Condensaciones y desplazamientos: Las políticas del miedo en los cuerpos contemporáneos

By Rossana Reguillo | ITESO


Condensations and Displacements: The Politics of Fear on Contemporary Bodies.

“The dreams of reason produce monsters”—two centuries later, Goya’s foresight affirms the nightmares of contemporary reason. In a context characterized by the unequal distribution of wealth and, especially, of risk, the politics of fear make themselves felt on the bodies of citizens. Rooted in the socioanthropology of affect, this essay examines the centrality of fear/terror/panic and the affect they produce (hatred, rage, sorrow, hope), in/between/on the social body. More than an inventory of traits and attributes of a threatening contemporaneity, it seeks to explore the sociopolitical and cultural impact of these processes on the “production” of bodies.

El sueño de la razón produce monstruos
Goya (aguatinta)

Hay que desprenderse del quehacer cotidiano para poder levantar la mirada más allá de lo inmediato. La perspectiva supone […] un punto de vista desde donde mirar. No existe una mirada neutra; toda perspectiva está situada, es interesada.
Norbert Lechner

Schlitzie, también conocida como “Maggie, la última de los aztecas”, era en realidad un varón, nacido en 1880, en Yucatán; su nombre artístico aumentaba el exotismo de su figura, pero en todo caso debía haber sido presentada-o como “el último de las mayas.” Sin embargo, el tema central en torno a Schiltzie no reposa en criterios étnicos, raciales o nacionales, ni siquiera de género, y lo que -a mi juicio- representa su centralidad para pensar el cuerpo social se coloca más allá o más acá de las coordenadas habituales a las que suele acudirse para marcar la segregación, invisibilidad, estigmatización, extrañamiento frente a los cuerpos otros que irrumpen en el espacio “ordenado” de la modernidad: la monstruosidad.

Schilzie, fue un microcefálico(1) que pasó toda su vida siendo exhibida/o en ferias y circos; ahí fue descubierta/o por el director de cine Tod Browning, que en 1932 estrenaba la película “Freaks”,(2) ridiculizada y rechazada en su tiempo y hoy considerada una pieza maestra de la cinematografía y momento fundacional del género “terror” dentro del cine sonoro.

La película cuenta la historia de un mal amor, el que experimentaba el enano liliputense Hans por la exuberante Cleopatra, una trapecista “normal” y quien se convierte en la protagonista castigada de una historia moralizante que intenta descifrar las claves y códigos de los anormales. Quizá hoy Freaks entraría en la categoría de “bajo presupuesto” o en la galería de los filmes prescindibles, pero, filmada en 1932, su potencia narrativa radica en que Schiltze, “la última de los aztecas”, representa fundamentalmente un rechazo-miedo, repulsión-ternura ajenos a ella: ella permanece al margen de lo que provoca su presencia. Y, para nuestro tema, este es el dato clave.

Toda diferencia es una diferencia situada, diría García Canclini (2004) y, en tal sentido, yo añadiría que es también una diferencia relacional, es decir, para que ella, la diferencia, opere es necesario que el diferente sea conciente de su condición dentro del proceso de interacción cultural. Así, quisiera proponer que Schlitzie restituye politicidad a la narrativa, introduce complejidad al esquema iguales/diferentes.

De Schlitzie resulta telúrica como experiencia ética/estética su sonrisa permanente, su necesidad de abrazar, tocar, incluirse, mediante el recurso de su inocencia de sí, de su ajenidad a su propia condición. Mientras los personajes centrales de la historia son absolutamente conscientes de su “deforme diferencia”, tanto Cleopatra como Hércules, su amante furtivo, son concientes de su “belleza” y condición de privilegio; ello instaura en la trama la clásica oposición binaria entre “ellos” y “nosotros”, una dimensión política, es cierto, pero carente de politicidad. Pero Browing no es un director plano, ya que Shiltzie conserva su sonrisa y una perturbadora tranquilidad aún durante los momentos culminantes del drama, lo que a mi juicio marca una clave fundamental: para que el portador de un cuerpo anómalo asuma su propia condición monstruosa, disruptiva, atemorizante, se requiere de un ambiente, o mejor de un “paisaje” (en términos de Appadurai, 2001), cultural altamente codificado y, de manera mucho más importante, naturalizado, idea que me permite ya otorgarle al concepto de politicidad su sentido y clave interpretativa: restituir politicidad implica volver visible no sólo la dimensión relacional de la diferencia, sino en el otro extremo hacer-ver hacer-saber la ausencia de relación que excluye al otro implicado convertido así en objeto pasivo del poder de institución (es decir de control y de dominio) y de nominación (su dimensión simbólica).

La politología más clásica nos ha enseñado a mirar el conflicto, el nudo denso que ata las relaciones entre desiguales; la politicidad, propongo, debe ayudarnos a entender la aparente “ausencia de conflicto” por la paradójica invisibilidad del poder instituyente.

Parafraseando a Foucault (2000), podríamos afirmar que esta narrativa heterotópica nos pone frente a un principio de puerta giratoria: cuando lo anómalo entra en escena, la diferencia política debe desaparecer. Es precisamente esta, la diferencia en un sentido denso, que se convierte en clave analítica cuando la “anomalía” interpela la policiticidad, es decir, una mirada, una representación, una “doxa”(3) que, montada sobre una supuesta ética universal es capaz de restituir la crítica reflexiva sobre el orden, la realidad, el mundo. Los otros, los fenómenos, los freaks, son portadores de una verdad fundamental, diseminan los gérmenes de la sospecha frente a la naturalización de un orden instituido.

Y, la pregunta entonces es cómo, a partir de estos elementos, afrontar la contemporaneidad, encarar de frente Abu-ghraib, Guantánamo, Ciudad Juárez, la frontera México-Estados Unidos, la frontera México-Centro América, todos estos espacios que interpelan de distintas maneras problemáticas al cuerpo en sus dimensiones políticas, sociales, culturales y aún económicas. Emplazamientos y visibilidades de la anomalía y la monstruosidad, cuya clave de lectura es el miedo.

