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Claudia Briones, Ricardo Fava
y Ana Rosan*
Ruidos que hablan
broncas.
El decir y el hacer de las cacerolas en Argentina.
El 19 de diciembre de 2001, emerge en el espacio público de Argentina
una forma colectiva de interpelar a la sociedad política que socialmente
se afirma tan espontánea como novedosa. Argentinos mayormente de
sectores medios inauguran el lenguaje de las cacerolas para exteriorizar
su hartazgo ante los efectos de una gubernamentabilidad neoliberal instrumentada
durante más de una década por dirigencias incompetentes:
desocupación, pauperización, corrupción, represión.
Esta ponencia explora el hacer performativo de una práctica que,
a la par de mostrar rabia, logró simultáneamente crear el
contexto donde descubrir el potencial expresivo del cacerolazo como forma
de protesta para escenificar rabia a futuro. Sostendremos concretamente
que, merced a ese reconocimiento colectivo, ese cacerolazo devino performance
instituyente de un nuevo género de protesta social en Argentina,
género que se integra a un sistema de géneros de protesta
preexistentes de los que se diferencia, a pesar de compartir con ellos
algunos rasgos. Luego de describir entonces los hechos del 19, discutiremos
antecedentes y derivaciones de esta escenificación fundante, para
finalizar identificando las características estéticas distintivas
del género y los mensajes políticos que a través
de ellas se procura actualizar.
El día más largo del año
Tras un día de saqueos a supermercados en barrios periféricos,
el presidente de la Rúa comunicaba por cadena nacional su decisión
de declarar el estado de sitio. Promediando la alocución presidencial,
comenzaron a escucharse batidos de cacerolas al interior de los edificios
de departamentos y en los patios de casas de barrios capitalinos tradicionalmente
identificados con las clases medias. Paulatinamente, los vecinos abandonaron
sus patios y balcones y fueron ganando las veredas, para acabar congregándose
en intersecciones nodales de su vecindario, y marchando desde allí
al Congreso y la Plaza de Mayo, locii cualificados de re-presentación
del poder político en el país.
"Ríos de gente" es la expresión que varios vecinos
utilizan para describir su marcha. "Ríos de gente" convocados
por el "ruido" de las cacerolas acompañadas por bocinazos
solidarios que oficiaron de "llamado" colectivo. Es que, curiosamente,
el batifondo superó doblemente las palabras. Vino por un lado a
tapar el hastío ante un discurso político monocorde, excedido
en elocuencia pero sordo a las urgencias de los distintos sectores sociales;
y vino por el otro a llenar un vacío de discurso válido
para aunar las diferencias económicas, políticas e ideológicas,
intuidas tras tantos varios años de fragmentación y "sálvese
quien pueda".
Así, a través del batir de sus cacerolas, los vecinos-mujeres
y hombres de diferentes edades y condiciones con sus hijos de la mano-protestaban
acuerdos incumplidos, decían enojos, rehacían colectivos,
y creaban audiencias. Entre sorprendidos y eufóricos por encontrar
los cuerpos nuevamente juntos, por coincidir, por la novedad, los caceroleros
festejaban en la madrugada el fin de su ausencia colectiva, de su reclusión
en la privacidad frente a la ineficacia e impunidad oficiales. Hacer ruidos
diferentes pero al unísono los fue constituyendo como "la
gente", punto de organización de la experiencia que apuntaba
a negar cualquier otra forma de representatividad. Por ello, banderas
argentinas, camisetas de la selección nacional de fútbol,
el himno entonado en varias ocasiones y manos blandiendo copias de la
constitución nacional acompañarán el caceroleo, como
signos de identificación colectiva capaces de preservar performativamente
el nosotros cívico de los que simultánea y paralelamente
devinieron otros antagónicos. Así, insultos coreados y esporádicos
carteles manuscritos con demandas simples irán inscribiendo a "los
que roban", "los políticos", " los corruptos"
como causantes y destinatarios de un hacer y decir de las cacerolas que,
entre otras cosas, apuntaba a excluirlos de los espacios públicos
ganados por los manifestantes. Presentadas en el modo imperativo de un
"basta" o un "váyanse", tales demandas comienzan
a enunciar, desde ese momento, un porvenir aún incompleto. La consigna
más común que fue unificando voluntades/broncas repetía:
"que se vayan", idea-fuerza que con los días devendría
estribillo identificador de variados reclamos y reclamantes.
El coro del "que se vayan" se prolongaría hasta bien
avanzada la madrugada. Cuando la policía empieza a tirar gases
lacrimógenos sobre la multitud de la plaza, los caceroleros se
dispersan y sólo van quedando grupos pequeños mayormente
en la plaza del Congreso, grupos que externalizan su furia con piedras
más que cacerolas. Quizás por la crudeza de estas imágenes
transmitidas por noticieros matutinos, quizás por no advertirse
con claridad los efectos de una epopeya comparada con el 17 de Octubre
de 1945, "la gente" regresa a la Plaza de Mayo ya a pleno sol.
La sorpresa eufórica de la noche anterior deviene sorpresa azorada
ante el desenfreno de las fuerzas de seguridad.
La disputa de unos por entrar a la Plaza y la saña de otros por
mantenerla "despejada" esgrimiendo la vigencia del estado de
sitio escenifica por horas una performance tan temida como conocida y
abominada. Abandonando toda máscara, la policía montada
y la infantería corporizan el estado como pura violencia exacerbada
y descarnada, violencia que se descarga sobre sujetos de variadas edades,
género y condición que reaccionan a los embates policiales,
sea con sentadas pacíficas, sea con desafíos individuales
a las fuerzas represivas que recuerdan algunas imágenes de la Plaza
Tianamen, o con descargas de cascotes improvisados ante la atroz represión.
Tomando una forma muy distinta a la protesta de la noche anterior, esta
despareja batalla que se extiende por las Diagonales hasta el Obelisco
además del Congreso hace que, en el recuerdo, ambos días
formen parte de una misma y única jornada, donde las prácticas
represivas del 20 tiñen con sentidos extra las razones de las cacerolas
del 19. Como corolario del llamado "día más largo del
año", la noticia tal vez más relevante no fue la renuncia
del Presidente de la Nación, sino el brío con que "la
gente" hace frente a una declaración de estado de sitio que
en épocas previas más bien resultaba en pasividad expectante
y reclusión en los espacios domésticos.
