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Más
acá y más allá de la politización de la justicia
argentina.
Rituales y voces del retorno
Mirta Alejandra Antonelli
Universidad Nacional de Córdoba
Argentina
Mientras escribo este breve ensayo, el reciente pasado no cancelado regresa
una vez más. Con la insistencia de la verdad que se obstina, el
pasado conmueve el presente con el anacronismo, ese trastocamiento del
tiempo con el que Borges habitó y marcó nuestra literatura.
Son los retornos que las políticas de olvido, bajo la retórica
del perdón como coartada, no han podido impedir.
En el marco de los llamados "Juicios por la verdad", escenario
en el que se viene encuadrando el derecho a ese pasado, sin efectos jurídicos
sobre los responsables, el Equipo Argentino de Antropología Forense
(EAAF) entrega hoy a sus deudos los restos identificados de uno de los
miles de desaparecidos, exhumados de las fosas comunes del Cementerio
San Vicente, de mi ciudad.
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Entre la
ética del silencio y la responsabilidad pública, el EAFF
ha encontrado el modo de decir que son éstas las mayores fosas
comunes hasta ahora conocidas y que los restos hallados tienen en su rotunda
materialidad la palmaria evidencia, las huellas brutales de una modalidad
inédita y tremebunda de violencia.
Organizaciones
de Derechos Humanos, profesionales, estudiantes y distintos sectores convocan
para hoy al "escrache" domiciliario a Luciano Benjamín
Menéndez, quien fuera jefe del III Cuerpo de Ejército, máximo
responsable de la represión en Córdoba.
"Si no hay justicia, hay escrache", dice la convocatoria. Esta
consigna que H.I.J.O.S. instaló en el repertorio sociosimbólico
y político a mediados de los 90, en plena impunidad de la presidencia
menemista que indultara a las juntas militares y a los represores de distintas
fuerzas de (in)seguridad, no claudica en la interpelación al gobierno
de la democracia postdictatorial, a sus intituciones y a la sociedad política,
a la punición de los responsables del terrorismo de estado; a des-escribir
las leyes que el propio estado produjo.
Manifestación
por la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida-
Buenos Aires, 12 de Agosto de 2003- Foto: Marcela Fuentes.
En esta escena
del hoy, el retorno de los que ya no están sin haberse ido jamás
vuelve en los reclamos incesantes de sus deudos directos pero también
societales, comunitarios. Pienso cómo se ha ampliado la posición
de herederos, del crimen de estado pero también del derecho
a tener derechos y a la justicia, posición crítica que durante
más de dos décadas ha permeado, con un derrotero no lineal,
a distintos sectores de la sociedad argentina. Y pienso en las Madres,
que inauguran este linaje invertido donde ellas son paridas por los hijos,
pidiendo lo imposible: "aparición con vida".
Este enunciado
radical, fuera de la lógica del cálculo y de la economía,
desde los tiempos de la dictadura, anunciaba que el futuro retornaría
del pasado, que la lucha por los derechos humanos ante el estado terrorista
no tendría cierre; no sería relato, sino acción sociopolítica
y cultural inacabada, performatividad más allá de los rituales
de las instituciones del estado. Pienso en las Abuelas, en medio de la
impunidad del menemismo, abriendo las causas, no prescriptibles, por sustracción
y apropiación de identidades de los bebés nacidos en cautiverio
o robados de sus domicilios por los "grupos de tareas" en los
operativos.
Pienso que
Menéndez está con arresto domiciliario por esa causa, no
por las torturas, vejaciones y desapariciones que hoy los restos identificados
y restituidos por los antropólogos forenses están aportando
como pruebas para la "producción de verdad" en el Juzgado
Federal número 3 de Córdoba. Pienso cómo este linaje,
en medio de las leyes del perdón y los indultos, vienen abriendo
brechas, fisuras en ese cuerpo normativo que fijó los límites
del "estado de derecho" definido por la política gubernamental
de turno; política que ha instaurado esos cuerpos normativos por
decreto, con la mera "fuerza mística de la autoridad",
instituyendo una legalidad ad hoc que no puede fundar su legitimidad.
Me pregunto cuál es la temporalidad de este proceso de veridicción
y justicia, cuál es la productividad societal que están
en juego.
Al preguntármelo, otro fantasma revisita mi escritura, como si
lo hubiera conjurado, y tomo un fragmento:
"(...)
Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas
de miles de desterrados son la cifra desnuda de este terror. Colmadas
las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones
del país campos de concentración donde no entra ningún
juez, abogado, periodista, observador internacional. (...)"
Lleva la
firma -signatura de un nombre y un cuerpo- y una cédula de identidad:
Rodolfo Walsh. Buenos Aires, 24 de marzo de 1977. Es el primer aniversario
del golpe (1976-1983). En su "Carta Abierta de un escritor a la Junta
Militar", género escritural donde lo privado nace para tomar
estado público, Walsh denuncia el terrorismo de estado, la violación
de derechos humanos en Argentina. Ya han asesinado a su hija; ya han instaurado
la censura de prensa, ya han iniciado la persecución a intelectuales.