Miedos situados

Me parece que no es posible encarar de manera seria la pregunta por la producción social del cuerpo contemporáneo sin traer al centro de nuestra reflexión la pregunta por el miedo como dispositivo de gestión y control político.

Para proyectar el análisis de las relaciones entre miedo y cuerpos, de manera sintética quisiera hacer un breve mapa de cómo ha sido encarada la pregunta por el miedo. En la historia del pensamiento ha habido cinco formas principales de aludir, pensar, ubicar y teorizar sobre el miedo. Para el pensamiento clásico, de Platón a los estoicos, el miedo-temor es un “humor” que nubla la razón y es contrario a las nobles virtudes guerreras. Para los filósofos modernos, Descartes, Hume, Locke, Spinoza, el miedo es una afección del espíritu constitutiva del carácter humano, que no puede comprenderse sin sus afecciones contrarias o derivadas (la esperanza en el primer caso; el odio y la ira, en el segundo caso); para la filosofía política, con Hobbes a la cabeza, el miedo es emoción fundacional del Estado y del pacto social. Para la psicología moderna, el miedo-temor constituye una patología que, anclada en lo individual, puede tener una expresión colectiva: el pánico. Finalmente, para la sociología contemporánea, el miedo –como categoría colectiva- suele definirse como un mecanismo de defensa frente a un mal o peligro anticipado, sea este real o imaginado. En torno a lo que se denomina “sociología del riesgo”, cuyos representantes principales son Beck, Bauman y Giddens, se trata de una poderosa vertiente analítica que introduce una pregunta fundamental para nosotros: ¿puede el miedo ser una plataforma de acción política?(4)

Pero quisiera sugerir que han sido los historiadores del miedo (Duby, Le Goff, Delumeau y, desde otra perspectiva, Hobsbawm), quienes han colocado el análisis y la discusión sobre el miedo en una dimensión clave. Sin anular ninguno de los frentes que he intentado esquematizar, estos historiadores son capaces de ayudarnos a entender la imposibilidad de calibrar los miedos al margen de su ubicación histórica, esto es, sin colocarlos en las coordenadas políticas, económicas, culturales de una época particular: su relación con los valores públicos y “ciudadanos” para los pensadores de la antigüedad clásica; la centralidad de la medicalización de sus expresiones en el advenimiento de la ilustración; su importancia central en la sociedad postindustrial. Sin coordenadas espacio-temporales, la pregunta por el miedo es inútil y apenas un recurso retórico que, al nombrar todo, no nombra nada.  

Por tanto, el desafío central es el de establecer las coordenadas que le dan especificidad a la pregunta. Ello exige poner en clave analítica las características de la época de la que somos contemporáneos, productores, testigos y actores.

De los múltiples, complejos y dinámicos elementos que configuran la sociedad actual, hay tres tensiones “epocales” que quisiera retener:

- la de las relaciones complejas entre neoliberalismo y neoconservadurismo,

- la de las migraciones, desplazamientos y contactos (inter)culturales a escalas nunca antes vistas,

- la del empoderamiento creciente del crimen organizado frente al debilitamiento de la institucionalidad.

Y estas tres tensiones están ancladas a su vez en tres factores sustantivos: la reconfiguración del Estado, el empobrecimiento estructural creciente y la tecnologización-espectacularización del espacio público.

Frente a estas tensiones y factores es que me parece que la pregunta por la relación entre miedos y producción de cuerpos “ciudadanos” adquiere la “politicidad” a la que he hecho referencia, en el sentido de permitir romper –como quería Bourdieu- con el pensamiento de sentido común, a-histórico y culturalista que impregna la atmósfera contemporánea. El cuerpo situado y el miedo historizado devienen entonces en clave sociopolítica para interrogar lo social y explorar la potencia de contestación que puede atisbarse (o no) en el movimiento social frente a un orden crecientemente excluyente y autoconvertido en narrativa fatal.

A partir de estos elementos, intento ahora situar el análisis en tres escenarios.

La notoriedad de lo anónimo: el cuerpo y la tortura

De maneras cada vez más complejas, las contradicciones entre “el orden” del neoliberalismo y el fortalecimiento de un neoconservadurismo a nivel mundial parecen indicar, cada vez con mayores evidencias, que este será el punto de fricción, la zona de crisis de la fase actual de la modernidad. Puesto en simple, mientras el neoliberalismo apela a la desregulación, a la apertura de mercados, al intercambio (desigual) entre países y regiones y especialmente al individuo como epicentro y motor del proyecto que impulsa, el neoconservadurismo apela al cierre de fronteras, a la regulación rígida y altamente normativa de las identidades y a los valores comunitarios, al regreso a lo “colectivo-primigenio”, al nosotros fundacional.

En la ríspida interface entre estas dos propuestas igualmente poderosas (en términos políticos y económicos) se levanta la cruzada contra el terrorismo, la guerra en Irak(5) y, de manera especialmente relevante, la instauración de políticas de seguridad nacional que, apelando a un enemigo “anómalo”, justifica cualquier exceso o violación de los derechos humanos.(6)

Indudablemente, la tortura no es para los latinoamericanos ningún tema nuevo, y el uso del terror sobre el cuerpo es una práctica de larga data que ha sido tematizada amplia y brillantemente en la región. Sin embargo, tanto Abu Ghraib como Guantánamo abren una perspectiva distinta. Se trata de emplazamientos y lógicas que saltan de la escena nacional a la escena global, desestabilizando la noción de “autoría”, y aparentemente la de sujeto torturado. Quiero decir que, mientras que en los casos de la tortura en Argentina, Chile, Brasil, Nicaragua, El Salvador, México puede ser claramente ubicado un autor estatal -un gobierno, una dictadura- en el caso de Abu Ghraib y Guantánamo se desdibuja el Estado y su lugar es ocupado por un llamado “eje del bien” y una convergencia de actores difíciles de asir, aunque sea indudable la responsabilidad central de los Estados Unidos. De un lado, el sujeto torturado en la historia latinoamericana es un “subversivo”, “guerrillero”, “sospechoso”, “izquierdista”, “enemigo del régimen” en cuestión; mientras el sujeto torturado en los “centros de detención” (pornográfico eufemismo), el sujeto torturado es uno sólo, solamente uno: terrorista, al que no se le reconoce ningún otro tipo de adscripción identitaria y es convertido en “enemigo de la humanidad”. La escala es distinta.