Así, aunque las cacerolas como canal y código de enojo social
no nacen el 19 y ni siquiera son originarias de Argentina, a partir de
esta jornada se articulan como lenguaje que se extiende y diversifica
en el país, deviniendo horizonte de sentido y punto de enunciación
para un conjunto de prácticas sociales de repudio que coexisten
con otras formas de protesta a las que ni los discursos sociales ni los
oficiales les aplican el rótulo "cacerolazo". Si bien
su espontaneidad no ha podido ser restaurada fielmente, el curso de acontecimientos
políticos posteriores girará en torno a su impacto y los
sentidos sociales que sus re-producciones en ámbitos dispares empezaron
a estabilizar. Para ponderar esos sentidos, haremos primero un breve racconto
de otros géneros de protesta preexistentes, para examinar luego
las derivaciones, incorporaciones y particularizaciones de este nuevo
género.
La protesta antes de diciembre del 2001
En su forma clásica, la protesta social multitudinaria ha sido
mayormente liderada y convocada en Argentina por una organización
de tipo político y/o sindical. Los términos movilización,
marcha, concentración, y manifestación describen géneros
de protesta donde las entidades organizadoras de los encuentros llaman
a la población, el afiliado o también el ciudadano a expresarse
y acompañarlas. Habitualmente, tales demostraciones confluyen o
se reúnen frente a las sedes de los poderes resolutivos de la nación-el
Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo-, para conmemorar ciertas fechas
claves, pero sobre todo para peticionar y exigir cambios en la política
gubernamental que gestionen una mejora de las condiciones laborales, o
sancionen una legislación acorde a los intereses que representan
tales organizaciones.
Desde mediados del siglo veinte en particular, el estado-epitomizado por
el poder ejecutivo de la república-ha sido no el único pero
sí el principal interlocutor histórico de variados demostrantes.
Por ello, en los imaginarios sociales, la Plaza de Mayo constituye desde
hace varias décadas el centro "natural" de distintos
tipos de protestas; el lugar donde el estado se muestra y actualiza desplegando,
según los casos, o bien su faz mediadora, o bien la represiva.
Según Schuster y Pereyra (2001), las demostraciones de matriz sindical
han sido el género principal de protesta hasta mediados de la década
de los noventa, momento en que se asiste a su declinación, en parte
por la continua y progresiva desarticulación de la unidad sindical,
y en parte también por la fragmentación y particularización
que se fue adueñado de la movilización social reciente.
No obstante, los autores también destacan que, desde finales de
la dictadura militar, emerge una matriz cívica de protesta por
los Derechos que, dándose en forma paralela a la protesta sindical,
irá generando una nueva lógica de movilización y
variados formatos para el reclamo de derechos, tal como lo ilustran las
rondas de las Madres de Plaza de Mayo.
En este marco, lo que a nosotros nos interesa destacar es que esos "formatos"
diversificados muestran la emergencia de nuevos géneros de protesta,
donde las formas ensayadas constituyen apuestas explícitas a exhibir
e inscribir nuevas significaciones sobre lo político y la política.
Concretamente, la irrupción de las Madres en la plaza significó
un quiebre a la vez político y estético respecto del modelo
prevaleciente en las concentraciones populares (Taylor 1997), porque escenificaron
y contradijeron en forma y contenido el discurso de guerra y la práctica
de terrorismo de estado de un Proceso militar que había anulado
el espacio público como ámbito de lo político, desconociendo
límites físicos y extendiendo la subversividad hasta el
campo de lo privado, en las familias de las víctimas. Al llevar
entonces sus denuncias a la Plaza de Mayo para instalar la imposibilidad
"del olvido y del perdón", las madres visibilizan a través
de pañuelos blancos, siluetas y máscaras el horror de las
desapariciones forzadas, el secuestro, la tortura y el asesinato. Al hacerlo,
reconstruyen la nociones de espacio publico y espacio privado, resignificando
además con el tiempo la función de la Plaza en el imaginario
colectivo.
Desde mediados de los noventa y en el marco de los efectos de políticas
de achicamiento del estado y administraciones incompetentes, van surgiendo
otras formas y razones para la protesta social. Algunas, como los escraches,
innovan para seguir denunciando la impunidad de los represores del proceso.
Otras, como las marchas del silencio, están vinculadas a manifestaciones
de brutalidad policíaca en connivencia con políticos corruptos.
Los cortes de ruta comienzan por su parte a poner en escena la desesperación
y el sufrimiento ligado a la pauperización y desocupación
de crecientes de vastos sectores de población. Por estas mismas
razones, reaparecen además en el escenario público las puebladas,
levantamientos de pueblos como Cutral-Có y Gral. Mosconi, otrora
símbolos de un Estado de bienestar organizador del sistema productivo.
Evocando viejas prácticas de la militancia de los obreros huelguistas,
el término piquete comienza a usarse para rebautizar los cortes
de ruta, a cuyo calor crece la organización de los sectores desocupados
y fuera del mercado de trabajo. La olla popular se retoma como marca que
acompaña cada piquete.
En todo caso, mientras los reclamos se multiplican, las apuestas a la
novedad se generalizan, para dar visibilidad en los espacios públicos
a dispares protestas que sin embargo tienen a los derechos tanto económico-sociales
cuanto humanos como horizonte amplio de sentido. Lo interesante es que,
si bien algunos de estos reclamos reflejan la continuidad de violaciones
propias de la dictadura militar-tal como la violencia ejercida por las
agencias estatales de seguridad-, no se remiten ya a problemas de la llamada
"transición democrática", sino que apuntan a la
propia calidad de vida democrática.
El punto a destacar es que, paralelamente a la redefinición y/o
emergencia de ciertos géneros de protesta social, se fueron operando
nuevas identificaciones de los sujetos-piqueteros, vecinos-en base a categorías
que van dando cuenta de una progresiva desafiliación de las organizaciones
sindicales, de los aparatos político-partidarios y de todas aquellas
formas organizativas surgidas en el marco del Estado como institución
dominante de la vida política-social del país. Esa desafiliación
y la vitalidad y fuerza de la movilización social actual han tenido
su contexto generativo más relevante en la caída de millones
de personas-incluso de los sectores medios-en situaciones abiertas e inéditas
de pauperización directa, o al menos de deprivación relativa
durante los últimos diez años. Son estas situaciones, aunadas
a una ineficiencia sin precedentes de la sociedad política, las
que han conformado a "la clase media" y a otros ex-trabajadores
actualmente desocupados en sujetos de envergadura del escenario social
de la protesta de diciembre, sujetos en busca de nuevas formas de expresar
problemas "nuevos" y no tanto.
