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William Garriott

El imaginario narcopolítico

William Garriott | James Madison University

En Meadville, West Virginia, el pueblo donde yo residía mientras realizaba la investigación que pasó a ser el libro Policing Metamphetamine (La vigilancia de la metanfetamina, 2011), había una casa que todos llamaban “la casa de las drogas”.1 Era una vivienda de un solo piso, con entablado blanco de madera y un pequeño porche. En la casa residían un hombre que aparentaba tener entre treinta y cinco y cuarenta años y una mujer cuya edad probablemente rondaba los sesenta. En aquel momento supuse que eran madre e hijo, pero era difícil confirmar esto. Ellos acababan de llegar al pueblo y formaban parte de una reciente ola inmigratoria que los residentes del pueblo llamaban “gente de Baltimore”: una pequeña población emergente de blancos pobres que se habían mudado (la opinión general era que se habían mudado) de la ciudad de Baltimore en el estado de Maryland a la región de Meadville.2

Los residentes de Meadville generalmente percibían a la “gente de Baltimore” como una plaga en la comunidad—como parte de un proceso más amplio de descenso social y moral. Según me decían, una de las señales más claras de esta condición era el supuesto desinterés que la gente de Baltimore mostraba por el mantenimiento de sus casas, las cuales comúnmente tenían la pintura descascarada, y el césped, los árboles y los arbustos sin cortar. El aparente abandono de las casas se percibía no sólo como un elemento ofensivo, sino también como un signo evidente de una desviación más profunda. Por ejemplo, se sospechaba continuamente que la gente de Baltimore estaba involucrada en el mundo de las drogas, ya sea como vendedores o usuarios. Esta percepción resultaba ser algo irónica debido a que muchas de las personas que se mudaron de Baltimore a Meadville lo hicieron para escaparse de los estragos causados por las drogas en dicha ciudad.

No obstante, estas percepciones persistían en el pueblo de Meadville, como se puede apreciar en el caso de la pareja que residía en la “casa de drogas”. La casa se llamaba así no porque los residentes del pueblo tuvieran datos de primera mano sobre el uso o venta de drogas en la casa (o éstos al menos nunca compartieron ninguna información de este tipo conmigo), sino en base a la opinión general sobre dicha pareja. El hecho de que fueran “gente de Baltimore” resultaba ser inherentemente sospechoso. Además, las ventanas y las persianas de la casa permanecían siempre cerradas, lo que significaba para muchos que algo secreto y deshonesto sucedía dentro de la casa—algo que debía ser escondido constantemente. También estaba el hecho de que ni la mujer ni el hombre parecían tener un trabajo, lo cual sugería no sólo una razón determinante para la venta de drogas, sino también un defecto de carácter que hacía más creíble la idea de que consumieran y traficaran drogas, ya que el trabajo duro (el trabajo manual en particular) era valorado de manera muy positiva en la región. Muchas personas también observaban que frente a la casa se estacionaban autos a todas horas del día y la noche. Frecuentemente, las personas que entraban a la casa se quedaban allí solo por un periodo corto de tiempo antes de regresar al auto y salir a otra parte. Un hombre me dijo que esto representaba “una señal segura de narcotráfico”.

Otro elemento que provocaba sospecha era la apariencia del hombre y la mujer. Él en particular se asemejaba de manera siniestra a las imágenes de cuerpos blancos destrozados por la metanfetamina que fueron popularizadas por las campañas en contra de la metanfetamina, como el programa “Faces of Meth” (“Las caras de la metanfetamina”) de la Oficina del Sheriff del Condado de Multnomah y el Proyecto de Metanfetamina de Montana—imágenes que para ese entonces estaban circulando en la comunidad local.3 El hombre era delgado—y pareció haber enflaquecido aún más durante mi estadía en el pueblo. Su cabello rubio oscuro se encontraba normalmente desarreglado, al igual que su vello facial, el cual de algún modo parecía estar en vías de convertirse en barba, sin serlo del todo. Fumaba constantemente, lo veía fumar en el porche, a menudo en compañía de la mujer con quien vivía. Al igual que él, ella era una fumadora empedernida, a pesar de que necesitaba un tanque de oxígeno para poder respirar. Ellos tenían un pequeño perro chihuahua que se sentaba en la falda de la mujer y le ladraba a los paseantes que caminaban por la calle. Siempre eran amistosos y se empeñaban en saludarme cada vez que me veían— también compartían este gesto amable y sencillo con otras personas del pueblo.