Además, en el primer caso, los testimonios –aún pendientes en muchos casos-, son fundamentalmente fragmentos discursivos que, aún con toda su potencia narrativa, pertenecen a un tipo de registro hoy fuera de época. Quizás por ello, las fotografías, videos y grabaciones obtenidas en Abu Ghraib y los testimonios cronicados de Guantánamo, parezcan operar como textos “fundacionales” de la barbarie civilizada (como la llamaría Löwry). Lo que quiero señalar es que “la época”, la episteme(7) en términos foucaultianos, otorga a los acontecimientos su especificidad y proporciona sus propias claves de lectura.

Y, aunado a la cuestión del registro, dato no residual en este análisis, está la categoría sociocultural representada por el cuerpo torturado. El cuerpo torturado de Abu Ghraib es un cuerpo anónimo, una bolsa en la cabeza que impide cualquier posibilidad de interacción, un cuerpo cuya identidad proviene de la operación -ejercida por el poder instituyente- de borrar cualquier posibilidad de identificación. Terrorista, hombre o mujer, iraquí, español, inglés, no importa su afiliación nacional, es un cuerpo sometido cuyo anonimato favorece el imaginario de la anomalía, es decir, la categoría subsidiaria a la de diferencia y que, a la manera de la Schlitzie de Browning, es capaz de despertar nuestra empatía en la forma de indignante “ternura” o de “aprobación” por su extrema alteridad, justo porque a ese cuerpo se le niega la posibilidad de auto-representar su diferencia y, en este caso, ha sido despojado de su condición política.

En el centro de la interface problemática entre neoliberalismo y neoconservadurismo, se erige la tortura sobre el cuerpo, cuya alteridad hetero-asignada se banaliza, porque la primera fuerza, el neoliberalismo, apela a la centralidad inevitable de su propio relato, a sus bondades amenazadas por esos otros anómalos y anónimos sin proyecto alterno, y del lado del neoconservadurismo, el conflicto se dramatiza, ya que ese cuerpo se convierte en el epicentro de las amenazas a un orden “natural” y primigenio que justo por su proyecto alterno “la amenaza a la libertad” (en palabras de Bush). Ambas operaciones anulan cualquier posibilidad de debate político y sitúan el problema en una doble y esquizofrénica clave: banalización y extrema dramatización, pero ambas terminan por difuminar el conflicto. En el primer caso (banalización), porque se trata apenas de una operación de costo-beneficio; en el segundo (dramatización), porque se trata de una profunda amenaza a los cimientos del orden conocido.

A principios de 2004, la cadena CBS presentó una serie de fotografías y videos que mostraban el trato que los prisioneros iraquíes recibían en el ex centro de detención de Saddam Hussein. Las fotografías de Abu Ghraib circularon planetariamente detonando un intenso debate público. En total, 17 soldados fueron implicados en los casos de tortura, de los que destacan, por su especial porno-sadismo, Lynndie England, Sabrina Harmon, Charles Graner e Ivan Chip Frederick, éste último sargento a cargo de la mazmorra.

La mayoría de las fotos en las que aparecen los propios soldados posando al lado de su víctima indican que no estamos frente a lo que en fotoperiodismo se llama “la foto cándida”, la que se toma cuando la gente no se percata de que está siendo fotografiada; el fotógrafo anónimo, la mirada que mira, participa junto con el cuerpo del torturador y el cuerpo torturado de una macabra escenificación, cuyo propósito es registrar, guardar, preservar el momento, la situación. Sebastiâo Salgado nos dice que “la fotografía contiene información y ésta es el puente más evidente entre causa y efecto” (Salgado, 2000:10). Así, la información principal que nos dan estos documentos fotográficos es precisamente la de su efecto más sobrecogedor, el de la complicidad del ojo que mira y la ausencia de causalidad o, mejor, una causalidad que por absurda es grotesca: los cuerpos torturados están a merced del torturador y éste o ésta, resulta ser la sobrina de alguien, la hija de alguien, el esposo de alguna de “nosotros”. Es decir, el estatuto de visibilidad propone un pacto de lectura: todos los presentes, aún los lectores de diarios o televidentes, estamos involucrados en la escena y sólo es posible resistirla mediante el recurso de transformar al cuerpo torturado en una anomalía, suspendiendo cualquier posibilidad de conferir humanidad al cuerpo sometido.

Ahí está la performance, la clave estética/ética, el punto límite de la dramatización. Una política del miedo que borra información contextual mediante la saturación textual. Tomemos dos de las fotografías disponibles, no la clásica del sujeto con túnica negra y capucha en el rostro, en equilibrio precario sobre una caja de cartón, cuerpo al que se le ha hecho saber que de moverse, los “cables” a los que está conectado lo electrocutarán inmediatamente. Aíslo, dos imágenes especialmente dramáticas:

Lynndie England y prisionero

Una de los soldados, arrastra por el cuello como si fuera un perro a un prisionero desnudo con una correa. Las sábanas y trapos en las rejas de las celdas indican que éstas están ocupadas; sorprende entonces que estas celdas estén abiertas.(8) La poca tensión en la cuerda y la mirada indiferente de la mujer indican que el prisionero es dócil, que no opone resistencia a las maniobras de su “ama”; es decir, la información que la foto nos da es que no hay fuerza “bruta” y, sin embargo, el brazo del prisionero revela un pequeño gesto mediante el que ejerce fuerza para sostener su cabeza y que ésta no llegue al suelo. La luz artificial impide saber si es de día o de noche, y los papeles o basura esparcidos por el piso completan el encuadre. Hasta aquí la información de la que habla Salgado, puente evidente entre causa y efecto.

Ahora, invocando a Roland Barthes, podríamos decir que hay en esta fotografía un punctum, es decir ese “azar en la foto que punza”, se trata de “un detalle, un objeto parcial que jala mi mirada, el detalle aparece en el campo de lo fotografiado como un suplemento inevitable” (Barthes, 1989:79), no reflejando el arte del fotógrafo, sino el encontrarse ahí, y en eso consiste la videncia del fotógrafo, que lo lleva a tomar al objeto total, sin poder separar a ese objeto parcial (punctum) de la escena. El punctum en esta fotografía es ese gesto del brazo, esa mínima mueca de humanidad, ese guiño casi imperceptible de resistencia, que el “arte” del fotógrafo no puede aislar.

