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[Page 6: Desobediencia
simbólica:Performance, participación y política
al final de la dictadura fujimorista]
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Conclusiones
Es
necesario destacar que las performances que he comentado no fueron
las únicas y que muchísimas otras se produjeron durante
aquellos meses tan cargados de indignación y necesidad de
protesta social. De sucinta manera, también podríamos
mencionar entonces al afiche "Cambio no cumbia" (Colectivo
Sociedad Civil) mediante el cual se empapelaron muchas esquinas
de la ciudad de Lima con el objetivo de neutralizar la burda utilización
que la dictadura de Fujimori estaba produciendo sobre la estética
del mundo popular. También pueden comentarse las grandes
cintas amarillas con la frase "Peligro, no pasar, mafia trabajando"
(La Resistencia) con las que se cercó no sólo todo
el Palacio de Gobierno sino además muchos edificios de las
instituciones públicas más importantes del país.
Las jaulas en miniatura en las que se metieron simbólicamente
presos a todos los personajes de la mafia fueron también
prácticas destacables, como igualmente lo fueron el "Minuto
de la Resistencia" que se organizaba todos los viernes por
la noche en Miraflores (y que duraba una hora) y el trabajo político
del "Agora popular" a través del cual, como antaño,
muchos oradores de distintas clases sociales pudieron expresar sus
opiniones libremente en la plaza San Martín.
Sin embargo, las razones de haber escogido comentar
con algún detenimiento sólo estas tres performances
se deben al hecho de que ellas comparten una característica
común que me parece que vale la pena subrayar. Me refiero
al carácter eminentemente "participativo" con que
fueron actualizadas pues ellas no se limitaron a la simple producción
de objetos sino que, más bien, estuvieron destinadas a promover
un conjunto de acciones que, al intentar generar un efecto de replicabilidad,
pudieran dar cuenta del terrible malestar que reinaba en ese momento
en el Perú.
Estas performances invirtieron el tipo de relación
tutelada y clientelar que, durante buena parte de la historia peruana
y más aún durante los diez años de Fujimori,
los diferentes gobiernos habían establecido con la población.
Es decir, a través de símbolos muy simples ellas propusieron
una manera diferente de ser ciudadano: un ciudadano que delega pero
que también participa. Si el soporte de todo poder se encuentra
relacionado con la producción de un calculado ejercicio simbólico,
en el caso de la dictadura fujimorista, éste se construyó
a través de los medios masivos de comunicación a los
cuales secuestró y manipuló de una manera grotesca
y sin limites (Degregori 14). En ese sentido, las tres performances
que he descrito líneas arriba le devolvieron el mismo gesto
a la dictadura (la necesidad simbólica del poder) pero de
una manera totalmente inversa y resistente: estas acciones convirtieron
a las plazas públicas en espacios representativos de un nuevo
poder -el poder de la ciudadanía- y así se esforzaron
por refundar la nación -el pacto social- a partir de nuevos
rituales. Al espectáculo de la televisión barata y
de la prensa amarilla, las performances de aquellos días
opusieron la movilización ciudadana y la vida sin censuras;
al incentivo de la pasividad y la construcción del ciudadano
como un simple espectador, propusieron la participación pública
y el derecho a la protesta; ante una cultura controlada y reducida
al espectáculo posmoderno, estas performances repolitizaron
la vida social y contribuyeron a redefinir el rol del ciudadano
en el Perú contemporáneo.
Analizándolas más, podemos darnos
cuenta que ellas fueron producidas a partir de la construcción
de un simbolismo doméstico inmediatamente reconocible. Se
trató de acciones que siempre utilizaron motivos muy rutinarios
(lavar algo, botar la basura, escribir de manera pública)
con el objetivo de que así pudieran replicarse fácilmente
y, de esta manera, comprometer a la ciudadanía a una mayor
participación política. Si durante diez años
el objetivo del gobierno de Fujimori había consistido en
despolitizar a los sujetos para convertirnos en simples espectadores
de un show en el que solamente estaba permitido la observación
pasiva y la relación clientelar, por su carácter participativo
y cotidiano, estas performances resignificaron la vida política
y pusieron en escena la necesidad de una mayor agencia ciudadana.
De ahí también la pertinencia del epígrafe
de Adorno propuesto al inicio de este ensayo: en el sentido tradicional
que el poder le suele asignar a lo simbólico, estas obras
ya no son realmente "obras" pues han dejado de tener un
"autor" definido, no poseen una coherencia suficientemente
estable, implican constantes interacciones personales y se construyen
a partir de una replicabilidad, performativa y fugaz, post-aurática.
Invirtiendo una conocida imagen de Foucault, bien podría
decirse que estas performances representaron la "microfísica
de la resistencia" y ya no la del poder.
Como sabemos, la esfera pública es un
signo de modernidad en tanto el debate racional de las ideas debe
siempre anteponerse a cualquier tipo de jerarquización social.
En ese sentido, como espacio de sociabilidad y como lugar constructor
de consensos para la acción, la esfera pública es
una categoría sustancial para entender la función
de la sociedad civil en su permanente negociación frente
a los sistemas económicos y políticos. Y ahora sabemos
que, en muchos sentidos, la esfera pública es el lugar de
la cultura. Por ello, en medio de un contexto social donde la información
se encontró totalmente centralizada y donde todos los espacios
públicos estuvieron realmente debilitados, es decir, durante
un período de la historia del Perú donde el control
y la dominación social fueron realmente muy fuertes, el discurso
simbólico de las plazas públicas sustituyó,
sin duda, al discurso politico, y el conjunto de acciones que desde
ahí se promovieron lograron convertirse en fuertes instancias
de una real autoridad cívica productora de nuevos sentidos
de la vida social.
Si consideramos que en los actuales debates políticos
la "participación ciudadana" se ha vuelto un requisito
indispensable para la vida democrática, el valor de estas
performances callejeras habría radicado tanto en su "desobediencia
simbólica" frente al mundo oficial, como en la intensidad
metafórica que sus signos consiguieron articular en los imaginaros
colectivos. Estos eventos pusieron al descubierto un conjunto de
estructuras simbólicas de dominación social e invitaron
a cambiarlas a partir de prácticas alternativas y de nuevos
significados. Estos son: la de una ciudadanía activa y participante
en los asuntos públicos del país; la de un colectivo
fiscalizador atento al devenir de la historia; y la de una voluntad
de acción que, luego de mucho tiempo, sí pudo traducirse
en el cambio. Roxana Cuba me lo explicó de la siguiente manera:
"tenemos que rescatar el hecho de que quisimos hacer algo y
ese 'algo' funcionó." Y Gustavo Buntinx, en aquella
conversación personal, fue igual de contundente: "con
estos rituales no queríamos ingresar a la Historia del Arte;
simplemente queríamos cambiar, a secas, algo de la historia."
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