguran
y aceleran los tránsitos de bienes entre las dos caras de la modernidad.
Que un periférico navegue en la Internet es como el colonizado
a quien le enseñan el lenguaje del colonizador, como ve bien el
Calibán de Césaire, para servir mejor al amo. No haya, pues,
equívocos: esta globalización no va a fomentar la modernidad
de los lugares periféricos. A menos que hablemos de una modernidad
radicalmente distinta, independiente de los cepos de la colonización
y sus secuelas.
2. Globalización vs.
localización: los varios registros de lo cultural
Toda globalización ha apuntado -y parcialmente logrado- una comunidad
imaginada sin fronteras. La latinización o la cristianización
de Europa y otras regiones obedecieron a ese impulso, y lograron construir
una cierta comunidad por sobre fronteras raciales, culturales, históricas.
Lo cual no significa decir que esa comunidad borró -borra- la presencia
de las otras comunidades y sus diferencias. Se puede ser -y se es- por
ejemplo, a la vez africano, occidental, mahometano, socialista, moderno
y tradicional. Cada capacidad se ejecuta en su circunstancia concreta
y sin conflictos. Así, en esta nueva globalización, se puede
ser chiapense, o quechua u otavalo, es decir etnológicamente distinto,
y a la vez computarizado y moderno sin problemas.
Lo que lleva a decir que se puede aceptar lo humanamente positivo de la
más reciente globalización sin necesidad de aceptar el paquete
entero. Ser moderno no debiera significar rendirse acríticamente
a todas las demandas de la modernidad, especialmente a aquéllas
que atentan contra nuestro ser cultural. No descuento el que haya detrás
de esa onda expansiva neoglobalizadora algún afán de crear
una ilusión unificadora y hasta homogeneizadora, por medio de tender
una cortina de humo sobre los conflictos históricos: la dominación,
la dependencia, el choque cultural, la lucha de clases, etc. Contra ello,
nada más recordar que en los meros centros de esa explosión
nunca dejaron de marcarse diferencias, de tenues a ostensibles, entre
arios y judíos, europeos y migrantes, blancos y negros, anglos
y latinos, etc. Es decir, habría en este movimiento globalizador
una hipocresía de base, que quiere afirmar comunidades sin fronteras,
a conveniencia, mientras se empeña en mantener antiguas y nuevas
diferencias de clase, etnia, raza, credo, etc.
3. La globalización
domesticada
He sugerido que se puede ser moderno y étnico al mismo tiempo.
Lo que significa decir que se puede adoptar lo positivo de la cultura
de la modernidad (aquello que mejora el conocimiento, la salud, en general
la condición humana) sin renunciar a una cultura de origen. La
cultura judía es, en gran medida, buena prueba de ello: tras miles
de años de persecución y oprobio se muestra ahora tan moderna
y tan tradicional al mismo tiempo. [Lástima que su moderno estado
no haya filtrado los males que a su pueblo le infligiera la historia,
y que repita en otros los vicios de otras globalizaciones: desterritorialización,
colonización, segregación.] Pruebas más recientes
las dan los zapatistas de Chiapas, que saltan a la Internet para desarrollar
su guerra reivindicadora, mientras demuestran con orgullo su condición
indígena y su cultura. Lo cual tiene mucho sentido en un país
que desde su revolución eliminó el concepto de indígena
(favorecía y favorece la noción de mestizo) para reemplazarlo
por el de campesino.
Lo que quiero decir acá es que no debemos -por un prurito localista
y étnico- esquivar esta globalización a la torera. Hay que
tomar al bicho por las astas y hacer que rinda sus beneficios a las causas
locales. No puedo dejar de mencionar acá, por la belleza de la
lección que ofrece, el caso de la comunidad amazónica del
Brasil que, cansada de ser filmada y documentada por etnólogos
y antropólogos, se apodera de cámaras fotográficas,
filmadoras, grabadoras y otros artilugios con el objeto loable de documentar
ellos mismos, desde su propia perspectiva y para fines de continuidad
cultural y de enseñanza a sus nuevas generaciones, lo que les es
propio y característico, como danzas, rituales, costumbres, lenguaje,
etc. He ahí un claro signo de que la globalización puede
ser derivaba hacia funciones propias de lo local y étnico.
4. La globalización
superficial.
Cultura e identidad nacionales son conceptos lastrados de acusaciones
y debates. Prefiero hablar de culturas desconectadas del concepto de nación.
O si se quiere, prefiero hablar de culturas minoritarias, dependientes,
alternativas, periféricas, etc., en oposición a la cultura
dominante, que es precisamente la que apura la actual movida globalizadora.