Ese punctum se convierte, a su vez, en una “información” incómoda. Pese a la escenografía y la calma aparente de los sujetos fotografiados, el brazo del prisionero sugiere que hay un excedente de sentido: la dominación no es total y ello re-introduce al sujeto dominado en la relación de dominación. Es decir, la anomalía no logra instaurarse del todo porque el sujeto apela, mediante un gesto mínimo, a su diferencia.

En la segunda fotografía que aíslo para este análisis pasa todo lo contrario: se trata de cuerpos que, apilados unos encima de otros, obturan la dimensión relacional de la diferencia situada. En este segundo ejemplo no hay espacio para el conflicto porque el cuerpo otro ha sido reducido a la condición de cosa-que-se-domina y se posee.

Imagen de Abu Ghraib

Una pirámide de cuerpos desnudos y cabezas emplasticadas y atrás, un hombre y una mujer, sonrientes que por la nueva cuenta borran de la imagen la representación de la fuerza bruta. Un montón de ropa apilada a la derecha del encuadre fotográfico y al fondo, una reja que da a la situación su especificidad y a la gravedad de la imagen, su envergadura. La “información” en esta fotografía está armada de ausencias, no hay posibilidad de entender la escena si no introducimos a los terceros presentes y al tercer ausente: los que hacen posible el ejercicio de poder que este macabro montaje supone.

En la fotografía en cuestión, la ropa apilada en el recuadro derecho se constituye en el punctum; en un símil grotesco con los cuerpos desnudos y apilados, la ropa habla del poder “previo”, ese que es capaz del primer acto de sometimiento que esta fotografía documenta: despojarse de la ropa coloca al cuerpo en situación de extrema vulnerabilidad. La ropa representa en este caso la derrota de la cultura,(9) la instauración de un orden desigual en el que el cuerpo otro ha sido reducido a su extrema naturaleza. Así, propongo que hay aquí una ausencia fotográfica pero densamente presente en la fotografía: el de la cultura, que nos lanza a preguntarnos por las representaciones que esta fotografía pone en juego, tanto para los participantes de la escena como para los “testigos” a posteriori. Dice Diego Lizarazo (mimeo), que “las imágenes convocan un choque de visiones y una operación política del sentido, en que unas se imponen neutralizando la cadencia de las otras. Pero si una lógica social produce, sostiene e interpreta sus imágenes, también las icónicas contribuyen a la articulación de las formas del mundo. El conflicto icónico es el rostro de la contienda por inventar la realidad, en el diseño de sus imágenes un pueblo instituye su experiencia y su concepción del mundo. Conflictos decisivos por la articulación de nuestra experiencia cultural, que marcan la tesitura del poder de las imágenes y la forma social de las imágenes del poder”.

La contienda por inventar la realidad, es decir, “in-venire”, hacer venir, traer la realidad. ¿De qué realidad habla esta fotografía y las otras 999 que conforman el archivo Abu Ghraib? Según lo que he planteado hasta aquí, estaríamos frente a la disyuntiva que instaura el eje de la anomalía-monstruosidad y el de la diferencia políticamente situada. Mientras en las fotografías aisladas parece haber un “conflicto icónico”, el material visto en conjunto parece indicar que la tortura y la dominación total se mueven hacia la ausencia de conflicto, es decir hacia la reducción del cuerpo otro a la anomalía, apenas excrescencia de lo cultural, donde la justificación de los excesos no logra ser sometida a los marcos de la cultura acordada. Sabrina Harmon y Charles Graner posan orgullosos detrás de los cuerpos apilados y en sus rostros no hay ningún reflejo de que la “cultura”, esa gran ausente, los incomode. De hecho, ellos parecen inmunes a la humillación del otro, al olor del otro, al sometimiento del otro. Todo ha sido suspendido, es el signo de estas fotografías; no hay falta, porque el cuerpo otro es, si acaso, motivo de divertimento y ejercicio de autoridad absurda.

Y es quizás lo absurdo, la parodia de lo real en ese conflicto “icónico” por inventar la realidad, lo único que puede explicar que, meses después de los estremecedores documentos de Abu Ghraib, la tienda chilena Ripley, un almacén de ropa, utilice en su catálogo de anuncios de jeans una publicidad que se encabalga a lomos de la densa memoria de la dictadura y de las, entonces recientes, revelaciones de los centros de detención inaugurados durante la guerra contra el terrorismo. Estas fotografías publicitarias aparecieron en una separata en las ediciones de El Mercurio y La Tercera, en Chile el domingo 5 de marzo de 2006, el último domingo de la presidencia de Ricardo Lagos. Utilizando las imágenes de la tortura con fuertes reminiscencias de Abu Ghraib, constituyen no sólo una evidencia más sino una síntesis perfecta del trabajo de la maquinaria simbólica que banaliza y estetiza el horror, además de “normalizar” imágenes y discursos que se instalan en el paisaje social como aspectos constitutivos del momento histórico que atravesamos.

Imagen del catálogo de las tiendas Ripley

Fuente: Indymedia, Chile

Estas imágenes, a decir de Marcial Godoy,(10) constituyen, cito: “formas suaves que muestran escenarios de o hacen guiños hacia la tortura. Como todo el mundo sabe, este gobierno (el norteamericano) ha proclamado la legalidad de la tortura y sus funcionarios no desperdician oportunidad para avanzar sus argumentos a través de los medios. Después de las fotos de Abu Ghraib, los noticieros y los talk shows estuvieron repletos de entrevistas e informes especiales que le planteaban la tortura a los ¡degradados! ciudadanos de este país como un dilema. "La tortura: ¿si o no?". Con este contundente análisis sobra decir que enfrentamos algo mucho más grave que la “fuerza bruta”, y que la banalización, estetización, normalización de la tortura de los cuerpos otros. Este fenómeno toma fuerza en la fisura que instaura la disputa entre los grandes poderes fácticos: la que encabeza el mercado neoliberal y la que sostiene, contra viento y marea, la fuerza radical de las derechas conservadoras. Es ese gozne problemático, el que, a mi juicio, posibilita que el cuerpo torturado se banalice al extremo y que no logre convocar un mayor y eficiente poder de contestación.