Después del día más largo del año.
Suspendiendo el habitual clima festivo que suele cualificar la semana
que transcurre entre Navidad y Año Nuevo-y, más aún,
cualquier expectativa ante la designación de Adolfo Rodríguez
Saá como presidente de la república por la asamblea legislativa-,
la noche del 28 de diciembre también fue coronada por una espontánea
y multitudinaria convergencia de "la gente" hacia la Plaza de
Mayo. La indignación por el nombramiento de Carlos Grosso-sospechado
intendente de la ciudad de Buenos Aires durante la administración
menemista-como flamante asesor del nuevo presidente potenció broncas
de arrastre por la falta de credibilidad de la Corte Suprema de Justicia,
las complicaciones del corralito y el deterioro de la economía,
haciendo quizás este cacerolazo más heterogéneo y
articulado en sus reclamos que el anterior.
A pie, en bicicletas, motos y autos, con banderas argentinas como único
signo de identificación, "la gente" se auto-convocó
otra vez en la Plaza de Mayo. Permanecieron allí batiendo sus cacerolas,
y gritando "ladrones, ladrones", "que se vayan todos"
hasta pasada la una de la madrugada, cuando se conoció la renuncia
del flamante asesor. Si la univocidad a través del ruido fue un
claro punto de conexión con el horizonte de sentido planteado el
19 de diciembre, parecen cristalizarse esta noche dos significaciones
que irán saturando la especificidad de esta práctica como
performance de un género de protesta distintivo: la incapacidad
de "los políticos" para registrar el decir de las cacerolas
hace tope con la efectividad de su hacer para producir efectos a contrapelo
de las dirigencias. En otras palabras, mientras "ellos" no entiendan
o hagan que no entienden, las cacerolas estarán ahí para
recordarles "de qué se trata".
Con las cacerolas instaladas como termómetro de los desempeños
de la sociedad política, el senador Eduardo Duhalde asume el 1
de enero como quinto presidente de los argentinos en poco más de
20 días. El rumor espontáneo de las ollas reaparecerá
en la madrugada del 11 de enero, en lo que varios medios periodísticos
calificaron como el "primer cacerolazo de la era Duhalde". La
característica más recordada de una performance que estaría
lejos de ser la última dirigida a la gestión duhaldista
será, por contraste con las anteriores, su demorada televisación.
Confrontados por primera vez al hecho de que su hacer no obtuvo efectos
inmediatos, los caceroleros irán de aquí en más revisando
la espontaneidad como marca que hasta este momento se consideraba su elemento
más original, para introducir la convocatoria explícita
como práctica que caracterizaría a los cacerolazos subsiguientes.
El 25 de enero tuvo entonces lugar otro cacerolazo que se extendió
por todo el país, el primero convocado por parte de los agrupamientos
que se formaron al calor de ese estado de movilización: las asambleas
barriales. Junto a cacerolas prolijamente pintadas en el frente del Cabildo
y a las banderas argentinas que flamean la membresía amplia de
"la gente", aparecen por primera vez carteles que buscan identificar
la pertenencia de los caceroleros como vecinos de tal o cual barrio. Cuando
una lluvia de gases lacrimógenos busca nuevamente poner fin a la
protesta, algunas personas permanecieron en la Plaza, dando vueltas ahora
con sus cacerolas a la Pirámide. De alguna manera, a la preanunciada
represión se responde incorporando la forma de las rondas de las
Madres de Plaza de Mayo a un género de protesta que, de ahora en
más, adquirirá también una periodicidad semanal y
regularidad propia. Así, si desde antes de diciembre la ciudad
venía albergando rondas de madres los jueves y de jubilados los
miércoles, su cuaderno de bitácora empezará a registrar
performances caceroleras todos los viernes de febrero y marzo.
En todo caso, el punto a destacar aquí es que, con el tiempo, ingresarán
en los cacerolazos marcas de las marchas y manifestaciones, principalmente
a través de las convocatorias y la aparición de banderas
identificatorias de partidos políticos, organismos de derechos
humanos, centros de estudiantes, grupos sindicales y hasta bloques piqueteros.
En este sentido, resulta sugestivo que, a medida que las banderas sectoriales
parecen ir "compitiendo" con los carteles barriales en lo que
hace a organizar el espacio ritual de la protesta, el numero de caceroleros
va a ir decreciendo semana a semana, a punto que los cacerolazos cambiarán
de periodicidad en el mes de abril.
Ahora bien, aún cuando sea cierto que la magnitud de los primeros
cacerolazos no logrará ser ya reproducida en las performances mensualizadas,
también merece destacarse que el lenguaje de las cacerolas se va
extendiendo en un doble sentido. Resulta así también muy
significativo tanto que los caceroleros participen como tales de otros
géneros de protesta sin pretender monopolizarlos, como que se apropien
de algunos de ellos a modo de complemento de la propia actividad. En la
primera dirección, los asambleístas deciden mayoritariamente
que el 24 de marzo las cacerolas se sumen como tales a la multitudinaria
marcha por el vigésimo-sexto aniversario del golpe militar de 1976,
marcha habitualmente organizada por distintos organismos de derechos humanos,
que en 2002 contó con el apoyo no sólo de centros de estudiantes
y algunos partidos políticos como es de rigor, sino también
de piqueteros y asambleas barriales, entre otra mucha gente. En la segunda
dirección, debe entenderse la proliferación de escraches-a
políticos, a personajes objetados/objetables, a empresas concesionarias
de servicios públicos-que comienzan a formar parte de-o nombrar-muchas
de las actividades cotidianas de los caceroleros, aunque mediando por
cierto algunas resignificaciones. Así, si los escraches como género
distintivo de la agrupación H.I.J.O.S. se han vuelto famosos por
su prolija planificación y sublimación de cualquier práctica
que pueda ser tachada de violenta, los de los caceroleros podrán
a veces decidirse sobre la marcha, sin poder en ocasiones evitar que el
repudio tome la forma de un contacto físico poco amigable.
