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Despierta, Medellín, despierta

Desde los míticos y siniestros años de Pablo Escobar, algo viene cambiando en Medellín. Una visita guiada por sus calles seductoras y sus barrios divididos a fuerza de sus seis clases sociales permite toparse con la tapa del diario local que anuncia como un conjuro: “Medellín, 53 horas sin homicidios”, con un Museo de la Memoria y una serie de propuestas optimistas que espantan la violencia y dan señales de vida.  A las ciudades se entra por la gente y por el paisaje: regreso a Medellín después de casi cuatro años y no me reconozco en unos ni en el otro. En un tiempo habían sido tan asiduas mis visitas que se me hace extraño volver y detectar el paso del tiempo en las calles, en el centro, en los edificios cada vez más altos y sofisticados, en cierto aire limpio más allá de los cielos nubosos y el clima de primavera eterna: se respira otra cosa en la ciudad que encarnó el demonio de la violencia desde la década del ochenta, los tiempos míticos y siniestros de Pablo Escobar y sus enemigos.

Chapo
Alfredo Srur, Geovany no quiere ser Rambo

Las estadísticas frías dicen que los asesinatos aumentaron en los últimos dos años pero sólo en las comunas, los barrios que se ven desde todas partes en las laderas del Valle de Aburrá, por sobre las que hoy navegan en el aire las cabinas ultramodernas del Metrocable. Se llega en ellas a la cima de los cerros donde se levantaron enormes bibliotecas y centros culturales que se elevan como monumentos al progreso entre los pobres todavía testigos de vez en cuando de la matazón, el tiroteo, el miedo. Es difícil sopesar la ciudad que se divide entre barrios ricos como El Poblado, en los que ya casi no hay homicidios, y otros en los que en 2010 se volvieron a alimentar cada noche a las camionetas blancas de las fiscalías levanta-cadáveres. Hubo jornadas extenuantes para los peritos forenses, que, como antaño, no supieron dónde poner tanto muerto joven. En la última noticia del diario El Colombiano se puede leer: “Medellín, 53 horas sin homicidios”. La noticia fue firmada por un periodista de policiales de carrera, de esos judiciales viejos gustosos de trabajar cerca de la morgue, y de acomodar de vez en cuando, cuando todo colapsa, los cuerpos que esperan en filas una autopsia en vano.

Lo que fue

Hace ocho años vine por primera vez a Colombia. Trabajaba en la revista TXT y había investigado durante meses una banda de chorros y policías secuestradores de zona norte, ésa que se cargaba a familiares de famosos –entre otros el suegro de Susana Giménez. Los muchachos estaban nerviosos porque todo salió de pronto en la tele y comenzaron a caer cuando la bonaerense ya no pudo darles el apoyo de siempre. Con eso llegaron las amenazas a los testigos que habíamos encontrado en los barrios y en las villas. Y las amenazas en casa, por teléfono. Un día, cosa rara, me dio una puntada en la cabeza. Esa tarde después de una aspirina no se fue. Tampoco al día siguiente. Ni al otro, ni al otro. Y así continuó, enloqueciéndome, durante más de veinte días, todo un mes de diciembre. A veces en medio de la noche algún testigo llamaba jurando que en la puerta de su casa había unos tipos armados que estaban a punto de dispararle. Luego, nada. El médico diagnosticó estrés, y la psicoanalista recomendó un mes de vacaciones. Mi amigo Ricardo vivía en Cartagena, frente al mar. Allá estaba invitado. La lacaniana dijo: “¿Pero no hay otro lugar para ir que no sea Colombia?”. Entonces le prometí que sólo pisaría el Caribe, que nada de comunas, ni de barrios, ni de pandillas o sicarios. A los quince días, por imperio de mi amigo amante de esta ciudad, estaba en la comuna de Picacho, donde él había trabajado haciendo videos populares con jóvenes que campeaban la matanza de aquellos años en que ésta era la ciudad más violenta del mundo.

Entonces me enamoré de la ciudad a pesar de mi estrés, de los consejos del médico, de la violencia y la mala fama. Y volví durante ese año tantas veces que no sé si fueron cuatro, o cinco. Dejé el periodismo por un tiempo, me dediqué a organizar un evento megalómano junto a un artista paisa, el fotógrafo Juan Fernando Ospina. Empezamos con un par de artistas argentinos exponiendo en Medellín y terminamos trayendo a una comitiva de 69, incluyendo a la Orquesta Típica Fernández Fierro y a Bajofondo Tango Club. El 2004 no era todavía un año de gran disminución de la violencia y persistía un miedo atroz: los tangueros tocaron por primera vez en lo que antes de las bombas se conocía como la Tangovía, una calle cerrada para la milonga en la ciudad más arrabalera después de Buenos Aires. Hubo cuatro mil personas esa tarde, cuatro mil lagrimearon al compás de “Trensas”, mientras un grupo de niños de Manrique bailaba entre los bandoneones para la multitud. Todo terminó bien, excepto por la ruina económica a la que nos llevó nuestra exageración romana, nuestra juventud intoxicada. Y entonces vine menos, pero siempre que pude volví.

