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Tierra fría, tierra caliente

Aunque cueste creerlo, en un mismo país, que es Colombia, la tierra puede tener dos temperaturas diametralmente opuestas, y de acuerdo a dónde uno esté parado, convertirse en forastero o en muerto. La historia de Ramiro, el hombre que supo abrir una herida de 78 puntos, arde y congela, como los 
dos climas.  78 puntos. Ramiro habla de la vez aquella en que para defenderse tuvo que darle un machetazo a uno, allá por Tarazá, en la zona más caliente del departamento de Antioquia, el Bajo Cauca, donde la guerrilla y los paramilitares te joden la vida. El machetazo dejó esa herida, y por ella tuvieron que ponerle 78 puntos al fulano.

Lo dice al pasar, mientras sube la montaña arreando un buey nuevo, o un ternero que ejerce de buey, al que llama cada tanto Cristóbal. “Tobaaal”, lo apura, y el buey se comporta, le obedece y no se queja cuando le sube al lomo uno a uno, con un movimiento ensayado y preciso, los tres tambores de leche que recién ordeñó a 16 vacas Holstein. Ramiro vive en una finca a la que se llega caminando desde la ruta unos veinte minutos, por senderos de cuento, y ante una vista de montañas y cielo con nubes rosadas. La belleza de la ruta de la leche, en lo que Ramiro llama zona fría. Él, el ex raspachín y arriero de tierra caliente.

- 78 puntos - dice.

- Uff!- digo como toda respuesta, un poco porque me impresiona, otro porque no doy más en la segunda cuesta que tomamos para llevar la leche al tanque en el que la almacena, un kilómetro montaña abajo y arriba. En la grabación que hago en el celular se escucha mi respiración de anciano.

- Éramos él y yo nomás, ahí mismo le abrí el pecho, aquí…. - y señala en medio de su camisa de trabajo, un tajo transversal que cruza el torso entero.

- ¿Pero… se salvó? - averiguo, incrédulo.

- Ése sí, aunque fue increíble porque ese man respiraba por ahí - explica y uno se imagina los órganos acompasados resistiendo a la muerte.

- Entonces me cayeron los paracos a quitarme el machete.

Alfredo Srur, Geovany no quiere ser Rambo

Es un domingo. Decidimos salir de la ciudad de Medellín para conocer pequeños pueblos y la finca donde la familia de mi novio cría vacas lecheras. Mi cuñado nos prestó el carro. Mi cuñada, la veterinaria, maneja como nadie: lleva ocho años haciendo este camino sinuoso que deja atrás el paisaje de la ciudad recostada en color ladrillo sobre los cerros del Valle de Aburrá. La familia de mi novio, como muchas familias paisas, invierte en vacas. Las cría la veterinaria, una mujer encantadora que bordea los cincuenta sin que se note, y camina por la montaña con la agilidad de un becerro. Como todo veterinario, está llena de historias: conoce de cerca el campo y sus bemoles, esa Franja de Gaza insoportable donde te pueden matar desde cualquier bando de lo que en Colombia se nombra “conflicto armado”. Como le ha ocurrido a la mayoría de sus amigos. Tiz, como veterinaria paisa, es también una sobreviviente.

 

- ¡Tóbal! - ordena al buey.

- ¡Tóbal! - lo imita su hijo de cuatro años. 

Llegamos a la vereda de Tiz pasado el mediodía. Primero pasamos por un pueblo en el que probamos unas empanadas rellenas de papa que se venden por tradición en la puerta de la Iglesia, justo antes de la misa. Sonaron las campanas, pasó el monaguillo, y las viudas jóvenes, todas de negro, con el rosario entre las manos. Era el día del perdón. Luego, en el siguiente, San Pedro de los Milagros, con una catedral inmensa, visitamos repleta de fieles. Se preparaban para una procesión con el mismísimo Cristo Moreno, una reliquia de 1700 que atesoran en un museo. En la puerta del templo conversaban los hombres de sombreros y botas de goma que bajan de las veredas, o parcelas, a buscar provisiones y acaso un poco de trago. Ramiro suele bajar cada quince días. Al llegar los vi: desde lejos, una imagen renacentista, los niños, su madre y el padre, bajo un toldo. El padre ordeña. Los chicos juegan con las vacas como con perros. Saludé y caí exhausto sobre la hierba, y permanecí así, al sol, tirado durante la primera media hora, hasta que me recuperé. Para entonces se hablaba de la Manuela, una vaca preñada que tendría su cría esa noche, aunque todavía parecía lenta la cosa.