En suma, entonces, vemos que tanto la incorporación y re-significación
de las marcas características de otras formas de protesta preexistentes
(rondas, manifestaciones, marchas, ollas populares, escraches), como la
"adhesión" en algunos casos a géneros particulares
y estables de expresión de descontento social (marchas del 24 de
marzo y piquetes) han empezado a ir formando parte del género cacerolazo,
cuyas convenciones y horizonte de sentido sin embargo se remiten al 19
de diciembre.
Es en este marco que nos parece interesante mencionar dos ocurrencias
que, aun mostrando algunos de los patrones estilísticos y temáticos
de los cacerolazos, han logrado cierto grado de particularización
respecto de aquéllos y, en cierta medida, mayor regularidad, en
contextos de alto dominio reflexivo acerca de la importancia de escenificar
reclamos en base a una estética novedosa. Así, mientras
una de ellas plantea una extensión del lenguaje de las cacerolas
y mantiene el nombre del género, la otra se ha ido perfilando como
práctica distintiva e incluso "sospechada" por los caceroleros
aun cuando no cuestionen su legitimidad. Nos referimos concretamente a
los "cacerolazos a la Corte" y a las protestas de los ahorristas
respectivamente.
Casi de manera simultánea a los episodios de diciembre, la Asociación
de Abogados Laboralistas comienza a invitar a la ciudadanía a repudiar
el accionar parcial que la Corte Suprema de Justicia había venido
poniendo de manifiesto en los últimos años. Si ya los años
noventa habían colocado al poder judicial en el centro de la escena
para mostrar las falencias de la calidad democrática (Schuster
2001: 55), el cuestionamiento inaugurado en diciembre enfatizó
y amplió esa escena, pero ahora desde la novedad impuesta por el
cacerolazo y desde una pregunta acerca de los fundamentos de la representación.
Cada jueves, primero cientos y luego miles de ciudadanos se reunirán
por la tarde frente a Tribunales, para reclamar la renuncia de la Corte
Suprema de Justicia en pleno. Batiendo cacerolas, palmas, y en ocasiones
disfrazados-sea a título personal o en el marco de una puesta en
escena colectiva-demandarán la cárcel a cada uno de los
ministros del alto tribunal. La confluencia de distintos sectores con
sus reclamos claramente identificados mediante pancartas y banderas será
la característica común a todos ellos. En su devenir, por
tanto, los "cacerolazos a la Corte" se irán presentando
como una modalidad particular de cacerolazo, donde la convocatoria por
una organización particular, la entonación del himno nacional,
la existencia de un discurso aglutinador o la escenificación de
pertenencias y reclamos sectoriales-marcas todas estas de géneros
de protesta pre-existentes-conviven desde el principio con prácticas
más bien ligadas al estribillo "luche que se van", o
al coro "que se vayan todos, que no quede ni uno solo", con
el que se identifican las reuniones de los viernes, los escaches de los
asambleístas, y los encuentros dominicales de las cada vez más
numerosas asambleas barriales en Parque Centenario.
No obstante, la particularización estética extrema de las
nuevas protestas será prerrogativa de uno de los sectores que ha
confluido casi sin marcas con "la gente" los viernes, y se ha
presentado como "ahorristas" en los cacerolazos de los jueves
a la corte. Lunes, miércoles y viernes a la tarde temprano, en
el espacio cualificado de "la city", los damnificados por la
incautación de sus depósitos desarrollarán multiformes
y perseverantes exteriorizaciones de sus reclamos.
Con el transcurrir de los días, grupos que al golpe de las cacerolas
reclaman sus ahorros congregados frente a bancos nacionales y extranjeros
desbordan la protección policial y van haciendo que estas instituciones
coloquen vallados y paneles metálicos para evitar rotura de vidrios.
Así, los guardianes del corralito van quedando progresivamente
"acorralados" tras sus murallas defensivas, lo que conlleva
que la bronca de los ahorristas se empiece a inscribir entonces sobre
las distintas contenciones metálicas, merced a una especialización
de "instrumentos" que posibilitan un curioso continuo que va
desde la inscripción de leyendas irónicas y grotescas, hasta
la rotura violenta de todo aquello que no puedo ser protegido: placas
identificatorias, faros de los camiones transportadores de caudales, pantallas
de cajeros automáticos. Así, junto a las ya clásicas
cacerolas, aparecen martillos, llaves inglesas, latas, campanas, maracas
que-acompañados por puñetazos y puntapiés--comienzan
a escribir sobre los escenarios rotativos de la city marcas indelebles,
huellas de un enojo que recuerdan las razones del descontento social aún
en ausencia de los damnificados. Pintadas de los frentes bancarios con
aerosoles y carteles en distintos idiomas que los ahorristas van pegando
para expresar-ya con humor, ya con crudeza-sus demandas se encargan de
identificar a los responsables de la estafa también de manera permanente.
"Ladrones", "thieves", repiten los graffittis en un
intento por ampliar audiencias más allá de las fronteras
nacionales.
Paralelamente, la expresividad de los ahorristas apuesta a poner en marcha
variadas escenificaciones del conflicto, mediante humoradas que buscan
retratar, en cada oportunidad, las vicisitudes de sus experiencias personales.
Así, un día un hombre se instala con su familia en el hall
central de un banco, munido de reposeras, bolsos, equipo de mate y pelota
de plástico, para pasar allí esas vacaciones frustradas
por la imposibilidad de disponer de su dinero. "Pesificado y Crucificado"
reza el cartel que remataba la cruz usada por un damnificado para exponer
su cuerpo, objeto de martirio financiero. Mujeres vestidas de negro con
velas en sus manos y hombres de galera llevarán en otra ocasión
un ataúd, para dar cuenta del "sepelio del sistema bancario".
Máscaras de corderos parodiando la indefensión de los ahorristas
podrán aparecer secundadas por un hombre disfrazado de diablo que
encarna la destrucción del orden, en este caso, la violación
contractual por parte de las entidades bancarias. Esporádicamente,
otras máscaras ridiculizarán a personalidades oficiales
tales como el ex Ministro de Economía, a quien se hizo así
partícipe de una choriceada en las puertas de un banco. Apostando
en todo caso a graficar la inversión bakhtiniana de sentidos, quienes
se sienten "cagados" por el sistema buscarán por una
vez subvertir el flujo del daño, arrojando excrementos y bolsas
de basura contra uno de las pocos frentes bancarios que mantenía
sus vidrios intactos.
