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Postales, nada turísticas, de Medellín

Geovany supo ponerle el cuerpo y las balas a la más cruenta guerra de Medellín en los años noventa. Las fotos de hace nueve años atrás lo muestran como jefe de uno de los combos cuyos miembros hoy están casi todos muertos. Ahora en su casa, sobrevive como los nuevos tiempos mandan. La guerra no es siempre un zumbido de balas, también es vivir agazapado. La legalidad todavía no rinde en Medellín.

Geovany y su "abuela"
Alfredo Srur, Geovany no quiere ser Rambo

Geovany apareció en la estación del metro- cable apenas llegamos. Estábamos bien coordinados desde hacía días, y él tan ansioso que nos esperaron en vano la mañana anterior: no había dormido pensando en el momento en que recibiera el libro de fotos que protagoniza y que le llevábamos desde Buenos Aires después de años. Las niñas, las dos mellizas que conocí cuando iban al jardín de infantes, habían faltado a la escuela: ahora tienen nueve, van al tercer grado, son idénticas, y visten esos jeans todos decorados y gastados que están de moda en Medellín, y unas sandalias coquetas con taco y flor blanca en el empeine, como las de su mamá. Salimos del metro y caminamos por esa calle que hoy parece más próspera, con más pequeños almacenes y quioscos, vendedores ambulantes y ruido, más vecinos yendo de acá para allá con sus bolsas, y algunos chicos jugando a la pelota. Pero no nos dirigimos a la casa que había visitado en otro tiempo, en lo más alto de Andalucía, donde Geovany había resistido a lo peor de la guerra de los noventa, y a la llegada de los paramilitares en los dos mil y tantos.

- La cucha vendió la casa, parce - me dijo cuando doblamos hacia un pasillo estrecho, un callejón hacia su nueva casa.

Cucha en el paisa de los barrios es “vieja”. Se puede decir, “vea, que buena está la cucha ésa”. O mire esa “cuchi Barbie”, por las cincuentonas bien mantenidas. O “se me fue mi cucha”, por se murió mi madre. El término puede aplicarse a la mayor de la casa, una hermana, la abuela, o la propia esposa. Como sea, lo que quedó del matriarcado de Geovany y sus hermanos, perdió la vivienda que soñaban con arreglar, pintar y ampliar. Su madre los abandonó cuando él tenía 12, y los crió “la abuelita”, como siempre le dijeron a la señora de pelo lacio y pocas canas que los quiso como eran.

La casa nueva

La casa nueva es el último ladrillo de esta montaña en el nororiente de Medellín, el último que alguien logró pegar con el cemento que desafía la gravedad y se prolonga más allá del suelo. El poco sostén que tiene se desmorona lentamente, se corre cada día con las lluvias que bajan por la cañada y Geovany y Norma, su mujer, lo tienen visto de cerca. Piensan para dónde saldrán si esto cede, calculan cómo frenar el tiempo, la corrosión, y no dan con solución a la vista. De a ratos se olvidan, y se dejan llevar por la rutina, que sirve para eso, para sobrevivir siempre y cuando algunos ritos se sostengan. Las mellizas a la escuela, la más chica al jardín de primera infancia, y él a trabajar en el lavado de autos, un empleo que lo tiene harto. Son las once y media, el sol apenas alcanza a quemar con los 20 grados promedio en la ciudad, y Geovany, el que supo ser el líder de un combo y sobrevivirlos a todos, tiene cuatro mil pesos en el bolsillo. Algo así como dos dólares con cincuenta. La legalidad no rinde en Medellín. Desde que lo conozco Geovany dice que quiere reinsertarse, salirse del combo que le toca, renunciar al poder y abrazar su oficio de zapatero. No se ha podido y consiguió un lugar para lavar autos en la calle, en un rincón que Los Triana le permiten usar.

Fue todo un tema la pelea con los Triana. Los Rambos, el grupo al que pertenecía Geovany, sostuvieron la plaza todo lo que pudieron, hasta quedar acorralados en una sola cuadra de terreno propio, pero en la parte alta de Andalucía, con dominio visual y panorámico del enemigo. Cuando el fotógrafo argentino Alfredo Srur viajó a Medellín, hace nueve años, Geovany era uno de ellos, y poco tiempo después fue el jefe del combo puesto allí por otro que mandaba las órdenes desde la cárcel de Bellavista. Cuando lo conocí, en 2006, todavía le quedaba algo de ese influjo, pero ahora, apenas nos encontramos, en su casa de orden y pulcritud paisas, me cuenta cómo se pudrió todo y se convirtió en desplazado dentro de la misma ciudad. Esta semana se conoció un informe de Derechos Humanos sobre Medellín en el que se lee que “el desplazamiento intraurbano ha aumentado en un 81 por ciento” el último año, y en lo que va del 2011 se cuentan cuarenta desapariciones: algunos de los 250 combos que hay en la ciudad prefieren deshacerse de los cuerpos para evitar condenas. Al mismo tiempo, cinco fiscalías trabajan en la búsqueda de desaparecidos de la década pasada, enterrados casi siempre en fosas comunes.

