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Duérmete mi niño, duérmete mi sol

Se escuchan las balaceras, se siente el clima denso en las comunas de Medellín gobernadas por las luchas entre pandillas, y se diría, a simple vista, que aquí no se salva nadie. Pero de pronto, aquí mismo, en un no lugar casi imaginario, con todos los recursos propios del primer mundo, funcionan los jardines de infantes de El Buen Comienzo así como las bibliotecas populares. En el medio del caos, se ha construido una ruta anti- muerte (“Caminos de la Alegría” es el nombre que acusan) que entre la ingenuidad, la osadía y la persistencia de las grandes obras educa a los niños en una lógica de pura fantasía, educa para la paz.  En la cima de la montaña,
el hombre mira lo que fue suyo, o creyó que era suyo, y suspira. Es un ademán, lo que queda de su orgullo pandillero, de cuando hace cinco años, la última vez que lo ví en esta Comuna Nororiental de Medellín, era el jefe de su “combo” y podía señalar con el dedo, a lo lejos, las calles y las esquinas que marcaban el contorno de sus dominios. Ahora puede hacerlo, como cualquiera en el barrio: por esa subida hasta el negocio en el que venden recargas telefónicas, por ese callejón –un pasillo estrecho como el de cualquier villa miseria– hasta la iglesia, es de unos. Por ese pasillo hacia la derecha, de otros. Lo que señala el hombre, ya de 36, y sin dientes por la paliza que le dieron hace medio año en una comisaría, es lo que en esta ciudad de “paracos” y de bellezas, se llama barrera invisible, o “frontera invisible” como le guste más a usted, parcero.

Geovany con su mujer, Norma, y su hija
Alfredo Srur, Geovany no quiere ser Rambo

En esta semana en Medellín el concepto asalta, toma su lugar, en uno y otro sitio. En la comuna, cuando visito al viejo amigo pandillero de Alfredo Srur que protagoniza el ensayo fotográfico Geovany no quiere ser Rambo, una de cuyas imágenes aparece en estas páginas, allí el joven le da la mamadera a una de sus gemelas. Durante el taller de crónicas que coordino, “Memorias de la violencia”, cuando un veterano periodista paisa le reclama a los más jóvenes por qué nadie ha llevado una historia que cuente las fronteras invisibles. Y durante mi reporteo sobre la nueva política pública de Medellín para lo que llaman - siempre muy técnicos y oficiosos- la PI, la primera infancia. Desde que llego a la ciudad o por pura casualidad o porque el tema está en el aire pero no en los medios, me hablan de los nuevos jardines infantiles que ha construido y abierto el gobierno local en los barrios más pobres y conflictivos de Medellín como parte del programa Buen Comienzo. Son edificios espectaculares: increíblemente bien equipados, diseñados, y habitados. Cuando uno los conoce quisiera volver a ser un niño, un bebé, para crecer en uno de ellos; no se podría pensar en un espacio más amable, más alegre. Por eso decido dejar el camino corriente, ir tras los protagonistas de la violencia–como Geovany–y subir en busca de buenas noticias, al fin.

La ciudad de los niños

Me toca “La huerta”, en Noroccidente, caliente como pocos en estos tiempos de Bacrim, la sigla con que se nombra a las bandas criminales formadas por los ex paramilitares desmovilizados en 2003. Son bloques rojos articulados como si fueran los ladrillos de uno de esos juegos de encastre. Visto desde el cielo debe ser exactamente eso, un rasti: el estudio de arquitectos que lo diseñó trabajó con pedagogos y artistas. Se nota apenas se ve el tamaño a escala en cada objeto, en cada mueble: todo mide lo que estos niños. Un grupo está en plena sesión de teatro: representan un pinocho. Tienen escenario, graderías, y camerinos: uno para ellos, uno para ellas, con espejos y sillas en versiones mini. En el baño, los inodoros son inodoritos, los mingitorios son chiquitos, los lavamanos les llegan a la cintura, y los espejos los reflejan en su tamaño. Hay una sala de gateadores, para los de uno a dos años. Otra de estimulación temprana para los bebés de tres meses en adelante. Allí está la zona de amamantamiento. Las madres, casi la mitad adolescentes, vienen tres veces al día a darles la teta aquí mismo, en medio de un clima más parecido al de un spa que al de una escuela, con música clásica y armónica de fondo, con olor a flores silvestres. Lo más divino de todo: la sala de arte, en la que una artista los deja experimentar con colores, con objetos, con arcillas. Los de tres años ya saben cómo manejar los minitornos de madera en los que moldean sus vasijas. Con los pies hacen girar el torno, y con las manos se entregan a las formas.