- Y llegué, y a los ocho días el hombre… mi primo, el que me había traicionado y al que le di el machetazo, me buscó para que hiciéramos las paces. Yo le dije, señor, usted no es primo mío, o sea, no es nada, ni amigo, ni primo, ni nada. Si me saluda le contesto, si no, no crea que lo voy a volver a saludar. Y como a los quince días me mandó un man. Me cogió estando yo dormido, en el mostrador de un bar. Cuando me desperté estaba en Yarumal, con siete machetazos.

- ¿Te dio?

- Eso.

- Después de los que te había dado el primo te habías recuperado…

- Sí, más o menos… me dio el de aquí - muestra la cara con esa marca a fuego- . El de aquí en el hombro, y éste, con hueso y todo - en la mano- . Me quedó gacho un poquito, pero la fuerza (para ordeñar) la hago igual.

- Mierda, eso debe haber dolido.

Detrás nuestro caminan sus tres niños, su mujer, y la patrona, Tiz.

- A Ramiro lo rearmaron entero para que acabara de vivir, recogieron las piezas del rompecabezas y las pegaron - dice Tiz, y todos ríen.

- Y quedó mejor, ¿o qué? - pregunto en paisa.

- Pues por lo menos aprendió… - dice la patrona.

- Por lo menos aprendió la lección - dice la mujer de Ramiro.

Es que en ese tiempo la vida de este campesino de tierra fría era otra.

- Entonces yo era arriero. Me montaba por ahí la bolsa de arroz…

Es un chiste interno. La bolsa de arroz era la bolsa de pasta básica que movía por caminos clandestinos desde un corregimiento que se llama El 15 hasta una finca, a seis horas caminando. Cuando las dos mujeres dicen que aprendió se refieren a que aprendió el valor de la vida: es decir, a que siendo ilegal, parte de la máquina narco, como fuera uno debe responder por su vida en todo momento. Él lo sintetiza: “si usted va metido en eso, si es un duro, tiene que morir o matar pa’ salir vivo”. Y antes de ser arriero fue raspachín, un niño que cosechaba –raspaba– hoja de coca. Por eso aprendió lo que llama la mala vida, o la vida del vicio.

- Esa plata es para la mera maldad. Si le dicen a uno ese man hay que matarlo, lo mata y le resulta la plata. Si no, lo matan a uno. En cambio, uno coge la platica de estas vaquitas y uno hace fiestas con eso y le rinden, compra sus cositas y le manda plata a la mamá. Le rinde más 300 mil pesos en una quincena de esta vaina, que un millón de pesos en una quincena en esa otra.

- Y los goza - apunta Tiz.

- Y los goza, y sin miedo, sin nada - dice Ramiro.

- ¿Qué es más peligroso, raspar o ser arriero?

- Es igual. Pero en el corte si ella es guerrillera–y pone de ejemplo a su esposa– y me da tres cargas, yo como arriero no le puedo decir que no. Allá tengo que salir. Más adelante el ejército me pregunta, esa carga es de quién. Esta carga es de fulano de tal, la mandaron a tal parte. Y ahí caigo muerto, por uno, o por otro.

Llegamos al gran tambor, donde almacenan la leche. Tiz lo comparte con otro campesino de la zona, así que cuando estamos en plena conversación aparece un chico de no más de 14 años con su propio buey y tres tambores llenos. Le dicen El Sarco, por los ojos verdes. Tampoco es de tierra fría, pero también se hizo del lugar. Escapan, como tantos, como muchos, de la violencia en otra parte. Ramiro explica que uno en su tierra caliente ya no puede ni estar. Él mismo, dice, es un forastero allá. Hace cuatro años que no va a ver a su madre, pero le manda su mensualidad y le compró un celular; hablan seguido.

- Uno de mis hermanos trabaja en la bomba de la gasolina, y otro vive ahí junto donde mi mamá pero no les colabora con nada. A dos los mataron porque eran militares y se salieron, la guerrilla no quiso que se volvieran paracos. Una murió de una bala perdida.

Hablamos largo rato sobre vacas y sobre atardeceres. Se viene éste, de luz entre las nubes, de tonos que uno cree ver, que uno cree imaginar, un tanto irreales. Es fuerte el contraste entre la belleza última, y esas vidas. Pienso: debe serlo para el forastero. Esa palabra que no usamos acá. Esa palabra que parece pertinente rescatar. Ser forastero, dejar de ser forastero. Ser de tierra caliente. Volar a tierra fría. Ramiro lo sabe bien.