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[Page 2: Desobediencia simbólica:Performance, participación y política al final de la dictadura fujimorista]

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Brevísima historia: movimientos sociales, acciones colectivas, sociedad civil.

Luego del autogolpe de 1992, la oposición a la dictadura de Fujimori comenzó a caracterizarse por su debilidad simbólica pero, sobre todo, por su incapacidad articulatoria en términos de la formación de nuevos colectivos sociales (3) . A la estrepitosa caída de los partidos políticos en el Perú, las pocas acciones de protesta que se realizaban siempre fueron vistas como hechos aislados producto de grupos sin mayor fuerza política. A nivel internacional, Mario Vargas Llosa se había convertido en un combativo opositor al régimen, pero en el orden interno -salvo excepciones como las del "Foro Democrático" o "Mujeres por la democracia"- destacaba realmente la ausencia de un verdadero movimiento ciudadano.

El antecedente más remoto de "La Resistencia" podría localizarse en 1996 luego de que el congreso fujimorista aprobara la ley de amnistía contra los militares implicados en la violación de los derechos humanos. Indignados por tal hecho, muchos artistas reaccionaron simbólicamente (Eduardo Villanes realizó varias performances públicas y Susana Torres comenzó a investigar simbólicamente el tema de la bandera) hasta que el destacado escultor nacional, Víctor Delfín, decidió salir a protestar en las calles encabezando una importante marcha que luego se cristalizaría en el movimiento "Todas las sangres, todas las artes." Durante los meses siguientes, este colectivo fue uno de los más activos promotores de eventos de oposición y en él confluyeron personalidades que tenían historias políticas diversas: Leslie Lee, Roxana Cuba, Ana María Ortiz, y Herbert Rodríguez fueron los más entusiastas. Entre todos ellos comenzaron a proponer una idea realmente relevante: la lucha contra la dictadura debería estar impregnada de una atmósfera cultural capaz de articular poderosos símbolos que estuvieran destinados a transformar el imaginario oficial del régimen. Se trataba, entonces, de derrocar a la dictadura desde los símbolos y el arte. En un inicio, La Resistencia se planteó como una especie de "coordinadora" de colectivos políticos y consiguió articular a un importante grupo de ciudadanos que asumían, cada vez con mayor vehemencia, la lucha contra la dictadura como una necesidad impostergable.

Por otro lado, pero algún tiempo después, más específicamente la noche del 9 de abril del año 2000, es decir, luego del gran fraude de la tercera reelección, otro grupo de artistas también decidió enfrentarse a Fujimori utilizando símbolos culturales (4) . Las ideas de fondo fueron tres y consistieron en desacreditar tal escrutinio electoral, presionar para la realización de nuevas elecciones y convocar a un gran movimiento de desobediencia civil. Armados de velas, lazos negros, crucifijos e, inclusive, con un féretro de por medio, un grupo de gente proveniente de las artes plásticas entre los que se encontraban Susana Torres, Gustavo Buntinx, Emilio Santiestevan, Claudia Coca, Jorge Salazar, Abel Valdivia, Luis García Zapatero, Sandro Venturo, y Natalia Iguiñiz realizaron el entierro político de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales) en una solemne ceremonia en la que frente al Palacio de Justicia se daba por muerto al régimen de Fujimori y se desautorizaba públicamente cualquiera de sus futuras acciones. Esta primera performance marcó el surgimiento del Colectivo Sociedad Civil que, con el pasar de los meses, comenzaría a tener un impacto político realmente inusitado.

Sabemos que el surgimiento de los movimientos sociales implica una insuficiencia de las identidades existentes y de los marcos institucionales encargados de nombrarlas. Sabemos también que todo movimiento es una forma de acción colectiva que tiene entre sus objetivos construir nuevas identidades enmarcadas en diferenciados sentidos de la vida comunal. Surgidos básicamente de las clases medias ilustradas, estos dos grupos se dieron cuenta de que eran necesarias nuevas formas de protesta y que ya no se trataba solamente de "encabezar la revuelta" sino, sobre todo, de comenzar a producir un sentido alternativo de la acción (Revilla, 379).

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