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Migration
and Cultural Identities
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Renato Rosaldo
Para ilustrar el planteamiento voy a presentar tres ejemplos, tres sujetos latinos que se auto-definen uno como chicano, otro como mexicano y otra como chicana. Los tres residen en San José, California y son tres figuras de la resistencia, todos sujetos contestatarios. El primer sujeto es el actor chicano Edward James Olmos quien protagoniza al pachuco en la película Zoot Suit de Luis Valdés (1981). El pachuco en esta versión es un sujeto contestatario que sabe jugar el juego del respeto. Actúa dentro de la ética del respeto exigiendolo de otros pachucos y simultáneamente se convierte en una especie de imán que atrae represalias de las autoridades anglo-sajonas: policías y jueces. En términos de lenguaje su virtuosismo no tiene que ver con una correcta construcción de la narrativa sino con una agilidad enorme para el cambio de registro lingüístico, su discurso es una especie de ametralladolara que va de un código de habla al otro, de un nivel del discurso al otro y este paso veloz de un registro lingüístico a otro favorece a los políglotas y convierte al sujeto monolíngüe en una especie de troglodita. Olmos es pura gandalla, el estilo pachuco encarnado que se pone en evidencia no sólo en su manera de hablar sino también en su forma de vestir y de caminar. De hecho, en la celebración del veinticinco aniversario del Teatro Campesiono en San José, California, Olmos afirmó haber aceptado el papel del pachuco en Zoo Suit porque toda su vida había hablado así, pero nunca había imaginado siquiera que se pudiera escribir así, mucho menos actuarlo en teatro. El poema de José Montoya, poeta chicano oriundo de Sacramento que cito a continuación, es un ejemplo claro de esta forma de hablar, de esta estética: El Louie Era de Fowler el vato, Louie hit on the idea in But we had Louie, and the Trucha, esos! Va 'ver No llores, Carmen, we can Ese, 'on tal Jimmy? An Louie would come through- Ese, Louie
Y en Korea fue soldado de And on leave, jump boots Wow, is that 'ol Louie? Volvamos a la película,
ésta abre con Edward James Olmos, el pachuco de rostro delgado
y bigote fino, haciendo su entrada muy estirao, lleva traje negro con
pantalones de bota amplia, camisa roja y brillante, sombrero negro y de
ala ancha. Luce una gran cadena de oro alrededor del cuello y una leontina
de plata sale de su bolsillo. Está en un club nocturno en el que
se presenta un grupo de danza, la coreografía es impecable. Olmos
camina ante ellos y es visible para la audiencia más no así
para los bailarines. Su figura es mítica, hay en él matices
diabólicos, es el espíritu que anima la pachucada. Quizá
podríamos afirmar que tras esta estética hipermasculina
se esconde una femenina. Está muy pendiente de la moda, combina
cuidadosamente los colores, lleva un traje de moda, luce cadenas de oro
y plata. Obviamente, nadie, nadie se atrevería a decirle esto al
pachuco, lo que en cierta forma es confirmación de su masculinidad.
El Olmos que entra en la prisión
es un hombre pálido, sin bigote, callado, de movimientos lentos,
lleva una camisa azul vieja y desteñida. Un flash back nos lleva
a donde, como dice él, comenzó todo: una sala de tatuaje
en el centro de Los Ángeles. A su padre le están tatuando
un corazón y las palabras "por vida", es su manera de
jurar amor eterno a su novia, la futura madre de Olmos. Una voz en off
dice: En relación con el pasado Olmos dice que el pachucho no es una figura atractiva, no se trata de un héroe, no es un modelo de resistencia, se trata más bien de un ser humillado y violado. No es alguien a imitar, no sirve de modelo al presente. Olmos advierte a los vatos jóvenes que no deben imitar su papel de pachuco, éste no es un modelo de nada. En 1992 los jóvenes portaban armas de fuego y se estaban matando entre sí. Su mensaje era: nos estamos acabando en esta versión o encarnación. Olmos sigue siendo la figura masculina que porta el peso de la hombría y la dignidad. El respeto se ha convertido en su forma de vivir, no sólo lo practica sino que lo exige a sus pares. Esto se hace evidente en su forma de saludar a los demás.. Tras esa superficie se esconde un volcán masculino en permanente riesgo de erupción, un hombre cuyas pasiones y violencia reprimidas están apenas ocultas y dificilmente controladas. El segundo sujeto del que me voy a ocupar es un mexicano oriundo de Michoacán que vive en San José, California. Su nombre es Magdaleno Mora y nació en 1919. Su historia migratoria no se reduce a un solo viaje, se trata de muchos desplazamientos en uno y otro sentido