Apelando a una justicia poética que es la única que por
ahora permite que los acorralados acorralen a los bancos, todas estas
prácticas y escenificaciones irán además perfilando
los límites de una nueva identificación: la de los "ahorristas
estafados". Aunque sus performances muestran una variedad de remisiones
estéticas a los cacerolazos, inscriben también una fisura
y un distanciamiento de sentido respecto de este nuevo género de
protesta, ya que desde el principio el lenguaje de las cacerolas intentó
explicitar que la movilización de la clase media no debe acotarse,
ni está acotada a motivaciones pura y egoístamente financieras.
Los cacerolazos como género de protesta
A seis meses del cacerolazo de diciembre, podemos ya afirmar que la práctica
ha devenido una performance viajera, tanto por los cacerolazos solidarios
con la situación Argentina que se hicieron en otras ciudades del
mundo-cacerolazos organizados por argentinos diaspóricos y grupos
anti-globalización-como por los cacerolazos y escraches que siguieron
a los políticos detestados como Menem por sus giras internacionales.
Además, han sido varias "las manifestaciones culturales inspiradas
en los cacerolazos", como titula el diario Clarín en su edición
del 18 de junio, para informar sobre las "muestras, videos, temas
musicales y un conjunto de obras surgidas en forma independiente [que]
les dan una lectura estética a la crisis argentina y a los acontecimientos
de los últimos meses."
Si pensamos ahora en las performances caceroleras al interior del país,
vemos que, aún retomando marcas de los géneros concentración
y movilización-tal como la entonación del himno nacional
por los asistentes, o la terminación "azo" ligada a las
puebladas-los cacerolazos presentan interesantes diferencias estilísticas
con otras formas clásicas de protesta.
En primer lugar, se procura que la idea de auto-convocatoria prime como
motor de encuentro, en contraste con la habitual preparación de
eventos realizada por organizaciones sindicales y/o partidos políticos.
Por lo general, tampoco en el lugar de reunión se define nítidamente
el rol de receptores o mediadores estatales del reclamo, rol habitual
en otras concentraciones y manifestaciones. Es que en los cacerolazos
el discurso es menos relevante que el hacer y el decir a través
del ruido, como significante que eclipsa palabras huecas que epitomizan
la politiquería, y palabras aún ausentes para condensar
nuevas plataformas políticas.
A su vez, a diferencia de lo que suele ocurrir en manifestaciones y piquetes,
en los cacerolazos faltan carteles que operen de referencias para ir acomodando
a los distintos sectores en el espacio público, siendo quizás
las pertenencias barriales de los asambleístas inscriptas en carteles
más pequeños las que operan como territorialización
válida en los domicilios transitorios de estas protestas. A menudo,
pancartas individuales, no uniformadas, abren espacios para la expresión
personalizada de los asistentes, quienes incluso pueden hacer instalaciones
individuales que lúdicamente condensan-vía disfraces, por
ejemplo--la situación que repudian. En este sentido, las vestimentas
son tan casuales y diversas como la ciudadanía misma, distanciándose
de la estética más desalineada de las marchas estudiantiles,
de los gorros y pecheras con que los piqueteros expresan su actuar homogéneo
y organización, de las leyendas uniformadas que identifican la
comunidad de objetivos de organismos de derechos humanos o de los sindicatos.
En suma, los cacerolazos promueven una especie de coordinación
de insatisfacciones diversas que no quieren delegar su representatividad
y apuntan a expresarse más por la vía del humor que de la
violencia. Si la coordinación es equiparable a la de una orquesta
que produce una melodía única con instrumentos diferentes,
la diversidad se expresa estéticamente tanto por la variedad de
"enseres" admitidos, como a través apariencias personales
que desmarcan pertenencias sectoriales. Así, la emergencia de un
imaginario político que repudia las formas tradicionales de hacer
política ha ido de la mano de innovaciones estéticas que
performativamente intentan anunciar e inscribir un cambio. Rechazando
más "los políticos" y las instituciones inoperantes
que la politización de la vida cotidiana, los caceroleros a veces
parecen forjadores, modelando con golpes consistentes la herradura de
una nueva subjetividad cívica por venir.
Junio de 2002
Notas
* Proyecto
"Globalización y Crisis Política en Argentina".
Coordinadoras: Marcela Mendoza (Ph.D., Center for Research on Women, The
University of Memphis) y Claudia Briones (Ph.D., Universidad de Buenos
Aires y Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
- CONICET-Argentina). Asistentes de investigación: Ricardo Fava
y Ana Rosan (estudiantes de Antropología de la UBA).
Concretamente, entre el 19 de diciembre de 2001 y el 31 de marzo de 2002,
se realizaron 2.014 cacerolazos, de diversa índole y magnitud (http://www.nuevamayoria.com/index.htm).
Siguiendo a Schechner (1985), pensamos la performance como actividad humana
que tiene la cualidad de verse como conducta restaurada o conducta practicada
dos veces y ad infinitum. Si la ausencia de originalidad o espontaneidad
es la marca distintiva de la performance como escenificación, ninguna
conducta restaurada copia exactamente otras conductas previas. Por ello
la performance constituye un espacio creativo de praxis para la incorporación
de actividades expresivas que, no obstante, se piensan como evocadoras
y objetivables, esto es, como susceptibles de ser transmitidas, manipuladas
y transformadas según situaciones específicas.