Sin embargo, tales actos de amabilidad no lograban romper con la percepción local de que estaban involucrados en el mundo de las drogas. A veces yo también me sentí contagiado por esta percepción. Una mañana observé al hombre caminar por la acera como si estuviera en un estado de estupor. Estaba fumando y parecía no haber dormido en días. Una hora después lo vi de nuevo, cargando en sus brazos café y sandwiches del McDonald’s del pueblo. Su andar era despacio y fatigoso y parecía que le era muy difícil cargar lo que llevaba. Su mirada estaba tan desenfocada que me sorprendió que pudiera llegar al porche de su casa. Mientras él subía lentamente las escaleras y entraba a su casa atrancada, yo reflexionaba sobre esta escena, pensando que “quizás todos tenían razón” y que “quizás ésta era realmente una casa de drogas”.

De este modo, las drogas definían las vidas de estos individuos, no porque ellos consumieran y vendieran drogas (lo cual ninguna persona del pueblo pudo realmente confirmar), sino porque las drogas funcionaban como el referente principal para los residentes del pueblo, mientras trataban de encontrarle algún sentido a la presencia de dichos individuos en su comunidad. De hecho, las drogas—llamadas comúnmente “narcóticos”—juegan hoy en día un papel central en la producción de la socialidad humana contemporánea. Más allá de sus efectos neuroquímicos reales, los narcóticos operan actualmente como una tecnología semiótica que configura el espacio intersubjetivo en el que se piensa al otro. En mi propio caso, las suposiciones implícitas sobre la economía de narcóticos y los efectos del consumo de drogas configuraron mis percepciones, y las de los residentes del pueblo, acerca de estas personas y su hogar. Estos supuestos nos permitieron crear y darle significado a una serie de observaciones que en sí mismas no poseían ningún significado real. De manera más perversa, nos facilitaron también un lenguaje por medio del cual podíamos expresarnos sobre la diferencia socioeconómica, geográfica y de salud, entre otros tipos de diferencia. De este modo, los narcóticos funcionan a la vez como una tecnología política—como las formas, funciones y efectos que he intentado definir a través del concepto de “narcopolítica”.

En una entrevista reciente, expuse lo siguiente acerca de este concepto:

Utilizo el término narcopolítica para aludir a un modo de práctica política cuya labor es racionalizar la gobernanza a partir de los problemas asociados a las drogas ilícitas, es decir, los “narcóticos”. Lo adapto del concepto de “biopolítica” de Michel Foucault—es un intento de teorizar las mismas dinámicas de gobernanza que él examina desde la perspectiva de la “vida”, pero desde la perspectiva de los narcóticos. (Cole 2011)

En la entrevista, seguí hablando sobre el asunto de los narcóticos y la función vital que éste ha ejercido y continúa ejerciendo actualmente en diversos espacios de socialidad y gobernanza de EEUU, atravesando espacios como el lugar del trabajo, las escuelas y el hogar—los cuales abordo en detalle en Policing Metamphetamine. Sin embargo, en estos pasajes y en el desarrollo general del concepto en el libro debí haber enfatizado más que la narcopolítica es en la práctica una forma profundamente precaria de intervenir en la gobernanza. Esto se debe en primera instancia al hecho de que la criminalización continúa siendo el centro de la política antidrogas de EEUU. El asunto de los narcóticos supone tanto la promesa como el peligro asociados con el proyecto de “gobernar por medio del crimen”. (Simon 2007)

La antropóloga JoAnn Martin esboza de manera concisa las contradicciones inherentes de este proyecto:

Si el arte de la gobernanza implica articular un balance perfecto entre la intervención estatal y la autogobernanza, el crimen amenaza este delicado equilibrio. El crimen sugiere el fracaso de las tecnologías de poder cuyo objetivo es producir cuerpos dóciles; no obstante, si la gubernamentalidad ha de prevalecer, el crimen y el criminal han de estar sujetos a tecnologías de poder consistentes con la administración racional de la sociedad. Debe de haber técnicas para producir “verdades” sobre los criminales para que éstos puedan ser reconstituidos como casos racionalizados, junto a otros sujetos considerados como desviados pero que son a la vez controlados por la administración racional, como los locos, los perversos, las mujeres y los niños....La criminalidad es compatible con la gubernamentalidad solo cuando se demuestra que el sujeto criminal puede ser controlado de este modo, como un objeto de interés e investigación en vez de una figura aterradora. (Martin 2003: 174)