Imagen del catálogo de las tiendas Ripley

Fuente: Indymedia, Chile

El terrorismo, y de manera especial la figura del terrorista, aunados a la producción de miedo disciplinante –como el que es posible inferir de las fotografías analizadas-, afloja los cimientos de nuestros precarios sistemas políticos y, en aras de una democracia cuyos soportes tan masivos como desinformados, tan atemorizados como pragmáticos, abonan el terreno para justificar cualquier exceso: “Guantánamo es una zona libre de derechos humanos”, declaraba el ex fiscal Aschcroft , paladín, como pocos, de la guerra contra “el eje del mal”.

La incómoda irrupción de los cuerpos torturados de Abu Ghraib y los testimonios de Guantánamo parecen encontrar “performativamente” su solución en la publicidad: de cuerpos consumibles, donde la estética del sometimiento opera para escamotear la politicidad necesaria al apelar, de manera inédita en la historia, a la “normalidad” consumidora (de tortura, de jeans, de candidatos, de decisiones límites) enfrentada a la irrupción anómala (reductible, molesta, innecesaria, redundante, sometible). Si Abu Ghraib logró pasar apenas como un escándalo mediático, affaire grotesco y mantenido a escalas individuales, es decir, de los individuos implicados individualmente, la aceptación de que “eso, es así” obliga a aceptar la derrota de la performance de contestación, del cuerpo ciudadano, de la inutilidad de nuestros ejercicios cotidianos frente al poder descarnado. Si Ripley puede, sin menoscabo de su éxito de venta, reproducir frente a nuestra mirada –extasiada- por la belleza anónima y perfecta de los cuerpos torturados, significa que nada en la agencia ciudadana, electoral o performativa ha tenido consecuencias. La sargento x podrá seguir paseando a su prisionero-cuerpo-perro sin ejercer fuerza mayor porque no hay pacto cultural ni político; la “simpática” soldado y su roommate que se extasían ante los cuerpos rotos, habrán de ratificar que frente al vacío de la experiencia es posible encontrar en el abismo de la tortura un divertimento propicio, una ratificación de lo “normal” frente a los otros “anómalos” que irrumpen en el callado ejercicio de una ciudadanía, de una contemporaneidad, de una humanidad ad hoc, la que se ejerce al margen o en suspensión de los criterios que otorgaban a cada cuerpo humano un emplazamiento, una diferencia situada y, por ende, un conflicto inteligible.

La trivialización del cuerpo: narco-estado y colapso de la legitimidad

Y, paralela a la lucha frente al cuerpo anómalo de los terroristas, de los que ha desaparecido cualquier vestigio de politicidad, emerge el cuerpo-anécdota y el cuerpo amenazante contaminado por el narco, con su innegable poder de contestación. Si el cuerpo del terrorista ha sido sometido, el cuerpo-narco goza de su pleno poder, se mueve libre por territorios de la cultura, exhibiendo su poder de muerte sobre los cuerpos otros.

Iconografía imposible por lo que implica en términos de brutalidad y ruptura de cualquier límite, los “decapitados” constituyen en el México de la transición democrática una categoría que tiende a estabilizarse y a despertar cada vez menos muestras de asombro.

La visibilidad mediática de los decapitados es muy reciente. Se inauguran en un baño de sangre que tuvo lugar la madrugada del 6 de septiembre de 2006. En plena crisis postelectoral y en medio de un clima de alta polarización social un comando de sicarios al servicio del narcotráfico hizo rodar 5 cabezas “impecablemente” cortadas y aún sangrantes en una pista de baile de la discoteca llamada “Luz y Sombra” situada en la pequeña ciudad de Uruapan en el estado de Michoacán, en México. El mensaje que acompañaba las cabezas fue: “la familia no asesina mujeres, ni niños” y se dijo que el suceso, que causó horror y pánico entre los parroquianos –devenidos testigos-, era un ajuste de cuentas entre narcos por el supuesto asesinato a manos de un cartel rival, de la esposa e hijos de un gran capo cuyos “ejecutores” bien podían ser maras salvatruchas o kaibiles.(11) Esta escenificación tiene dos rostros: de un lado, ratifica que bajo la superficie de las agitadas aguas de la política formal fuerzas inasibles controlan amplios territorios de la geografía y son capaces de operar de espaldas a la ley; de otro lado, entregan un mensaje –inapelable-, de que “ellos” son “parte, juez y verdugo” en una trilogía que, lejos de desafiar las normas jurídicas, las leyes –en tanto ellas no son parámetro o unidad de medida– funda sus propios marcos de operación y de sentido.

Desde entonces a la fecha, cabezas, narco-mensajes incrustados en cuerpos torturados y ejecuciones cotidianas, que ascienden en promedio a 9 muertos por día, saturan el escenario mexicano. De entre las posibilidades analíticas de las que estos acontecimientos son susceptibles, quisiera retener dos rasgos importantes para nuestro tema:

En primer lugar, la performance del poder “legítimo” que, a la manera de los “sherifes” en la guerra contra el terrorismo, apela a la inevitabilidad de los sucesos y de manera especial a una masculinización, en el peor de los sentidos, de los costos de sus estrategias: “habrá muchos más muertos”, declaran aparentemente satisfechos tanto el actual presidente de México, Felipe Calderón, como su Secretario de Gobernación, Francisco Ramírez Acuña. “Habrá mucho más muertos”, es el slogan que articula de manera ambigua y atemorizante la creciente militarización de la “guerra” contra el narco.

