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Desobediencia simbólica:Performance,
participación y política al final de la dictadura
fujimorista. (1)
by Victor Vich
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Las obras que hoy cuentan son aquellas que
ya no son obras.
Theodor Adorno.
En
1997, tres miembros del Tribunal Constitucional del Perú
fueron destituidos por el Poder Ejecutivo pues habían declarado
inaplicable la ley de "interpretación auténtica"
(así se llamaba) que los congresistas de la bancada oficialista
habían aprobado meses antes a fin de asegurar una nueva reelección
del gobierno de Fujimori. Por ello, trabajadores, estudiantes universitarios
y algunos políticos de la oposición salieron a marchar
por las calles y, de esta manera, establecieron un acto que por
fin rompía el miedo, la abulia y el discurso antipolítico
que había conseguido impregnarse en el país casi desde
el inicio de la mencionada década (2)
. Desde ese entonces, las protestas fueron haciéndose cada
vez más presentes y, poco a poco, las calles fueron convirtiéndose
en verdaderos espacios generadores de opinión popular y de
diversas formas de intercambio entre los ciudadanos.
En este trabajo me interesa analizar las distintas
performances que se produjeron durante los últimos meses
de la dictadura fujimorista y que tuvieron como finalidad aprovechar
el espacio público como un lugar privilegiado de comunicación
ciudadana, vale decir, como un espacio destinado a producir una
intervención simbólica que resignificara el sentido
de lo político y lo comunal. Quiero sostener que durante
aquel tiempo estas performances cumplieron una importante función
en la caída del gobierno en tanto definieron su campo de
batalla sobre algunos de los soportes imaginarios de la nación
y así terminaron por constituirse como prácticas altamente
metafóricas acerca de cómo podrían constituirse
las nuevas relaciones entre la sociedad civil y el Estado.
Me interesa, entonces, atravesar narrativamente
la mencionada experiencia política del Perú contemporáneo
a partir de tres categorías que en los últimos años
se han vuelto muy importantes en los debates articulados al interior
de la ciencia política y la crítica cultural. Me refiero
a la categoría de "performance," al concepto de
"esfera pública" y a la teoría de los llamados
"nuevos movimientos sociales." Lejos de involucrarme en
una discusión detallada, por "performance" haré
referencia a una forma de expresividad que es actualizada en un
espacio público y que tiene como objetivo cuestionar las
más importantes prácticas o símbolos que estructuran
la vida comunitaria (Diamond 6). En efecto, al buscar redefinir
el ejercicio del poder social, las performances permiten observar
las posibilidades de agencia de los sujetos y los espacios vacíos
que la hegemonía no ha podido aún conquistar. Al mismo
tiempo, por "esfera pública" no voy a entender
una dimensión estática ni previamente constituida
de la vida social sino, más bien, el rol de la sociedad civil
por autogenerar un espacio de relativa autonomía crítica
en la producción de opinión popular (Arato y Cohen
37). Se tratará, por tanto, de observar el signo de lo político
en la calle y la capacidad de ésta para legitimar un poder
político alternativo. Y de todo lo dicho acerca de los "nuevos
movimiento sociales" me interesa resaltar que las luchas por
una nueva ciudadanía no solamente expresan la voluntad por
construir una estrategia política diferente de la oficial
sino, además, una política cultural que asuma a las
representaciones y a los significados de la vida cotidiana como
elementos centrales y constitutivos de la nueva hegemonía
por conquistarse (Dagnino 57).
En primer lugar, haré una breve crónica
del surgimiento de los grupos de artistas que protagonizaron la
mayor cantidad de acciones en Lima y por ello describiré
algunos puntos relevantes del contexto social y político
de aquellos momentos. Luego pasaré a comentar algunas performances,
en la astucia de sus símbolos y en su capacidad articulatoria
de nuevos significados políticos. Finalmente, la combinación
teórica de las categorías arriba descritas me servirá
-espero- para evaluar todo el proceso y para dar cuenta cómo,
durante un momento en el Perú, el discurso de la cultura
(o del "arte," si se quiere) sustituyó al discurso
político y pasó a convertirse en una herramienta constestaria
y en un dispositivo político realmente denso.
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