En concreto: así como hay comunidades distintas y hasta superpuestas,
hay culturas y culturas cuyas dinámicas de contacto, cruce y superposición
se dan en distintos planos y niveles. Para decirlo en simple, la llamada
cultura global ocurre en la superficie del océano cultural. Es
vertiginosa y encrespada, pero no necesariamente refleja las culturas
que van quedando en la profundidad. Éstas tienen otras dinámicas
y solicitaciones: chocan, se entrecruzan, se superponen en relaciones
de mutuo entendimiento, o de dominación y dependencia; se mixturan,
transculturan y regeneran. Ascienden hacia la correntada globalizadora,
o ésta desciende hasta ellas, y en el proceso van enganchando beneficios
o sufriendo algunos perjuicios y hasta matizando sus diferencias. Quiero
decir que la dinámica cultural es vasta, como han dicho algunos
teóricos, y que todo intento de reducirla a una simple formulación
es simplificador y distorsionante. Sólo una cosa me queda clara,
y prefiero decirla en metáfora: la agitación superficial
de las aguas difícilmente turba las dinámicas profundas.
A la larga, o a la corta, es lo contrario lo que prevalece. Es decir,
son las diferencias las que terminan por colorear la superficie del mapa
cultural, aunque sus tintas resulten un poco corridas por la turbulencia.
José María Arguedas solía decir que la cultura quechua,
pese a cinco siglos de opresión, subsiste. Aunque algo amestizada,
transculturada un tanto por siglos de contacto y presión cultural
occidentalizadora, mantiene enhiestos sus valores básicos, sus
estructuras de lengua y sus tradiciones. Es decir, se ha empeñado
y afirmado con éxito en su diferencia. Creo que es la mejor respuesta
a la pregunta sobre la pervivencia de una identidad cultural frente a
una larga presión globalizadora.
5. Afirmación y difusión
de lo local.
La transculturación y la hibridez pueden ser y son estrategias
de resistencia frente a la onda globalizadora de hoy. La primera suele
actuar defensivamente ante la cultura que la enfrenta. En ella un individuo
actuando por la comunidad o una colectividad o cultura en sí misma
responden a la agresión cultural mediante la adopción de
formas de la cultura dominante (metropolitana, diría Rama) para
significar entrañables contenidos locales, tradicionales, populares,
étnicos. La segunda, esto es la hibridez, no suele, a mi entender,
ser defensiva, sino ocurrencial -es decir que así se da, a menudo
sin urgencias- y juega con niveles de cultura (de elite, popular, de masas)
para producir discursos híbridos. Mediante la hibridez (o más
bien la hibridización, como puntualiza ahora García Canclini),
se adoptan a conveniencia contenidos o formas de otros niveles culturales,
para generar discursos de ostensibles contenidos trascolados y formas
peregrinas. Es, si bien se ve, más un recurso compositivo que una
estrategia defensiva ante una inminente amenaza cultural. Se da -esto
sea dicho sin ánimo de irritar a su teórico más importante-
más a nivel sintagmático (pues lleva al discurso elementos
de distintos paradigmas culturales) que a nivel de los códigos
mismos del discurso (pues no cambia el lenguaje en sí con que éstos
se articulan, al menos en una primera instancia), como me parece que sí
ocurre en la transculturación. En la hibridización entra,
a veces, lo étnico a través del circuito popular, por ejemplo
en las migraciones del campo a la ciudad, y puede canjear sus contenidos
y formas con las de los otros niveles. Y aunque la hibridización
puede realizar asimilaciones que hieren lo local, pueden también
-y esto es lo bueno- difundir lo local y étnico en ámbitos
globales, donde fomentan un conocimiento que suele generar no sólo
simpatías y adherencias, sino también, ciertas veces, algunas
reformulaciones del paradigma cultural dominante.
6. En suma:
Esta globalización no va a homogeneizar el mundo, ni acabar con
las culturas, ni con sus contradicciones internas o externas. Va a terminar
añadiéndole matices a las diferencias, por el hecho de infundir
generalidades que amenizan todo el vasto panorama de lo distinto y único,
lo cual crea situaciones novedosas a ser añadidas a los repertorios,
pero no va acabar con nada de lo desigual, ni mucho menos con lo irritante
e injusto. Entre otras razones porque, como dije al inicio, la modernidad
que la impulsa está lastrada de insalvables vicios y errores de
base. Lo prueban quinientos años de ignominia, que no se pueden
borrar de un plumazo. [Hanover, N.H., enero/mayo de 2002]
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