Lo que será

Ahora, en este viaje comienzo a recuperar lo que se sembró entonces. Por primera vez participo de la Fiesta del Libro, que este año trae a casi setenta autores extranjeros a conversaciones públicas en el Jardín Botánico, quizás el más frondoso de todos. El sábado pasado, junto a la gran cronista Alma Guillermoprieto, charlamos y desacordamos sobre lo que significa ser “corresponsales de guerras urbanas”. Y a pesar de no estar todavía seguros, por recién llegados y por foráneos, sí acordamos en que hay un cambio que se percibe más allá de toda cifra: Medellín despierta.

Así lo dice en una crónica reciente la periodista y escritora Patricia Nieto:

Por pensar en contravía de la oscuridad, será que de los 2,3 millones de medellinenses emana una energía que abruma. Los veo asar arepas en la madrugada, pedalear por las avenidas ganándole al sol; los escucho criticar a su imperfecta ciudad; los percibo alertas, seguros de que dan semilla. En estos días se habla del puente de la 4 Sur que tendrá 560 metros de longitud y unirá suroccidente y suroriente: monumental, dicen. Pero este puente es mucho más que números, es la conexión de dos fragmentos de la Medellín separados no sólo por el río, también por la inequidad. Con la misma efusividad se habla de diez parques biblioteca y de 19 colegios nuevos de calidad construidos en los últimos siete años, de 13 mil viviendas edificadas con dineros públicos y entregadas a familias pobres en los últimos cuatro años, y del programa Buen Comienzo que cuida al 90 por ciento de los niños de los estratos uno, dos y tres.

En una sociedad tan clasista como la colombiana, las clases sociales se dividen en seis; del estrato más pobre, en el 1, al millonario en el 6. Apenas llegué a la ciudad supe de decenas de emprendimientos culturales y sociales en las comunas, de poetas, de videastas, de teatreros, de juegos para niños, de escuelas, casi todos en los “estratos más bajos”. Uno de los más impresionantes, me dicen, es el programa Buen Comienzo: 15 jardines de infantes con edificios deslumbrantes y juegotecas impecables, maestras entrenadas para asegurar que los chicos de entre un año y cinco crezcan rodeados, alimentados y criados desde la protección y la creatividad en cada barrio. La idea es del alcalde saliente de la ciudad, Alonso Salazar, un tipo que supo escribir un libro canónico sobre la violencia en América Latina, el No nacimos pa´ semilla. En esas crónicas Salazar cuenta la vida de los pibes que no tenían futuro en los ochenta, los que caían como moscas al paso de la balacera feroz. Salazar camina sonriente por la feria del libro que ocurre en estos días en el jardín enorme de su ciudad y saluda al paso, querido, orgulloso, aunque no se va a volver a candidatear. Deja una obra pública extraordinaria que comenzó ya en su antecesor, Sergio Fajardo, de la misma alianza progresista, y una política de desarrollo social y cultural envidiable para cualquier otra ciudad latinoamericana con menos muertos y más pretensión.

Me quedo una semana en Medellín porque coordinaré un taller con periodistas, estudiantes y expertos que trabajan junto a las víctimas de las violencias que cruzan y cruzaron la ciudad; lo han llamado Memorias de la violencia. El debate comenzó tan alto que los dilemas éticos de contar a víctimas y victimarios estallan a cada momento en las historias que cada uno de los paisas asistentes trae a la mesa. Ése, el de la recuperación de la memoria para no repetir -como plantea Teodoro Adorno- es un proceso que se demoró y que Salazar deja de alguna manera instalado: hace un año se comenzó a diseñar el Museo Casa de la Memoria, un espacio que evitará ser un lugar para visitar y llorar, sino que pretende recorrer la ciudad buscando la memoria que bulle en la piel urbana de este valle. ¿Qué es la memoria en este paraíso infernal en el que siguen conviviendo las luchas cotidianas por el sobrevivir y cambiar, y las bandas criminales que se formaron con lo que dejó el paramilitarismo desmovilizado en 2003? Visitaré esos rincones de esperanza contemporánea, esas historias “malucas”. Quiero saber más de Medellín. De ella nunca me cansaré.