En sus apariciones públicas, el presidente, perseguido por el fantasma de la ilegitimidad de su mandato, aparece con más frecuencia de la necesaria y deseable, rodeado de militares y vistiendo la casaca y la gorra oficial del ejército mexicano. Y, mucho más allá de lo anecdótico, se instala mediante este mensaje performativo una preocupante metonimia entre el poder civil y el poder militar. Las fronteras se borran y –aunque de momento- circunscrito al combate al narcotráfico, el símbolo detona viejos temores latinoamericanos y al mismo tiempo manda un mensaje perfectamente audible: el poder del narco es sólo equiparable al poder militar, pero resulta que en “los partes de guerra cotidianos” el poder militar parece derrotado por la vía de los hechos por el poder del narco y por ende el poder civil se debilita frente a una atribulada pero crecientemente autoritaria opinión pública.

Y, en segundo lugar, cobra fuerza en el imaginario social la “abstracción desimplicada” de cabezas cercenadas y cuerpos torturados. Se produce, otra vez, performativamente, una desidentificación total de los cuerpos-costos de la guerra, porque, se dice, son anónimas víctimas de la violencia del narco y el nombre propio, en otras circunstancias clave fundamental para restituir “humanidad”, en estas víctimas resulta, por redundancia, mecanismo insuficiente para dar cuenta de la gravedad de la situación. El problema de fondo es que estamos frente a “cabezas”, que pierden en esta “nominación” cualquier posibilidad de aspirar a una biografía; se trata de “cuerpos” desmembrados, cuyo valor “informativo” es el de ser portadores de algún mensaje cifrado. La “persona” desaparece y se desliza hacia la lógica de la anomalía, excedente de sentido, cuerpo anónimo que opera como mensaje y apuesta, como ratificación de una política del miedo que se instala quedamente, ya que al carecer de contexto político “los muchos más muertos del poder” y “las cabezas cercenadas del narco” establecen la conjunción perfecta para la disolución del pacto: uno en el que sean descifrables los límites, la identificación y la desidentificación.

Esto supone que, en términos de imaginario social, hay violencias “buenas” y violencias “malas” y, por ende, víctimas buenas, las biografiables (los cuerpos masacrados en Virginia Tech, por ejemplo) y víctimas malas, cuerpos anónimos, olvidables.

Sin iconografía por la gravedad de la situación,(12) en uno de los últimos narco-sucesos, cuatro mujeres, menores de edad, fueron violadas y agredidas por soldados mexicanos en una reciente “incursión vengadora” del ejército en Michoacán. Las jóvenes fueron “aprendidas” en un operativo militar posterior a las averiguaciones que intentan ubicar a los narcos agresores que “emboscaron” y causaron la muerte de varios soldados en misión de patrullaje en ese estado, misión derivada de los operativos del gobierno federal utilizando al ejército como cuerpo policíaco.

La performance a reconstruir señala en el acta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos –fechada en Morelia, Michoacán, el 9 de mayo de 2007, EXP. 2007/1909/2/Q, y levantada en el Albergue Tutelar Juvenil y el Consejo Tutelar de Menores– donde las cuatro menores abusadas narran su versión de los hechos, que la primera declaración, de una la de las menores violadas, dice lo siguiente:

(El nombre de la niña aparece tachado con marcador) manifiesta tener 16 años de edad, con domicilio en la calle (tachado), Nocupétaro, Michoacán, que desde hace dos días trabajaba con la señora Carmela, como mesera en su restaurante y el dos de mayo del año en curso se encontraba en casa de esta última (...); aproximadamente a las 8:00 horas de la mañana llegaron militares a bordo de tres o cuatro camionetas quienes preguntaron por la señora Carmela, se metieron a la fuerza, cuando llegaron (tachado) les preguntaron quién era Carmela y si la señora tenía mucho dinero. (nombre tachado) no respondió, todas fueron golpeadas con puños cerrados, pies, con las cachas de las armas, cubiertas de las caras y amarradas de las manos y fueron trasladadas a los helicópteros, les jalaron el pelo y les dijeron que las iban a lanzar al mar y que iban a ser comida para los tiburones; en un lugar que ella considera que es un cuartel, le pusieron algo en la nuca que sintió caliente y sacó espuma por la nariz, en seguida se quedó dormida, al despertar la condujeron hasta una habitación donde se encontraba un hombre y una mujer, de quienes les dijeron que eran doctores, la mujer le dijo que se quitara la ropa y después de hacerlo sólo la miró (...); manifiesta que en el cuartel le preguntaron si la señora Carmela tenía algo que ver con Los Zetas, les dijo que no sabía nada, le mostraron fotos para ver si los reconocía, a una persona sí la identificó y se los dijo, la acostaron en el piso, después la levantaron y la enviaron al médico; indica que le dolían las manos, pues estaban hinchadas y moradas y no sentía sus dedos pulgares (...) Después de los hechos ha tenido flujo con olor feo (...).(13)

Y así continúan los otros tres testimonios, sin que nada suceda, sin que la cada vez más “curtida” opinión pública sea capaz de responder. Es importante señalar que aquí lo que enfrentamos es una ausencia de imágenes (no una saturación) y una falta de rostros reales, pero el punto de saturación se produce en este caso por el testimonio “jurídico”.

El creciente desdibujamiento del yo situado, encarnado, anestesia los sentidos y frena la capacidad de respuesta, y frente a la instauración binaria de los “buenos” contra los “malos”, donde los “otros” resultan apenas anomalías, casos, cuerpos anónimos que se atraviesan opacamente en la nitidez de la llamada “causa”, la posibilidad de acciones políticamente significativas se achica porque hay pocas posibilidades de instalar policitidad, ahí, donde impera el dominio del miedo difuso, gaseoso, líquido, que nos convierte en portadores del gen de la sospecha.

El cuerpo roto: la disputa por el poder de representación

Para finalizar este acercamiento, apelo a una última imagen cuya “icónica” resulta difícilmente asible a partir de los parámetros de verdad-mentira, deseabilidad-castigo, derechos humanos-lucha a cualquier costo. Tensiones que fisuran el espacio público, que administran el debate sobre la constitución y configuración del CUERPO contemporáneo como espacio, biografía, condición, categoría e “historia” del emplazamiento en el que se verifica la realización de lo social.