El apoyo público a la criminalización de los narcóticos depende de la efectividad del estado en representar ciertas sustancias—y por extensión, a los consumidores de éstas—como un peligro moral, físico y legal. Por consiguiente, se han multiplicado las técnicas para producir la “verdad” sobre el infractor o criminal acusado de consumir narcóticos; desde la policía hasta trabajadores de salud pública, todos en la sociedad contribuyen de algún modo a la concepción popular de los consumidores de drogas como sujetos con alto riesgo de cometer actos criminales y otros tipos de desviación. Asimismo, se proliferan las tecnologías de poder dedicadas a controlar crímenes y a criminales relacionados a las drogas. En efecto, la conexión entre las drogas y el crimen se ha intensificado de tal modo que son casi indistinguibles en el discurso popular, lo cual ha repercutido de manera significativa en el funcionamiento actual de las instituciones de justicia criminal en EEUU. En general, estas instituciones concentran sus fuerzas actualmente en infracciones o infractores relacionados al consumo o venta de drogas, desarrollando así nuevas técnicas y tecnologías—legales, médicas, burocráticas, etc.—con el fin de cumplir esta labor.

Sin embargo, esta política resulta en una paradoja: aunque el florecimiento de estas técnicas y tecnologías ha abierto un sinnúmero de puertas para la práctica de la gobernanza, también implica la posibilidad persistente de que los propios objetivos gubernamentales se vean socavados. Esto se debe a que, como señala Martin, para que el proyecto de “gobernar por medio del crimen” funcione, se debe demostrar que los criminales son sujetos que pueden ser controlados—como individuos cuya desviación puede ser corregida y normalizada de manera exitosa. Sin embargo, es difícil lograr este objetivo en un contexto que fomenta que los ciudadanos utilicen la imaginación para representar la amenaza del crimen. Aunque estos imaginarios se estimulan fácilmente, no se pueden predecir sus resultados y, por consiguiente, el arte de la gobernanza se ve infiltrado por las fuerzas de la fantasía, la proyección y otros procesos psicodinámicos.

Esto se puede ver, por ejemplo, en el caso de la pareja que habita en la “casa de drogas”. A pesar de que dichos individuos no eran para nada temibles, sus vidas funcionaban como un tipo de pantalla en la que los residentes del pueblo podían proyectar sus múltiples fantasías sobre las drogas y sus efectos. Una vez que estas dinámicas fueron activadas, era difícil controlarlas. Además, estas dinámicas no se limitaban a la “gente de Baltimore” y otras poblaciones marginadas; también se sospechaba de las autoridades locales, incluyendo la policía, el alcalde, el fiscal y varios abogados defensores.

Photo: Credit.

En mis conversaciones con residentes del pueblo, me contaron que se había visto al fiscal inhalando líneas de cocaína sobre el capó de su auto; que ciertos abogados estaban aliados con narcotraficantes locales; y que el alcalde se reunió secretamente con una persona desconocida que había llegado en un helicóptero en medio de la noche. Se decía que la policía había acompañado al alcalde a esta reunión y se opinaba en general que el tema de la reunión eran las drogas. Yo también fui objeto de estos narco-imaginarios. Uno de los policías que entrevisté—un policía estatal que había trabajado varios años como agente encubierto en un equipo federal antidrogas—me pidió que le trajera dos identificaciones a la entrevista, incluyendo mi identificación universitaria. Según él, el propósito era prevenir la posibilidad de que yo fuera un narcotraficante haciéndose pasar como investigador, para dificultar así la vigilancia policial. Me contó también que yo “no podría creer” los extremos a los que llegan algunas personas para obtener “información interna” sobre las operaciones antidrogas que se realizan en la región. (Garriott 2011: 56ff)

Esta dimensión imaginaria de las prácticas narcopolíticas—el imaginario narcopolítico—promueve técnicas gubernamentales que convierten a los narcóticos y a los consumidores de narcóticos en objetos, y que a la vez promueven dicho imaginario. Igualmente, el imaginario narcopolítico configura la manera en que se realizan dichas prácticas y sus tecnologías correspondientes. Este imaginario representa un elemento crucial de la práctica narcopolítica en el grado que hace posible imaginar al otro en el sentido narcopolítico. En la medida en que la narcopolítica requiere que se represente al otro en relación a los narcóticos, se necesita un imaginario para mediar o realizar estas operaciones. Desde una perspectiva de gobernanza, este imaginario debe interpretar a dicha persona como un sujeto peligroso y, por ende, como un sujeto digno de ser criminalizado, entre otras formas de intervención estatal. Al mismo tiempo, una vez se estimula la imaginación, es difícil controlarla, y el otro criminal fácilmente puede ser percibido como un objeto de terror cuyos poderes exceden las capacidades de intervención estatal. En este caso, el proyecto de gobernar por medio del crimen puede verse socavado, mientras la autogobernanza racional cede ante la paranoia y el miedo.