- Yo estaba tratando de cuadrar el problema que tenía para hacer parte de ellos, pero un malparido de aquí arriba, un man que los había volteado, les había robado una metra, y otro fierro y se había llevado el cobro de las busetas, se instaló con el primo mío en mi casa. Ahí mismo se prendió más el problema, porque él era enemigo de ellos ya, y nosotros enemigos, entonces, “ah, ese man va a recibir al pirobo ése. Hay que matarlo”. Y nos tocó irnos y dejar todo.

- ¿Adónde se fueron?

- Anduvimos por ahí en el Centro, vivimos en la calle, prácticamente. Llegamos a ser indigentes - dice.

La biblioteca más lejana del mundo

Geovany habla rápido y seseado, como todo paisa, pero más hacia adentro, y es difícil seguirle el hilo al comienzo. Sólo alcanzo a comprender que al volver al barrio, tras pactar su reincorporación como lavador de carros, perdió la casa, y obtuvo ésta no me cuenta cómo. Quiere pedir un subsidio de la vivienda, dice. En otros barrios, debajo de su casa sin ir mas lejos, el gobierno de Medellín construye viviendas populares. Lo saben porque algunos padres de niños en el jardín de la más pequeña se anotaron. Sueñan con una de ésas y con volver a irse del barrio. Le tiene miedo aunque lo habite, no se mueve más allá de su esquina, la de los carros, y este pasillo. Si acaso va a la estación del metrocable, va poco al centro. Cuando les digo que quiero ir a la biblioteca, una mole modernísima que hace cinco años levantaron en la cima de la Comuna Nororiental, a sólo una estación del metrocable me entero de que no la conocen. Ni las niñas, ni Geovany, ni Norma jamás fueron a visitarla. Allá arriba, dice él, siempre tuvo problemas con otro combo. Ahora ahí en esa zona la cosa está más tranquila. En diez minutos la familia entera se alista, y partimos al paseo extraordinario para todos. Somos todos turistas por las dos horas que nos lleva el recorrido.

En la callecita que lleva a la biblioteca hay vendedores de mango verde rociado de sal y limón, y de frutas tropicales cortadas en trozos. Nos deleitamos con ese sabor ácido y dulce. Son baratísimas. Entramos satisfechos a la biblioteca. Caminamos piso por piso. Visitamos la sala infantil, y ahí nos quedamos un rato. Es la primera vez que Geovany entra a una biblioteca. Se pasea por entre los estantes de libros y mira como si caminara por una iglesia. Las niñas se acomodan en unas sillitas con sendos ejemplares de tapa dura, leen con placer. Geovany pudo ir a la escuela hasta tercer grado. Las cartas que se ha escrito con Alfredo Srur durante estos diez años han sido dictadas a Norma, que las transcribió en una caligrafía impecable. Esas cartas están al final del libro que Srur editó en Buenos Aires: Geovany no quiere ser Rambo. Norma hizo hasta el tercero del secundario. En un instante toda la familia se ha sentado a leer. Las niñas leen historias de hadas y una biografía ilustrada de Celia Cruz. La mamá ha tomado el diario que está a disposición. Su padre, Geovany, se lee a él mismo en esas imágenes que lo muestran joven, y a sus niñas unas bebés.

Su padre, el ex pandillero, el lavador de carros, el desplazado, lee en las fotos de su pasado lo que hoy le pasa y se mira antes y después, azorado. La mirada se le pierde en algunas fotos. Se le vuela cuando lo ve a su hermano Sandro, al que mataron hace no tanto aquí a tres cuadras. Recuerda que lo vio y le dijo, parce, váyase, esos manes lo están buscando, lárguese ya. Y el otro, Sandro, el gracioso, el que hacía de payaso para los niños en Halllowen, le dijo que sí, que ser iría, pero no. Al rato escuchó el disparo, y después a uno que pasó corriendo y le dijo, pilas que mataron a su hermano. Y él, sentado, con el balde en la mano, y un trapo en la otra, inmóvil. Hasta que pasó corriendo su mamá, en un solo grito de espanto. Geovany, el padre de las mellizas, mira su libro y se detiene en otra foto, en ésa en la que su abuelita duerme impecable sobre la cama hecha, una siesta. No tenía otra foto de ella. La imagen de la mujer que lo crió en esa cama, en ese lecho, lo desarma.

Esas fotos, aun aquellas en las que sus protagonistas están muertos, aún siguen hablando. Le ponen palabras y significado a la guerra. Impiden que nos creamos que vivir en la zozobra es vivir en el salto de mata. La guerra urbana no es una trinchera bombardeada. Es algo más complejo que eso. Los que la viven la sobreviven. Y pueden tenderse en los brazos del otro–como Geovany en los de su mujer, 
Norma–a descansar, sobre tres sillas que hacen las veces de cómodo sillón. Como si la luz que les cae encima, dichosa, pudiera transportarlos y llevarlos por las montañas al paraíso.