Rosi Betancur, la directora, licenciada en Educación Infantil, camina arriba y abajo ese jardín recostado en la ladera del Noroccidente sobre unas botas con tacos latinos. Los chicos están con maestros, pero también con un grupo de “madres comunitarias”, salidas del propio barrio. Rosi saluda a los doctores, un nutricionista y un pediatra, con su consultorio, que llevan el control de cada chico, y va nombrando a los nenes y nenas por sus nombres, como si supiera el de los ciento y tantos que hay hoy en el lugar. Rosi muestra orgullosa el comedor enorme con mesitas con platos y cucharas de colores, los lavabos pequeños en los que se lavan las manos y las toallas diminutas con las que se las secan. Cada día reciben tres comidas entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde: el ochenta por ciento de las calorías necesarias. En sólo dos meses los chicos han subido de peso. El jardín está lleno de nenes que vienen de otras zonas del país, desplazados por la violencia paramilitar o por la guerrilla de las Farc: sobre todo del Caquetá, por eso tantos afrodescendientes, y por eso tanta literatura infantil que rema contra la discriminación: los más blancos segregan a los negritos. Algunos vivían en el basural enorme de Moravia, otra zona de la ciudad que ha cambiado con la administración anterior, la de Sergio Fajardo –ahora candidato a gobernador de Antioquia– y la del actual alcalde, el escritor Alonso Salazar. Fue de la “primera dama”, como le dicen a la esposa del jefe de gobierno local los paisas, la que ideó y gestionó para que estos jardines existieran. Se llama Marta Liliana Herrera Reyes, es psicóloga y ha trabajado sobre todo en educación y en programas de políticas de drogas. Conoce las encrucijadas juveniles, y sabe que con mano dura y policía, con armas y control social, sólo se reproduce la violencia. Por eso el esfuerzo de invertir tanto en los jardines. Han inaugurado siete, y piensan terminar 17 en total, antes de fin de año, cuando dejan el poder. Para eso necesitan que en el concejo local, la legislatura paisa, se vote una ley que obligue a la próxima administración, a continuar con esta política. Todo depende de esa continuidad.

El buen comienzo

En Noroccidente, como en la Comuna 13, y en estos días sobre todo en la 6 y en la 5, los combos están en pleno combate. Por eso las balaceras se escuchan en las escuelas cada tanto y en los jardines retumban igual. Mientras recorremos una exposición de Buen Comienzo vecina a la Feria del Libro, una de sus gestoras cuenta cómo se las han ido ingeniando para no sólo construir edificios, sino para construir paz. En la expo los grupos de niños bajan de buses que los traen de todas las comunas y sin darse cuenta de cómo entran en un mundo de ensueño: en cada parada, en cada stand, se encuentran con lo que en este programa se llaman Series Mágicos, animales, duendes, hadas, príncipes y princesas que caminan y actúan para ellos. La idea de este año es incitarlos a la lectura, así que todo está pensado para que los chicos inventen sus propias historias: una actriz hace de abuelita paisa que cuenta cuentos, y a medida que desgrana historias hace aparecer a los personajes, que se materializan entre los nenes caracterizados como en un Disneyworld antioqueño. En medio de ese frenesí de historias y personajes escucho a mi guía mencionar las Comunidades Protectoras y los Caminos de Alegría y no entiendo bien de qué me habla.

Hasta que Laura Gil, algo así como la supervisora de calidad de todo en Buen Comienzo, me cuenta que son conscientes de que para formar niños a los que quieran adultos autónomos, innovadores, creativos, deben ser conscientes de que Medellín es una ciudad golpeada por el conflicto armado. Esos niños, los mismos que se maravillan con los Seres Mágicos, experimentan las “barreras imaginarias”. Como sus padres y sus hermanos no pueden cruzar determinadas calles, a veces no pueden llegar al jardín, o ir del jardín a una de las cinco bibliotecas públicas de vanguardia instaladas en las comunas más densas. Para ello es que crearon dentro del programa los Caminos de Alegría, una marcha sin bombos con todos los niños de un jardín, los referentes barriales, los Seres Mágicos, una chirimía –especie de grupo musical con vientos– y globos, banderas y objetos de todos los colores para caminar justamente por las rutas que no deben ser tocadas: les marcan con alegría el camino a los malosos. El hombre que los organiza, el que arma la ruta, es Orlando Guzmán, un morocho al que le toca hablar con todo el mundo, y con los malosos también: lo primero que hace cuando llega a una comuna es detectar al “campanero”, el vigía que todo combo tiene en una esquina geoestratégica. Suele ser un vendedor de golosinas, un limpiador de autos, uno que fuma y fuma y toma gasesosa sin moverse jamás de su puesto.

- Parcero, soy de Buen Comienzo, ¿usted sabe dónde está el centro infantil? - , pregunta.

Y en general el campanero lo deja seguir. Sólo una vez se las vio feas. El vigía tenía un fusil al hombro y lo apuntó:

- Usted pa’ dónde va?

- Soy Orlando Guzmán, trabajo en Buen Comienzo…

Se largó a explicar sin dejar de pensar: “Hasta aquí llegué, me tocó”.

Pero el campanero lo escuchó, bajó el fierro y le dijo:

- No, es que todo bien parce. Buen Comienzo es una chimba. Yo tengo a mi hijo en Buen Comienzo.

En los Caminos de Alegría se sigue esta lógica, los miembros de las bandas son padres, sus hijos suelen ir al jardín. Por eso tienen unos stickers de colores que les colocan a los vecinos o a comerciantes capaces de asumirse como miembros de Comunidades Protectoras de los derechos de los niños. Y otros más pequeños que se colocan en el pecho de los vecinos, incluso los pechitos paisas de los buenos muchachos como Geovany, que por algo, se sabe, ya no quiere ser Rambo. Las fronteras invisibles se vuelven caminos de colores. Así despierta Medellín.