Esto no significa que no se pueda reafirmar el poder estatal frente a estos imaginarios. De hecho, como han demostrado los antropólogos Jean and John Comaroff, la figura contemporánea del “criminal” opera frecuentemente en el registro político como “la base sobre la cual es posible considerar, argumentar y hasta exigir una metafísica del orden, de la nación como una comunidad garantizada por el estado”. (Comaroff and Comaroff 2006: 279) No obstante, el ser testigo de las reacciones a la metanfetamina en esta pequeña comunidad rural me llevó a enfocarme en un aspecto singular de este proceso. Llegué a entender que aunque la construcción y mantenimiento del orden social—a través de la solidaridad social, la legitimación del poder estatal y/o de la invasión enérgica del “arte de la gobernanza” dentro de la vida cotidian puede depender de la creación de estas figuras criminales, estas figuras acaban desestabilizando dicho orden. En otras palabras, las “figuras de la criminalidad” perturban el mismo orden social que habilitan (Rafael 1999).

Una pregunta más amplia es cómo sería un orden social “estable”. Sin embargo, la cuestión central es que el orden social que las prácticas de la narcopolítica hacen posible es profundamente precario. Este orden está impregnado de sospecha, incertidumbre, frustración, decepción y sobre todo ambivalencia. En mi trabajo de campo sobre la metanfetamina, no presencié la consolidación de ningún poder represivo (estatal o de otro tipo), al menos de ningún modo que no fuera condicional. Sí presencié una profunda y creciente inquietud sobre el estado de las cosas y pesimismo alrededor de las herramientas disponibles para remediarlas. De este modo, la figura criminal que surgió tras la metanfetamina encerraba algo siniestro e inquietante; al mismo tiempo que esta figura invocó todo el poder del estado narcopolítico actual en EEUU, produjo un malestar que las estrategias existentes de gobernanza no pudieron controlar.

 

Traducción de Kahlil Chaar-Pérez


William Garriott es antropólogo cultural. Obtuvo su PhD en Antropología de Princeton University y se tituló Mágister en Estudio Teológicos de Harvard Divinity School. Le interesa principalmente la antropología de la ley y la medicina, además de los estudios de ciencia, la tecnología y la religión. Actualmente esta desarrollando dos proyectos. El primero es un estudio de la epidemia de la metanfetamina en zonas rurales de EEUU. El segundo es un libro co-editado con Eugene Raikhel sobre la adicción, con el título tentativo de Anthropologies of Addiction: Science, Therapy and Regulation [Antropologías de la Adicción: Ciencia, Terapia y Regulación]. El Dr. Garriott dicta clases sobre ley, crimen, drogas, y políticas policiales, de vigilancia y seguridad.

 


Notes
1 Todos los nombres de las personas y lugares mencionados aquí son seudónimos.

2 Se debe enfatizar aquí que ser clasificado como una “persona de Baltimore” no tiene nada que ver con el hecho de si uno es de Baltimore.

3 Para información sobre el programa de “Faces of Meth”™, verhttp://www.facesofmeth.us/main.htm. Para el Proyecto de Metanfetamina de Montana, ver http://www.montanameth.org/.


Obras citadas
Comaroff, Jean and John Comaroff. 2006. Law and Disorder in the Postcolony. Chicago: University of Chicago Press.

Cole, Nicki Lisa. 2011. “‘Narcopolitics if Everywhere:’ An Interview with William Garriot.” Left Eye Books, http://www.lefteyeonbooks.com/2011/10/narcopolitics-is-everywhere-an-interview-with-william-garriott/

Garriott, William. 2011. Policing Methamphetamine: Narcopolitics in Rural America. New York: New York University Press.

Martin, JoAnn. 2003. “Criminal Instabilities: Narrative Interruptions and the Politics of Criminality.” In Crime’s Power: Anthropologists and the Ethnography of Crime, edited by Philip Parnell and Stephanie Kane, 173-95. New York: Palgrave Macmillan

Rafael, Vicente. 1999. Figures of Criminality in Indonesia, the Philippines and Colonial Vietnam. Ithaca, NY: Cornell University Southeast Asia Program Publications.

Simon, Jonathan. 2007. Governing through Crime: How the War on Crime Transformed American Democracy and Created a Culture of Fear. New York: Oxford University Press.