realizados entre 1944 y 1963 que me fueron contados personalmente por él. En 1944 llegó a San José a trabajar en el ferrocarril, contratado como bracero para reemplazar a los trabajadores que habían ido a la guerra. En 1963 trajo su familia a San José. Tres de sus hijos llegaron a obtener el doctorado. Esto a pesar de que Magdaleno no hablaba inglés, es más, como lo dijo él, cuando joven no podía ni siquiera leer el reloj. Su esposa era del pueblo de Tlalpajahua, Michoacán. Su madre una curandera muy conocida en la región. Él nació en un rancho de una población cercana y trabajó en las haciendas donde, como decía su esposa al hablar de él, "No se dejaba, lo trataban con respeto". Don Magdaleno era muy serio, muy trabajador, no era nada dado al juego ni a los chistes con sus compañeros. Sus manos eran duras, sus dedos gruesos debido a los duros trabajos manuales que realizaba.. Es más, gracias a sus manos encallecidas y fuertes fue contratado para trabajar con el ferrocarril de Western Pacific. "La gente no quería venir para acá. Yo ni sabía lo que era la guerra. Decían -yo lo oí- '¿Quién quiere ir a Estados Unidos con los gastos pagados?'". Su autoridad como narrador procedía de su extraordinaria memoria. Sus narraciones eran ricas en detalles, fechas, formas de pago, nombres de lugares. Un verdadero modelo de memoria y de oralidad. Su tono era serio, de pocas palabras y mucha dignidad. Otro modelo de masculinidad tipo Olmos, o quizá más bien al contrario, es Olmos quien vive su masculindad dentro del patrón de Mora, pero le añade a ésta cierta extravagancia y el permanente cambio de registro lingüistico en su discurso. El estilo de Mora se inscribe más dentro del modelo de American Me. El heroismo de Magdaleno Mora es calmo y persistente, se trata de una solitaria lucha por la supervivencia, es un modelo de fortaleza y sufrimiento no demasiado diferente a la de las silenciosas luchas femeninas de sufrimiento permanente, de vidas martirizadas que evocan historias de peregrinajes. Lo que este análisis exige es que el lector o el escucha amplíe, o de hecho proporcione, el dolor subestimado o nunca mencionado que está tras las manos deformadas por la artritis, las heridas de los accidentes de trabajo, el hambre, las privaciones. Magdaleno Mora al hacer referencia a sus primeras experiencias laborales durante el período de guerra afirma "en 1944 había mucha discriminación. Los soldados que pasaban en los trenes nos escupían." De nuevo en San José,
California, nos encontramos con una mujer llamada Sofía Mendoza,
mujer de unos cincuenta años que se que se auto-define como "una
activista con los zapatos embarrados". Es chicana de tercera generación
y habla más inglés que español. Para Sofía,
el respeto, es el término clave lo que denota una actitud más
masculina que femenina.. Sofía es consciente de lo que implican
ciertas diferencias de género. Dice "Cuando vas de casa en
casa encuentras que nuestras gentes son inteligentes, pero no son conscientes
de ello. Las mujeres suelen saber más que los hombres, ellas son
quienes se entienden con la enfermera, con los maestros y con las agencias,
los padres de familia no tienen que enfrentar nada de esto, los protege
su trabajo." Esta podría ser una descripción adecuada
a la experiencia laboral de Magdaleno Mora. Sofía fue para mi como
una imagen viva del sujeto contestatario en acción pues cuando
le pedí que me hablara del respeto me contó una historia,
no del respeto en sí, sino de cómo exigirlo: He propuesto tres, que pueden ser cuatro, modelos del sujeto latino contestatario. Todos en torno al concepto de respeto. Todos combinan distintas dimensiones de género entremezcladas de modo complejo. Se podría decir que el Olmos de Zoot Suit, el pachuco extravagante, se modernizó al convertirse en la figura de American Me, cuyo personaje tiene el carácter de Magdaleno Mora, el hombre de pocas palabras y mucha dignidad. Una figura rural, tal vez tradicional, o al menos pre-moderna, quiza pos-pre-moderna. Sofía Mendoza es moderna en el sentido de que habla bien claro, con mucha racionalidad pero dentro de una ética y una estética de respeto. En ella las pasiones surgen a la superficie y permiten que la mujer guerrera hable interactuando con los anglo-americanos en códigos accesibles a todos, no utiliza mensajes cifrados. Parece vivir una dimensión masculina, quizá un poco arcaica. En este breve ensayo he tratado
de precisar a través de ejemplos específicos ciertos sentidos
dentro de los cuales podríamos hablar de unas subjetividades y
de algunas fronteras de la modernidad entre los latinos en Estados Unidos.
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