Pese a los discursos dominantes, la dimensión de los derechos humanos –el grado cero de todos los derechos­– padece de una suerte de adelgazamiento y opacidad. En tiempos recientes un tema concitó a la opinión pública “mexicana”. El caso de la indígena Ernestina Ascencio, habitante de Zongolica, Veracruz, cuyo cuerpo ha sido y seguirá siendo territorio de disputas por el poder de representación.

A principios de marzo se hizo público que una anciana, indígena, fue brutalmente violada por elementos del ejército acantonados en la localidad. Se dijo en los primeros momentos que Doña Ernestina había sido violada tumultuariamente por soldados apostados en esa zona crítica y rural de Veracruz. Autoridades locales dieron fe del acto y levantaron una autopsia en la que se señalaba que Ernestina fue violada y su muerte se debió a traumatismos múltiples, lo que levantó una intensa “averiguación” entre autoridades federales donde destaca el papel jugado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). De manera sorprendente, el Presidente Calderón salía al espacio público a declarar que no había existido tal violación y que Doña Ernestina, de 73 años, murió de “gastritis crónica y anemia aguda ocasionada por el sangrado digestivo” y, añadió, “no hay rastros de que haya sido violada por el Ejército”. Y digo “sorprendente” porque para esas fechas no se había hecho público el segundo peritaje médico realizado sobre el cuerpo exhumado de Ernestina y era difícil que el presidente supiera el diagnóstico “verídico” a menos que el hoy fuertemente cuestionado Ombusdman nacional, José Luis Soberanes, se lo hubiera informado, lo que pone en entredicho la autonomía de la CNDH. Pese a que el caso amerita una discusión detallada de la serie de declaraciones, diagnósticos, pruebas desmentidas, avatares políticos, no hay espacio aquí para documentarlo, pero todo se encuentra disponible en la prensa mexicana.(14)

Retomo dos asuntos que considero fundamentales en este caso: “la guerra de necropsias” y los argumentos soto voce, que fortalecieron el silenciamiento e incomodad de la mayor parte de los medios mexicanos sobre el caso.

En el caso de lo que llamo la guerra de necropsias, la realizada por los peritos locales y la practicada después por especialistas federales y personal de la CNDH, los informes “técnicos” son tan diferentes que la razón científica queda en entredicho, porque se trata de dos discursos equivalentes en claro enfrentamiento: donde unos ven gastritis otros ven “presencia de secreción blanquecina en la vagina”; donde unos ven anemia por sangrado, los otros diagnostican “región anal con eritema, escoriaciones y desgarros recientes, sangre fresca”. Estamos pues ante una disyuntiva severa, o unos o los otros son absolutamente ineficientes o mentirosos. Y se instala la pregunta de cómo un cuerpo inerte es capaz de responder de manera tan contradictoria a las preguntas que la “ciencia forense” le formula. Con informes tan encontrados no es de extrañarse que la “opinión pública se divida” y una vez más el cuerpo se constituya en motivo de disputa y enfrentamiento político: los que están a favor de la violación tumultuaria por parte de elementos del ejército, de este lado; los que están a favor de muerte por gastritis y uso político de la primera autopsia, de este otro lado, por favor. Y no hay manera de saber, en plena sociedad del conocimiento, cuál es la verdad. El cuerpo fotografiado, estudiado, medido, seccionado, pesado, observado, se convierte en este caso en portador de indicios. En indicios que sustituyen al índice.(15) El cuerpo roto es indicial, porque el poder borra las huellas de su presencia en él; deja de ser indexical, porque no hay contrarelato, argumentación, contestación que restituya la relación significante-significado. En el cuerpo roto se verifica la disputa política por establecer el indicio creíble, legitimado, cómodo.

Y, aunque, a diferencia de las cuatro jóvenes del “ejemplo” anterior, Ernestina sí es un cuerpo con nombre propio, sus características atentan contra esa autoridad personal. Se trata de una mujer, de una indígena que no habla castizo (castellano) y es especialmente una anciana. Triple marginalidad para la portadora de un cuerpo violentado y después destazado. De manera increíble y más o menos veladamente, los opinólogos mexicanos, esa especie en franca expansión en detrimento de la figura del intelectual, asumieron-defendieron la vertiente de la gastritis, por la simple “evidencia empírica” de que “se trataba de una anciana” y el cuerpo de una anciana “no es deseable” y por ende, añado yo, no es “violable”. El tan ingenuo como brutal machismo implícito en esta formulación, atenta no sólo contra la inteligencia sino contra la historia y contra la amplia documentación en nuestro continente de la violencia sexual como instrumento de terror y de tortura, independientemente de las características del cuerpo a someter. Si los defensores del segundo dictamen se inclinan por éste porque, suponemos, lo consideran más científico, más genuino y confiable, no es explicable que además deban acudir a su verdad machista: la vejez como relato de contención. Lo clave aquí es que el cuerpo sigue atado a la “verdad” política que el soberano instaura para preservar su propio cuerpo.

Notas finales: la producción del cuerpo ciudadano

He tratado de discutir y mostrar la diferencia clave entre anomalía y diferencia; en torno a la distancia abismal entre reflexividad cultural y ausencia de pacto; entre cuerpos situados y cuerpos dislocados. Debo volver ahora sobre los “personajes” de estas narrativas del miedo: Schlitizie, los prisioneros de Abu Ghraib, los modelos publicitarios, las cabezas cercenadas y los cuerpos torturados, las jovencitas violadas de las que conocemos sólo el testimonio jurídico y el cuerpo de doña Ernestina tan silencioso como silenciado. Cada uno de estos “cuerpos” representa a mi juicio el creciente triunfo de las políticas del miedo en la producción del cuerpo ciudadano contemporáneo, en tanto ellos parecen obturar la politicidad necesaria para encarar la degradación acelerada de los derechos humanos: al ubicarse en un “más allá” de los límites de lo pensable, al encarnar situaciones límites, su visibilidad en el espacio público amplía los rangos de la “anomalía” monstruosa, episódica, anónima, inerte, y disminuye el espacio de la diferencia y del derecho. Y, de manera cada vez más sutil pero no por ello menos brutal, todos nos deslizamos hacia esa anomalía disruptora de un orden que colapsa y que en su implosión arrastra consigo la posibilidad de instaurar un pacto en el que el cuerpo “diferente” tenga nombre propio y biografía. Si asumimos con los filósofos del miedo que éste instaura sus dominios en las zonas de incertidumbre, es posible afirmar que el triunfo de las políticas del miedo, propias del neoliberalismo, operan como espacio de la imaginación desatada: todos podemos ser Schlitzie, terroristas, víctimas u operadores del narco, cuerpos-coartada, cuerpos-desechables, cuerpos-incómodos y especialmente ciudadanos sospechosos, especialmente frente a uno mismo, es decir, la política del miedo triunfa ahí donde logra producir desidentificación, mecanismos a través de los cuáles los cuerpos tratan de borrar las marcas de sus –peligrosas- pertenencias.