Al proponer abordar las protestas sociales como performances que actualizan
géneros particulares dentro de un sistema local e históricamente
específico de géneros de protesta social, estamos pensando
al género como conjunto relativamente estable de convenciones que
se asocian a, y escenifican, tipos de actividad socialmente ratificados
que plantean sus propias formas de producción, distribución
y consumo. Sin embargo, nuestro enfoque retoma una tradición de
análisis de los géneros discursivos que está menos
interesada en las taxonomías, que en un abordaje pragmático
de tipos de prácticas y discursos sociales, temática y estilísticamente
anclados en sus contextos de ejecución (Bakhtin 1986, Briggs y
Bauman 1996, Fairclough 1992)
Según un periódico de amplia circulación describe
el contexto previo inmediato del cacerolazo, "seis muertos y, por
lo menos, 108 heridos y 328 detenidos" fue el saldo de "una
jornada cargada de violencia, en la que los saqueos, los piquetes y los
desbordes sociales se multiplicaron en todo el país". A raíz
de estos episodios, "el Gobierno decretó el estado de sitio
por 30 días en todo el territorio argentino", decisión
que hace pública el entonces Presidente De la Rúa en un
mensaje por cadena nacional, poco después de las 22 horas (La Nación
On Line, 20 de diciembre de 2001).
También hubo cacerolazos frente a "la Quinta de Olivos"
(residencia del presidente de la Nación), y la casa del entonces
Ministro de Economía Domingo Cavallo, cuya renuncia era una de
las cuestiones más solicitadas por los manifestantes.
Nos referimos al canto "Oh, que se vayan todos, que no quede ni uno
solo, ohh ohh ohh ohhh", que con el tiempo se fue convirtiendo en
emblema de distintas protestas y, por tanto, en "signo triple"
(Briggs 1986) creador de marco situacional, de marco interpretativo, y
de marco genérico.
El 17 de Octubre de 1945 se recuerda como la jornada en que "el pueblo
trabajador" irrumpe en la Plaza de Mayo solicitando la libertad del
encarcelado Coronel Juan Perón, entonces Secretario de Trabajo.
Ese día, también "ríos de gente" ganaron
la plaza y, al hacerlo, conquistaron , como "descamisados",
un espacio propio en la arena política.
Según el reporte de Martín Granovsky para el diario de circulación
nacional Página 12 del 20 de diciembre, el 19 "Miles de personas
salieron a la calle con cacerolas, sartenes, espumaderas y tapas (...)
El tono era hasta festivo, ganador (....) "Qué boludos,/ qué
boludos,/ el estado de sitio,/ se lo meten en el culo", gritaban
los miles que rodeaban el Congreso."
Además de un cacerolazo convocado por los partidos opositores durante
los tramos finales del segundo gobierno de Menem, la semana anterior al
19 de diciembre una asociación de comerciantes había invitado
a ensayar esta forma de protesta contra las medidas del Ministerio de
Economía de restringir los movimientos bancarios que iniciaran
el llamado "corralito", el 1 de diciembre de 2001.
Poco después del 19 de diciembre, distintos medios locales recordaron
que protestas equivalentes fueron realizadas contra el gobierno de Salvador
Allende en Chile antes de su derrocamiento en 1973, por parte de mujeres
ligadas a los sectores más prósperos del país vecino.
En lo que hace al reconocimiento público de géneros variados
de protesta, resulta ilustrativo el informe de la Secretaría de
Seguridad Social titulado "Conflictividad social en la República
Argentina", donde se reconoce que, entre enero y mayo, se registraron
en el país más de once mil actos de protesta en los que
participaron más de seiscientas mil personas. Según fuera
recientemente difundido por un reconocido periódico de circulación
nacional, el informe además pondera que, "después de
los dos primeros meses del verano, calificados como de 'alta conflictividad',
comenzó a definirse una 'clara tendencia a la baja', medida en
el número de hechos y de participantes. Pero, al mismo tiempo,
advierte de un crecimiento sostenido del tamaño de las movilizaciones,
que tomadas individualmente tienden a concentrar a más gente."
En todo caso, lo sugerente es que se distinguen formas de protesta "tradicionales,
como concentraciones, movilizaciones y marchas", de "otras visiblemente
dramáticas, como huelgas de hambre o encadenamientos" y de
"varias de inconfundible sello argentino, como el corte de rutas
y de calles, los escraches y las carpas." Según reproduce
el diario, el informe indica que "en estos meses, las asambleas y
los cacerolazos, englobados en el rubro 'concentraciones', representaron
la forma más importante de protesta, con más de la mitad
de los hechos y casi dos tercios de los participantes. En segundo lugar
quedaron los piquetes, que sumaron una cuarta parte de las protestas y
la participación de dos de cada diez manifestantes." Así,
mientras "el 86 por ciento de las protestas sociales estuvo representado
por cuatro modalidades: concentraciones (incluye asambleas y cacerolazos),
cortes de calles, movilizaciones y escraches (...) los piquetes, que en
esta estadística agruparon tanto los cortes de calles y de puentes
como de rutas nacionales y provinciales, sumaron más de 2.700 actos
de protesta, el 25 por ciento del total." En términos de periodizar
los eventos, se aclara que, mientras el piquete como "forma de protesta
comenzó a cobrar auge hacia 1997" en el marco de la creciente
desocupación vinculada al gobierno menemista, "los escraches
y cacerolazos contra bancos son otras de las manifestaciones incorporadas
al paisaje cotidiano de estos últimos meses, al compás de
la evaporación de los ahorros por el congelamiento de los depósitos,
la pesificación forzada y la inflación (Clarín On
Line, martes 18 de junio de 2002, énfasis en el original)."
Hay afinidades entre las nociones de movilización y marcha, así
como entre las de concentración y manifestación, en tanto
las primeras presuponen el desplazamiento conjunto de los participantes
desde un punto prefijado de partida hasta el de destino, y las últimas
una reunión directa en un sitio de encuentro predeterminado. En
todo caso, la diferencia dentro de cada par es pragmática, ya que
los primeros vocablos de cada pareja suelen ser vinculados a expresiones
sindicales y de partidos tradicionales, mientras que los últimos
a organismos de derechos humanos y partidos de izquierda.
Horacio González compara la Plaza de Mayo del cacerolazo y la plaza
histórica del peronismo: "...llenar la Plaza de Mayo a las
dos de la mañana es uno de los efectos más violentos de
la historia política argentina. No puede ser no violento. Ahora
insisto ¿Cómo podía terminar? Porque no había
nadie que representara al Estado. No había Estado. El estado era
un símbolo vacío, un gas. Me pareció fascinante porque
yo tenía la experiencia en el inconsciente de la historia nacional
donde siempre alguien salía al balcón. Y cómo acá
no había posibilidad de que alguien saliera al balcón tenía
que terminar como terminó: con gases lacrimógenos , corridas,
tiros. Si no ¿qué iba a pasar? ¿La gente se iba a
poner a acampar? ¿Iba a dormir varias noches en la plaza? También
se planteaba el problema ¿de quién es la plaza? Y la plaza
en realidad no está siendo de nadie como la calle está siendo
de esta manera de la multitud. Yo creo que esto separa por primera vez
la idea de pueblo y la de peronismo" (Página/12, 11 de febrero
de 2002).