El caería al poco tiempo. Ese mismo año "las locas
de la Plaza de Mayo" inician su infinita ronda: pañuelos blancos,
fotografías que los brazos maternos portan en silencioso reclamo
por la aparición de esos rostros sustraídos ante y por el
estado terrorista. Quizás -conjeturo- varias de esas fotografías
que inauguran en la plaza la trágica iconografía del ritual
del duelo imposible pusieran rostros a las cifras sin identificación
que denunciaba Walsh, el periodista y escritor.
La voz/escritura
de este parrhesiastés, el que decide éticamente decir
la verdad ante el poder aún sabiendo que el costo es la propia
vida, y los cuerpos silentes pero inclaudicables de estas (nuestras) "antígonas"
del sur, pugnaban por hacer saber y a la vez exigir una verdad denegada
por el monolítico y monológico discurso oficial y mediático
de la Junta Militar. Las lenguas clandestinas y la oralidad - el rumor,
la conversación en voz baja en los espacios íntimos y privados,
etc.- , recién entrarían al régimen de verdad, en
el ritual de las formas jurídicas que abre el acontecimiento del
juicio a las juntas en la democracia argentina de la transición.
"30.000 primaveras", dicen los H.I.J.O.S., le diría,
si pudiera, a Walsh.
¿Cómo se mide este tiempo por el cual una sociedad, como
la Argentina, va a mudar su discursividad, va a fundar un "archivo",
como diría Foucault?; ¿A qué imprevisible productividad
sociocultural y política abriría esta nueva condición
para decir y hacer ver lo hasta entonces no puesto en palabras, no hecho
visible?, ¿Qué repertorios, escritos en los cuerpos de la
memoria y en la memoria encarnada encontrarían modos de simbolizarse?
Si el criterio
para esta mensura sólo reposara en la política de Estado,
se vería que las leyes de Obediencia Debida y Punto Final interrumpieron
la prosecución de ese proceso iniciado en 1983 y que, de manera
siniestra, el indulto de 1989 canceló sus efectos jurídicos.
De manera llamativa, la doble presidencia menemista que cancela los efectos
del juicio, la herencia traumática más sistémica
de una sociedad postdictatorial, concluye su política de impunidad
a fin de la década, la más regresiva en el dominio de todos
los derechos humanos, teniendo al Estado como máximo depredador.
Durante esa
década dominada por la urgencia económica que instaló
el neoliberalismo, dominada por discursos y prácticas oficiales
que trabajaron para borrar identidades colectivas ligadas al estado social
que el menemismo estaba "transformando", la genealogía
de los herederos, Madres, Abuelas, H.I.J.O.S, Familiares, mostró
la productividad didáctica del movimiento de derechos humanos no
sólo ante las políticas de olvido, del pasado y del presente,
y las deudas del estado -deudas con los que ya no están y con los
que áun no han advenido, los porvenir. En forma de red, trama incesante
urdida entre las microfísicas y los impactos en la escena mediática,
esta productividad permeó instituciones, cohesionó colectivos,
aunque inestables y contingentes, mostrando que la politicidad requería
nuevas ocupaciones del espacio público, en los márgenes
del estado para impactarlo, generó un repertorio sociosimbólico
que permitió tramitar otros reclamos societales ante la ausencia
de justicia e hizo evidente la dimensión sociohistórica
en la que se entrama toda formación de subjetividades. También
mostró que hay un límite de transgresión para el
pudor social ante la deslegitimización de la clase política,
como en diciembre del 2001 y enero del 2002.
Con cierto
mal disimulado desasosiego, me parece ver en la actualidad política
argentina, que también ha sentado las condiciones de posibilidad
para construir legitimidad y densidad a la palabra y al cuerpo políticos,
condición para reanudar la comunicación política
que se volviera imposible en enero del 2002, con la condena generalizada
del "Que se vayan todos" en una escena enmudecida y vacía
de cuerpos políticos ante el escrache extendido.
Foto:
Mariano Tealdi.
De manera
intermitente, la sociedad política que ha conformado los gobiernos
democráticos de la transición y postransición argentinas
ha mostrado su versatilidad para poner y sacar de la escena y la agenda
públicas y políticas, la constitucionalidad o inconstitucionalidad
de las leyes del perdón; ha discutido o ratificado, como el menemismo
en la última campaña presidencial del 2003, si el indulto
era/no era necesario para "la pacificación"; que la soberanía
nacional de la justicia no era, a diferencia de toda otra -económica,
territorial, etc.- negociable.... La otra sociedad, la que no ocupa el
campo tradicional de la política, ha venido ocupando el lugar vacante
de una justicia ausente, una sociedad punitiva que ha hecho del escrache
de H.I.J.O.S. la condena social ante la impunidad y la corrupción.
Pero esta
incesante productividad es sobre todo un plus, un trabajo sociocultural
que no se deja medir sólo por la interfase entre cultura y politica.
La política cultural de la memoria histórica es una urdimbre
que no cifra su performatividad en la aleatoria cooptación de la
sociedad política. La heredad simbólica y material de la
Argentina no es su patrimonio. Es un (nuestro) trabajo.
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