En el paisaje contemporáneo se instala con fuerza la apelación a una “normalidad democrática” en cuyo nombre parecen justificarse todos los excesos y en su defensa anularse todos los códigos políticos. La política del miedo opera alejando los cuerpos “excedentes” de esa pretendida normalidad y una vez lanzados al vacío interpretativo, o mejor, haciéndolos funcionar en un registro interpretativo anclado en la anomalía monstruosa, se dificulta cualquier restitución de politicidad y el conflicto político se instaura en un ajedrez plano de fichas monocromáticas en donde un color encarna el bien-normalidad y el otro, el mal-anormalidad.

Si nos hacemos cargo de las anticipaciones de Foucault, podríamos decir que en nuestra época, la “episteme”(16) dominante nos lleva a adoptar como matriz interpretativa la ausencia de extrañamiento frente a los poderes fácticos y a asumir, como consecuencia inevitable, la instalación de “zonas libres de derechos humanos” en aras de los convulsivos intentos de producir zonas de riesgo cero. Es en la interface de estas dos tendencias complementarias donde considero que la performance, en su lógica densamente política, dotada de politicidad puede destrabar el debate y sacarlo del secuestro fatal que quiere condenarlo a “parodia” inofensiva de los poderes.

Quizás por ello Schlitzie es un personaje que me persigue, metaforiza un tema clave para nuestra contemporaneidad: el de los contextos sociopolíticos que transforman la diferencia situada en anomalía y la saturación textual en descontextualización política.  Y en esa tensión la perspectiva de la mirada no neutra de la que nos habla Lechner debe ser capaz de atender simultáneamente lo que se condensa y lo que se desplaza.

Referencias bibliográficas

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1. Enfermedad congénita y muy rara que consiste en una cabeza anormalmente pequeña, enanismo proporcionado y una cara “particular”. Descrita por primera vez en 1892 como “enanismo de cabeza de pájaro” por Rudof Virchow. Hoy se conoce como “síndrome de Seckel”. Y en lenguaje “coloquial”, los portadores de este síndrome son llamados “pinheads”.
2. Agradezco a Fernando Cornejo, estudiante de la Maestría en Comunicación del ITESO haber llamado mi atención en el curso de Teoría y Análisis Sociocultural sobre este documento fundamental y, tanto a él como a sus compañeros de seminario, la pasión invertida y la inteligencia sensible que nos permitió encontrar claves fundamentales para comprender los abismos entre la mirada que no mira y la mirada que se implica.
3. En términos de Bourdieu (1995), una doxa sería una verdad asumida, acatada y nunca sometida al análisis reflexivo.
4. Desde luego, este pequeño resumen no da cuenta de las sutilezas, las largas disquisiciones y reflexiones sobre una pasión que, sin duda alguna, se convierte hoy en una pieza de intelección fundamental para descifrar las claves sociopolíticas y culturales que organizan, administran, nombran, legislan, orientan, enfrentan y acuerpan a la sociedad. Para un discusión más detallada ver R. Reguillo, 2006.
5. La preposición “en” trata de desmarcarse de las lógicas que al introducir la preposición “de” intentan trasladar el conflicto a un emplazamiento particular y de las que, al introducir la preposición “contra”, intentan situar a un enemigo fácilmente diferenciable. La cuestión es más compleja.
6. Podemos pensar en la famosa serie de Fox, “24”, que en su nueva temporada vuelve con más fuerza sobre la idea de que el fin justifica los medios y el llamado por el protagonista “paquete de interrogación” (tortura de alta sofisticación científica) tiene que ser usado aún contra la propia familia.
7. Episteme en el aparato analítico de Foucault refiere a la trama, tejido, plataforma que le da especificidad a una época histórica. Es una matriz cognitiva tanto como afectiva, una formación discursiva y una clave de intelección e interpretación para los sujetos que hacen parte de esa episteme. Ver M. Foucault, La arqueología del saber (1970).
8. Lo que indicaría o haría pensar que las rejas no constituyen en ese escenario el principal poder de sometimiento.
9. Mientras que, de manera contraria, la ausencia de ropa representa en el trabajo fotográfico de Tunik la restitución de la cultura. Otra vez estamos frente a la importancia de la interpretación situada.
10. Comunicación personal.
11. La mara es la denominación que reciben las pandillas de centroamericanos y norteamericanos inmigrantes cuyos métodos violentos y crueldad han crecido en los últimos años. Los kaibiles son soldados de fuerza especial guatemalteca cuya triste popularidad se hizo visible durante los años de la guerra sucia en ese país. Hoy, distintas investigaciones afirman que, tanto maras como kaibiles, se han convertido en las nuevas fuerzas de operación del narcotráfico mexicano. Ver Reguillo, 2005.
12. Tomo la decisión de no mostrar los rostros y cuerpos de estas mujeres.
13. Ver entre toda la documentación disponible http://www.eluniversal.com.mx/columnas/65309.html.
14. Una buena síntesis puede encontrarse en la revista Proceso No. 1588. 8/04/07 cuyo titulo de portada es “El trabajo sucio. La sombra de Ernestina Ascencio”.
15. Un signo es indexical cuando su significante es contiguo a su significado o es una muestra de él (una huella de un pie en la arena es índice para Robinson Crusoe de la presencia de una criatura). Sebeok, 1996.
16. Como ya señalé, Foucault entiende por episteme la trama de ideas, discursos, valores, sentimientos que son dominantes en el contexto de una época determinada.