Judith Filk señala respecto de las reconfiguraciones entre lo público
y lo privado: "En los relatos de familiares se produjo una reconfiguración
espacial por la cual los espacios definidos antes como públicos
adquirieron connotaciones 'privadas'. El mejor ejemplo de este proceso
es el de la Plaza de Mayo. Un espacio que a lo largo de la historia se
había usado para la negociación política entre Estado
y ciudadanía, utilizado una y otra vez por los gobiernos para interpelar
a los argentinos como parte del 'pueblo', devino espacio de 'reunión-reencuentro'
entre las madres y sus hijos desaparecidos. Las Madres fueron 'dejadas
solas' en la plaza durante sus marchas semanales, y fue allí donde
se convirtieron en hermanas entre sí y en madres de todos los jóvenes
víctimas de la represión. En la plaza las madres también
adquirieron 'nuevos' hijos, los 'hijos e hijas' que se les acercaron para
ayudarlos en su lucha. La plaza se transformó en un nuevo tipo
de hogar. Plaza de Mayo había sido históricamente un espacio
donde se actuaba lo público: el espacio donde se proclamó
por primera vez una identidad nacional, se convirtió más
tarde en un lugar para la construcción y reconstrucción
de la identidad nacional y política. La plaza simbolizaba el derecho
del 'pueblo' para reclamar derechos sociales. Durante la dictadura, sin
embargo (hasta la apertura en 1982), la gente no podía ocuparla
para manifestar. Las Madres reclamaron este espacio nuevamente como espacio
público de negociación, donde esperaban una respuesta del
presidente. Al mismo tiempo, adoptaron la plaza como refugio donde el
dolor podía calmarse, un espacio para el afecto y el encuentro.
De este modo, los espacios 'privado' y 'público' se mezclaron.
Las Madres habían salido a la calle como madres, llevando la casa
a la plaza, y, como consecuencia, se modificaron tanto la noción
de hogar como la de espacio público (Filk 1997: 204)."
El escrache reactualizó el reclamo por "verdad y justicia"
y "cárcel a los genocidas" ante los crímenes de
la dictadura. La agrupación H.I.J.O.S., creadora de este género
novedoso, lo inició como una forma de visibilizar a un represor
en libertad, gracias a la sanción de las leyes de obediencia debida
y punto final. Lejos de ser acciones espontáneas o producto de
la venganza, estos escraches constituyen movilizaciones de denuncia, concientización
y lucha por conservar en la sociedad la memoria del horror, a la par que
son acciones de protesta que presentan una organización y una convocatoria
rigurosas, por parte de H.I.J.O.S. y demás organismos de Derechos
Humanos, junto a asociaciones de la sociedad civil. Como se describe en
una nota publicada en el matutino Página/12, actualmente los integrantes
de H.I.J.O.S. y de la Mesa de Escrache verifican "con una investigación
que los datos del futuro escrachado sean correctos (...) se ponen en contacto
con agrupaciones del barrio donde se va a realizar la actividad. Organizar
cada escrache lleva varios meses: se hacen preescraches (en los que hay
recitales u obras de teatro en las plazas cercanas), se volantea casa
por casa y, una semana antes de la fecha elegida, la Mesa se traslada
al barrio". En la misma nota, Florencia, integrante de la agrupación,
expresa el sentido de la acción: "Generalmente nos convocamos
en algún lugar a unas diez cuadras donde vive el genocida y marchamos
haciendo un recorrido que pueda rodear la casa lo más posible por
dentro del barrio. Cuando llegamos a la casa, hacemos alguna manifestación
artística, leemos un discurso escrito por la Mesa y después
se tira la famosa bombita de témpera roja, que simboliza que esa
casa está manchada con sangre. Y después volvemos a hacer
un recorrido hasta el punto de desconcentración, donde bailamos
y cantamos como celebración de nuestra lucha. El baile también
tiene que ver con apropiarse del espacio físico, de la ciudad contaminada.
Si se tiene que convivir con un vecino torturador, está quitándonos
parte del espacio físico en el que merecemos habitar. Entonces
tomamos la calle y bailamos desenfrenadamente porque es nuestro lugar,
donde queremos vivir liberados de esas cosas. Uno pone las cosas en su
lugar: ese tipo merece estar en la cárcel y la calle es nuestra".
Florencia agrega: "Siempre explicamos que elegimos arrojarlas [las
bombitas de témpera roja contra la casa de los genocidas como una
forma de hacer justicia, que no tiene que ver ni con la venganza ni con
la violencia física contra unos pocos, sino con una construcción
de justicia para transformar la sociedad entera" (Página/12,
21 de marzo de 2002).
Las marchas del silencio objetan la impunidad de la sociedad política,
testimoniando el involucramiento de la sociedad civil en el reclamo. Aquí
el silencio "tiene menos que ver con que no haya nada para decir,
que con dar muestras de la fuerza de una sociedad movilizada, sin distinciones
partidarias, frente a una impunidad generada ya en contextos y desde instituciones
democráticas (Briones 1991)".
Desde 1997, se generalizaron en el país los piquetes y cortes de
ruta. Los definimos en otra ocasión como "escenificaciones
del descontento y desesperación social [que] se están volviendo
formas cada vez más cotidianas de instalar en la esfera pública
el rechazo de la parte más vulnerable de la sociedad civil a la
desatención, descompromiso o indiferencia estatal frente a lo que
se considera el mayor problema del país: la exclusión social.
Cortes y piquetes operan por tanto como contrapartida visible de la protesta
a través del silencio, pues a menudo se basan en la exteriorización
de una violencia social contenida que emerge a través de bloqueamientos
de las rutas de circulación, apedreamientos de edificios públicos,
procesiones religiosas y enfrentamientos con fuerzas del orden (Briones,
2001)".
