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[Page 7: Desobediencia simbólica:Performance, participación y política al final de la dictadura fujimorista]

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Postdata (urgente)

¿Qué queda de todo aquello en los días presentes.? ¿Las performances descritas líneas arriba fueron, en realidad, algo verdaderamente importante, o se trata, más bien, de un exceso de interpretación producido al calor intelectual del intento de una fe.? ¿No está ocurriendo (una vez más) una tensión entre mi mirada como investigador académico y mis deseos como portador de una ideología específica.? ¿Cómo podemos continuar teorizando positivamente al país cuando el gobierno de turno insiste en reproducir muchos de los males históricos del Perú y cuando un personaje corrupto como Alan García cuenta, en las tan lamentables encuestas que se producen y reproducen ansiosamente en el país, con un altísimo índice de aprobación.? ¿Qué pasa con la memoria entre nosotros.? ¿Es la performance un dispositivo cultural realmente fundador de algo nuevo.?

En realidad, estas novedosas formas de protesta tienen que interpretarse en el marco de la crisis de los partidos políticos en el Perú y, en ese sentido, hay que afirmar que en ese momento fueron la forma en que muchos peruanos pudieron canalizar un discurso de corte contestatario que por otros medios se encontraba totalmente reprimido. Como formas intempestivas, sus características no son difíciles de enumerar y podemos decir –con Badiou- que surgieron en función de un rechazo concreto, crecieron cuando se debilitaron las instituciones oficiales, y no tuvieron liderazgos claramente definidos. Como eventos de carácter público, ellas establecieron la disrupción, la ruptura, y, en parte, asumieron la posición de quienes se sintieron realmente oprimidos. En palabras de Badiou, se trata de movimientos ciudadanos en busca de valores democráticos que aspiran a sustituir a la política representativa mediante un comportamiento ético menos delegativo (32).

Sin embargo, pienso que la pregunta sobre la importancia de la performance ya no debe concentrarse únicamente en la densidad interpretativa de sus símbolos sino, más bien, en las posibilidades de su continuidad política, vale decir, en la pregunta de si aquello simbólico logra articularse con algo más totalizador y se vuelve realmente capaz de remover estructuras sociales tan hondamente arraigadas en nuestra tradición. No se trata, en todo caso, de reactualizar una vieja dicotomía entre prácticas simbólicas e intervenciones políticas, sino sólo de fijarnos cuál podría ser – o ha sido- el impacto de estas performances en la transformación de las subjetividades al interior de la estructura social.

Como fenómenos intermitentes, insisto en que dichas performances tienen el valor de sentar un precedente simbólico en la constitución de nuevos sujetos pero es cierto que todavía no consiguen articularse dentro de una propuesta política mayor y más radical. Me parece que luego de tres años de angustiante transición democrática y de constante imposibilidad política, como acto disruptivo y desafiante, la performance necesita superar su debilidad constitutiva para lograr una mayor continuidad en el tiempo, construir mayor representatividad política, y propiciar así un verdadero cambio (basado en nuevas articulaciones con otros y distintos, y múltiples actores sociales) que comience a destruir los viejos poderes que nos constituyen.

En ese sentido, lejos estamos todavía de constatar que ellas representan el surgimiento de una nueva sociedad civil y creo, por tanto, que sus imágenes emocionales y sus prácticas callejeras son sólo el primer paso para comenzar a darle nueva forma a las protestas y propuestas sobre los antagonismos sociales. Aunque el sujeto ha reaparecido y por ello las prácticas performativas se van volviendo cada vez más intensas, lo cierto es que todavía las estructuras de dominación siguen pateándonos el cuerpo (y el alma) y la salida sólo parece vislumbrarse, no en la performance por sí misma, sino en las posibilidades de su continuidad y, sobre todo, en la necesidad de su articulación con otras y múltiples estrategias de revuelta. (12)

En ese sentido, la expresividad de lo simbólico la pagamos en el Perú con la precariedad de lo político y con la real ausencia de lazos y marcos institucionales capaces de proporcionar una mayor estabilidad a los sujetos. Por ello, Zizek piensa que más allá de su éxito o fracaso este tipo de acciones terminan siempre por producir en los sujetos una sensación insatisfactoria en tanto inevitablemente sus símbolos llegan a articular un conjunto de reclamos que son mucho más totalizadores que el conjunto de demandas particulares sobre las cuales se constituyeron. En el caso peruano, el objetivo inicial de estas performances fue la exigencia de nuevas elecciones pero, en realidad, ellas articularon deseos inconscientes que fueron muchísimo más allá de aquello y que implicaron la construcción utópica de un país nuevo e igualitario.

De esta manera –explica Zizek- en la sociedad contemporánea aparece una nueva lógica (llamada "pospolítica") y que tiene como objetivo absorber las disrupciones y vaciar toda aspiración que se encuentre más allá de las demandas concretas que las originaron. En otras palabras: sólo hay espacio para aquellas demandas pero nunca para cambios radicales. De ahí también que ahora pueda constatarse que por la imposibilidad de producir una crítica social mucho más totalizadora, de construir mayor representatividad política, y de poder articularse con otras instituciones u actores sociales en vías de construir un nuevo proyecto destinado a remover las bases mismas del orden social (las relaciones de producción, los fantasmas del sujeto) estos movimientos de protesta cumplen una función importante, sí, pero no necesariamente implican la formación de un sujeto político realmente nuevo (Zizek 221).

Sin embargo, lo cierto es que por aquellos días estas performances callejeras fueron la respuesta ciudadana a un contexto social realmente escandaloso y transgredieron, en sus gestos, algunas de las lógicas del poder más establecido. Ellas apuntaron a la construcción de un ciudadano diferente y quisieron, en el lugar de la calle, construir un nuevo sentido de nación y de la memoria. Se trató, en suma, de la lucha por conquistar un nuevo tipo de democracia y quisieron proponer una forma alternativa de hacer política. Con su simbología doméstica, ellas mostraron lo que por otros medios no hubiera podido decirse con la misma contundencia y así intentaron resignificar el sentido de lo público y de lo colectivo. Por su carácter eminentemente participativo, no sólo se trató de una simple alteración (o desobediencia) en los significados oficiales sino, sobre todo, de la propuesta de una nueva manera de hacer política.

Desde otro punto de vista, puede decirse que la importancia de estas performances callejeras radicó en el conjunto de demandas que trajeron, es decir, en la relación que buscaron establecer con el Otro. Ellas aspiraron a quebrar el sentido común dominante y forzaron a los ciudadanos a intentar construir algo inédito. A pesar de su fugacidad e intermitencia, dichas performances son ahora parte de un alternativo archivo de la memoria y, en ese sentido, puede decirse también que se trata de prácticas que permanecen en el tiempo. En el contexto político actual, creo que conviene explicarlo de la siguiente manera: si en el mundo contemporáneo "producir" significa controlar sistemas de información y ahora los "códigos" son entendidos como parte fundamental de todo poder (Melucci 77, 115), el valor de estas performances radicó en que frente a un real secuestro del país (incluyendo a casi todos los medios de información), ellas le devolvieron a la sociedad civil el control de lo simbólico y así, al menos por unos meses, el Perú intentó ser nombrado de otra manera.


Víctor Vich es doctor en literatura hispanoamericana por Georgetown University. Actualmente vive en Lima y se desempeña como profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú y como investigador del Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Ha publicados tres libros. El discurso de la calle: los cómicos ambulantes y las tensiones de la modernidad en el Perú (2001), El caníbal es el otro. Violencia y cultura en el Perú contemporáneo (2002) y Oralidad y poder (con Virginia Zavala, 2004).

 

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