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Diario de campaña
Tomás Eloy Martinez

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La puesta en escena fue eficaz, clamorosa, convicente como un incendio. El jueves 29 de julio, la convención del partido Demócrata proclamó en Boston a John Forbes Kerry como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El discurso de Kerry –que él mismo escribió, tratando de que fuera a la vez dramático y divertido– disipó las dudas que sus adversarios republicanos habían diseminado sobre la fragilidad de sus puntos de vista y su incapacidad para garantizar la seguridad del país ante el terror. Como en el ajedrez, sin embargo, lo que importa en el proceso electoral norteamericano no es tanto la habilidad para golpear como el efecto de la réplica. Y en eso, el círculo de asesores que rodea a George W. Bush no sólo es experto; también es imprevisible. Lo que se avecina pareciera ser una batalla entre las grandes palabras y los grandes principios.

Un ejemplo de esa estrategia es lo que sucedió con una frase que parecía lanzada al azar. La penúltima semana de julio, Kerry calificó en Nueva York como "el corazón y el alma de América" a las estrellas de Hollywood que estaban recolectando allí dinero para su campaña. Pocos días más tarde, Bush inició una jira electoral por el Medio Oeste que él mismo bautizó como "el viaje de los corazones y las almas". Las palabras, como se sabe, mudan de sentido de acuerdo a quien las pronuncie.

Pocas veces como en la elección de 2004, un presidente había dividido tanto a los Estados Unidos: el 2 de noviembre se votará a favor de George W. Bush o contra él. Un domingo de julio, en el pequeño pueblo de New Jersey donde vivo, asistí a una de las 3400 exhibiciones privadas del documental Outfoxed, juego de palabras sobre el canal de noticias Fox que significa algo así como "La broma" o "El engaño". El anfitrión era un estudiante graduado de Ciencias Políticas que abrió las puertas de su casa a veinticinco personas. Hubo otras reuniones parecidas a la misma hora, en todo el país, organizadas por cafés, clubes o voluntarios anti-Bush que se conjuraron para denunciar –tal es el propósito de la película– la feroz campaña encubierta de Fox en favor de la política guerrera del presidente. Algunos sitios congregaron a mil espectadores; en otros hubo doce, o quince.

A la misma hora de ese domingo, un voluntario del partido Demócrata golpeó a la puerta de una casa situada veinte metros al norte, en el mismo pueblo. Antes de que pudiera entregar un par de folletos contra las políticas de Bush y los presuntos vínculos del vicepresidente Dick Cheney con la compañía Halliburton, lo despidieron de mala manera. "Contra Bush, nada. Aquí estamos a favor de la guerra y de la patria", le dijeron. "¿De la guerra o de la patria?", atinó a preguntar el voluntario.

La importancia de la defensa patriótica y de la santidad de los actos militares en los Estados Unidos quizá sea difícil de entender en América Latina, donde muchas décadas de dictaduras han creado desconfianzas aún vivas hacia las instituciones armadas. En un café de New Brunswick vi cómo algunos venezolanos, brasileños y argentinos no podían disimular el disgusto cuando el candidato precedió su discurso ante la convención demócrata con un saludo marcial: "John Kerry, presentándose a cumplir con su deber", mientras los convencionales de Boston, en cambio, estallaban de júbilo.

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