Como sostiene Gabriel Kessler, la pauperización de los sectores
medios es uno de los atributos que definen la particularidad del momento
actual, porque "los nuevos pobres deben dotar de significación
a una situación para la que no encuentran respuestas ni en las
'reservas de experiencias comunes' de la sociedad ni en la propia historia
familiar (Kessler 2000: 28)." En este marco, se ha ido forjando una
memoria social de la pauperización que opera como antecedente clave
de su participación en los acontecimientos de diciembre.
Una nota del diario Pagina/12 del 6 de enero observa: " Nuestros
cacerolazos del 19 y 28 de diciembre son emblemáticos como fenómeno
micropolítico de resistencia civil: destituyeron a De la Rúa,
Cavallo y después a Rodríguez Saá."
Sin estar en condiciones de hacer aquí un examen detallado de este
punto, sí nos interesa mencionar que la gestación a fines
de diciembre de la idea de que es necesario "refundar la nación"
va operando en base a una interdiscursividad que busca re-centrar tropos
fundantes de la nacionalidad. En este marco debiera analizarse la pragmática
del "de qué se trata". Brevemente, para dar cuenta de
los pasos que fueron jalonando la independencia de España a partir
del 25 de mayo de 1810, la historia oficial sacralizada en narrativas
escolares cuenta que "el pueblo" se reunió frente al
cabildo que eligió la primera junta criolla de gobierno demandando
saber "de qué se trata(ba)". Se sella así una
imagen de la civilidad tan duradera como paradojal: la de habitantes activos,
sí, pero desinformados de los acuerdos que sellarían su
futuro. Las cacerolas de alguna manera invierten esta idea, mostrando
que "la gente" entiende perfectamente de qué se trata
y se resiste a ello.
La convocatoria a Plaza de Mayo fue formalmente realizada por la asamblea
Inter-barrial de Parque Centenario. No obstante, hubo también presencia
de caceroleros en las puertas mismas de la quinta presidencial, lo que
termina de inscribir en esta práctica un elemento clave del escrache:
hacer visible la localización exacta de lo socialmente intolerable.
La protesta se reiteró además en las esquinas de distintos
barrios, cuyas asambleas optaron por no acudir a la Plaza para evitar
"hacerle el juego" a los discursos públicos que preanunciaban
un formato ya advertido en jornadas anteriores: protesta multitudinaria
pacífica, coronada por "desmanes [localizados] seguidos de
represión".
Es en este lapso cuando los cacerolazos devienen conductas propiamente
restauradas que, no obstante, irán dando cabida reflexiva a la
escenificación de nuevas pujas y debates, muchas veces a través
del humor. Por ejemplo, en el cacerolazo de principios de de febrero,
aparece sobre una reja que rodea la Pirámide de Mayo un cartel
que responde a dichos recientes de Duhalde, diciendo: "cacerola presidente
(gran anhelo nacional)", mientras un hombre se paseaba por la plaza
con una bandera argentina que, en vez del sol, lucía en su centro
una banana. A mediados de mes, los que se congregaron en la Plaza de Mayo
apostaron una parrilla donde ofrecían asado y choripanes, retomando
y re-significando, de este modo, los sentidos de la olla popular en un
contexto ya claramente vinculado con las protestas de la clase media.
Distanciándose de las ironías, el 8 de marzo-un día
después de que la Corte Suprema prohibiera el uso de "la píldora
del día después" con fines anticeptivos-las asimetrías
de género se tematizan de manera explícita en el cacerolazo
semanal, a través de pancartas y pintadas que "adornan"
el frente de la catedral. A su vez, en términos de hacer espacio
a nuevos sentidos, el 15 de marzo los caceroleros se suman a la protesta
del Bloque Nacional Piquetero, que marchó en horas de la tarde
a Plaza de Mayo en reclamo de la apertura de puestos de trabajo. Materializan
así una consigna-"piquete y cacerola, la lucha es una sola"-que
ya se venía escuchando en las periódicas reuniones dominicales
de asambleas en Parque Centenario.
La cada vez más escasa concurrencia al "cacerolazo de los
viernes" lleva a concentrar la protesta en los días 20 de
cada mes, en conmemoración de la represión del día
20 de diciembre. El 20 de abril, las asambleas auto-convocadas de la Capital
y del conurbano bonaerense marcharán hacia la Plaza de Mayo. Se
suman a ellas los "ahorristas estafados" y las banderas de diferentes
partidos de izquierda, en una clara la multiplicación de carteles
y banderas caseras que reproducen la diversidad presente en la plaza:
mientras los nombres de algunos de los jóvenes muertos en la represión
de diciembre fueron esgrimidos en las banderas llevadas por algunas asambleas
barriales, la inscripción "No al plan bonex" fue mayoritaria
en las pancartas de algunos de los ahorristas.
Parcialidad que para el imaginario social de esta época queda nuevamente
actualizada a través de la liberación del ex Presidente
Menem por falta de mérito en el caso de contrabando de armas.
En una ocasión, nueve jubilados disfrazados con trajes a rayas
propios de presidiarios caracterizaron el futuro esperado para los nueve
magistrados, mientras los presentes les profesaban insultos y cánticos.
La heterogénea participación fue incluyendo desde aquellos
que, simplemente, querían expresar su bronca contra la Corte Suprema,
hasta aquéllos que pedían el fin del corralito bancario,
los deudores hipotecados bancarios, los acreedores y deudores no bancarios.
Asociaciones de víctimas de la violencia policial o de familiares
de víctimas de accidentes de tránsito también asistían
para reclamar, como venían haciendo, justicia para una infinidad
de casos particulares. Las asambleas barriales, partidos de izquierda
y, en algunas ocasiones, los piqueteros se hicieron presentes en estos
cacerolazos.
Aun cuando la participación en estos cacerolazos de los jueves
también va mermando con el correr de los meses, logran mantener
una regularidad mayor que los de los viernes y ciertamente el apoyo simbólico
de la mayor parte de las asambleas barriales.
Denominación de la parte del micro-centro de la ciudad donde se
ubican la casas centrales de los principales bancos del país.
En verdad, una de las primeras escenificaciones de prácticas luego
vinculadas a este sector surgió en un barrio de la Capital, a mediados
de enero, cuando dos mil personas "clausuraron" un banco, rodeándolo
con un "corralito" de 25 metros de tela q
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