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[Page 3: Desobediencia simbólica:Performance, participación y política al final de la dictadura fujimorista]

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"Lava la bandera."

Probablemente, la "Marcha de los Cuatro Suyos" haya sido la movilización más grande y organizada de la historia republicana del país. No creo que se trate de la más importante pero sí de un central momento político que sacó a la luz la voluntad democrática de buena parte de los peruanos. Se calcula que en ella participaron alrededor de 250,000 personas de las cuales más de 40,000 llegaron a Lima desde el interior del país. Si en el pasado prehispánico aquellas grandes movilizaciones tuvieron un carácter sagrado y religioso, en el Perú de Fujimori se trató de una protesta y un ejercicio cívico para repensar la ciudadanía. A pesar de la intensa "guerra sucia" que el gobierno desató contra ella y, sobre todo, de la gran cantidad de operativos psicosociales que se utilizaron para intentar desacreditarla, lo cierto es que el 27 de Julio del 2000 los peruanos que caminaron por las calles del centro de Lima sintieron que algo diferente sí era posible y que entonces era necesario retornar a las bases mismas de la vida colectiva. (5)

"Lava la bandera" fue una performance que comenzó a desarrollarse meses antes de la "Marcha de los Cuatro Suyos" pero, en realidad, adquirió inusitada fuerza luego de ella. Su objetivo fue producir una imagen emocional que pudiera remover la conciencia colectiva a partir del cuestionamiento de una de las más estables bases simbólicas de la nación: la bandera peruana. Como un "ritual participativo de limpieza de la patria" (Buntinx 5), sus creadores decidieron nada menos que "lavar" la bandera peruana para poner en escena toda la corrupción a la que el régimen de Alberto Fujimori nos había conducido. Se trataba de construir un símbolo de protesta que, al mismo tiempo, contuviera un sentido emancipador y ciertamente propositivo: una especie de vuelta a la vida a partir de un nuevo bautismo ciudadano.

En efecto, en aquellos momentos la patria estaba más sucia que nunca, putrefacta, durante la última década la habían ensuciado aún más Fujimori y Montesinos y, por tanto, era necesario lavarla -con jabón y batea- en uno de los espacios más claramente representativos de la vida social en el Perú, la plaza pública, específicamente, la plaza mayor de la ciudad de Lima. Todos los viernes del año, de doce del día a tres de la tarde, muchos ciudadanos comenzaron a acudir a tal lugar pues ahí, en el medio de bateas rojas, agua limpia y "jabón Bolívar" se procedía públicamente al lavado de la bandera peruana en un ambiente que combinaba la fiesta con la protesta social. Con el pasar del tiempo, las colas fueron incrementándose y mucha gente de diferentes clases sociales asistió a la plaza con el objetivo de expresar así su indignación frente al régimen. La ceremonia tenía varios momentos y no se detenía tan fácilmente en el tiempo: una vez limpia, la bandera era meticulosamente exprimida y luego colgada en los grandes tendederos de ropa que ahí mismo, delante de la sede central del gobierno, se habían implementado para convertír dicho espacio en un "gigantesco tendal popular" (Buntinx 6).

Como me lo explicó el mismo Buntinx en una conversación personal, el auge de "lava la bandera" ocurrió como consecuencia del gran descrédito de la clase política pues luego de la muerte de siete personas en la "Marcha de los Cuatro Suyos," el gobierno de Fujimori se había encargado de difundir la idea de que esas muertes eran culpa de un rebrote senderista impregnado en la protesta social. Como ahora sabemos, en aquel momento, el Servicio Nacional de Inteligencia (controlado por Vladimiro Montesinos) tenía como objetivo desacreditar cualquier elemento antagónico acusándolo de terrorista y asociándolo con SL. La televisión, la radio, y sobre todo la cantidad de tabloides de la prensa amarilla fueron los encargados de difundir esta idea y de propagarla sin piedad a lo largo y ancho del país. (6)

Por ello, muchos políticos de línea conservadora decidieron comenzar a "pactar" con el gobierno y renunciaron a seguir luchando en las calles. De esta manera, bien puede decirse que "lava la bandera" representó la presión de un sector de la sociedad civil que no quería dar su brazo a torcer y que había decidido conducir la protesta hasta sus últimas consecuencias. Es decir, todos los ciudadanos que nunca estuvieron de acuerdo en negociar políticamente con un régimen ya muy claramente mafioso encontraron en "lava la bandera" su mejor lugar de resistencia. Por ello, Buntinx afirma que esta performance llegó a convertirse en "la retaguardia estratégica del movimiento opositor" y curiosamente su difusión fue cada vez más en aumento.

En efecto, al poco tiempo de la "Marcha de los Cuatro Suyos," todos los departamentos y provincias del Perú comenzaron a lavar la bandera en sus respectivas plazas públicas y, por si fuera poco, alrededor de 20 comunidades peruanas en el extranjero hicieron lo mismo llamando la atención de la prensa internacional. Pero eso no es todo: pensada la posibilidad de su "efecto de replicabilidad," los símbolos de "lava la bandera" llegaron a ser asombrosamente expansivos no sólo por la cantidad de gente que comenzó a involucrarse con ellos sino, además, porque sus significantes comenzaron a sustituirse, descontroladamente, en múltiples direcciones. Así también, por aquellos días, se lavaron los uniformes de los generales corruptos en las afueras del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, las togas de los jueces mafiosos delante del Poder Judicial e, inclusive, yo mismo vi lavar banderas del Vaticano en la Catedral de Lima el día que se produjo la escandalosa misa de recibimiento a Juan Luis Cipriani que acababa de ser nombrado Cardenal del Perú por Karol Woytila. (7)

De esta manera, "bandera" (en tanto símbolo de unidad) y "plaza pública" (en tanto signo de la centralidad del poder) se convirtieron ambos en los dispositivos utilizados para poner de manifiesto la absoluta crisis del pacto social en el Perú y, sobre todo, para proponer una manera nueva de significar la nación desde el principio. En estos tiempos de globalización, "lava la bandera" demostró que el Estado nacional sigue siendo un marco fundamental en la definición de las identidades sociales y que la construcción del sujeto ciudadano se encuentra inevitablemente atravesada por lo simbólico y por lo político. Es decir, las banderas no solamente continuaron marcando el sentimiento de pertenencia a un colectivo nacional sino que además establecieron una poderosa demanda: con sus colores, ellas representaron emocionalmente el patrimonio simbólico sobre el cual buena parte de la subjetividad encuentra sustento y por lo mismo exigieron que las promesas del pacto social sean cumplidas.

A partir de elementos muy comunes y de prácticas tan habituales, esta performance puso de manifiesto las conexiones entre vida cotidiana y política, y demostró que la construcción de un nuevo sujeto -un sujeto ciudadano diferente- bien podía partir de una radical interpelación simbólica. Yo creo, además, que otros de los significados básicos que "lava la bandera" intentó restituir en la cultura nacional, digo, en el medio de una absoluta crisis política, fueron el de la transparencia en la gestión pública y la necesidad democrática de la participación popular.

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